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No.10 JULIO-SEPTIEMBRE 2008    TEMA: TRANSTORNAR Y CONTROLAR: La psiquiatrización como perversión del Estado     REVISTA DE MIROPOLITICA Y SUBJETIVIDAD 
Revista de micropolítica y subjetividad. La letra ausente

 

 

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SECCIÓN: DE CUERPO PRESENTE

LAS MUJERES Y EL ALCOHOL; SED DE INFINITO Y REBELDÍA *

Por: HELÍ MORALES

 

  1. Levanto esta copa

 

Los tiempos cambian y con dios los modos de estar en el mundo. En el siglo que termina mu­chas cosas nuevas aparecieron. Algunas espec­taculares y otras que se fueron configurando poco a poco en medio del acontecer cotidiano; unas salían en los diarios, otras se gestaban a diario. En este texto me gustaría comentar sobre algo que aparentemente no ha tenido una gran repercusión pero que, sin embargo, ha llamado la atención de ciertas investigaciones en el campo de las ciencias sociales: el incremento del uso de bebidas con alcohol y sustancias embria­gantes en las mujeres.

 

Siempre que se piensa en las borracheras se tiene la imagen de los amigos pegando de gritos a media calle, de mariachis cantando aburridos mientras un novio despechado llora en una can­tina llena de bigotes y pistolas. Pero pocas veces se piensa en la mujer que regresando de su jor­nada laboral se toma unas copas para intentar soportar lo gris del día y el cansancio de la vida vestida de penurias y obligaciones. El cine ha retratado una y mil veces las parrandas de los compadres y los charros, pero pocas veces ha mostrado el extraño dolor que implica el alcohol en las mujeres casadas que se esconden para echarse un trago y un salto al abismo. Pero además del olvido de estas realidades, se agrega un elemento más: lo que en el hombre es folclore, en la mujer es estigma. A los hombres se les festeja su cultura de la copa; a la mujer se le señala con severidad. Beber mucho para algunos hombres es señal de hombría, pero tomar mucho para una mujer aparece como signo de disolución o decadencia. La bebedora no sólo carga con su cruda y su mareo sino con la reprobación social y los reproches generalizados. Los bohemios que brindan por ella, más no con ella y los menos soportan bien que la que brinde sea ella. Salvo, claro, que su oficio sea la noche, ya que ahí, entre botellas y fichas, se paga por ver.

 

Algo llama la atención. En los estudios que se han realizado en México, 1 se visualiza que en los últi­mos años se ha incrementado el uso de bebidas alcohólicas por parte de las mujeres. Pero hay algo especial, si bien es cierto que los hombres consumen en mucho mayor grado el alcohol cir­culante (el 90%), se encontró que las mujeres que han entrado en ese tobogán lo toman en canti­dades mayores. El 10% de las mujeres que beben consume el 73% del total de! alcohol que utiliza ese grupo. En los hombres, curiosamente, los bebedores fuertes sólo consumen el 52%. Esto significa que una vez que las mujeres han comenzado con la adicción a la sustancia, el imán del consumo es mucho más fuerte que en los hom­bres. Este vértigo, esta sombra que recorre las cocinas y las oficinas, este olor a la borrachera que está pintando las aulas y los bares, esta convocatoria a los paraísos artificiales que jala con tanta fuerza aalgunas mujeres es el tema que me gustaría merodear.

 

Todo comentario se hace desde un lugar y el que aquí se comparte es precisamente desde el psicoanálisis. Quisiera ir poco a poco a pesar de que, lo que a continuación se presenta, sea ya muy conocido. Lo que quisiera formular es la pregunta sobre los modos como los hombres y las mujeres nos planteamos la experiencia del goce, específicamente, de lo que tiene que ver con el goce en el campo de la bebida y las adicciones.

 

Tal vez lo que el psicoanálisis pueda aportar en el tema que nos convoca, es la evidencia de una erotización de ciertos modos de tocar lo infinito y, desde esta perspectiva, el señalamiento de una erotización de la muerte. Para ello permí­tanme un rodeo por los campos de la sexualidad y sus laberintos, para después, en un segundo momento, trabajar la cuestión de la mujer y las bebidas.

 

El nacimiento del psicoanálisis tiene un origen muy claro: la escucha del cuerpo de la mujer. El descubrimiento de Freud surge de una escucha apasionada del silencio con que el cuerpo feme­nino hablaba en medio del embrollo del dolor.

El silencio es la negatividad temporal del signo y ello le permite presentarse como un enigma. El psicoanálisis nace del intento de escuchar los enigmas con los que habla el cuerpo de la mujer a partir del lenguaje estruendoso o silencioso de sus pasiones.

 

Lo que Freud asombrado descubrió, no fue sólo que el cuerpo hablaba por el silencio, sino que su decir se refería a la sexualidad, específica­mente, a la llamada sexualidad femenina. Lo subversivo del psicoanálisis fue escuchar que en el cuerpo femenino había una verdad acallada que hablaba a gritos en el síntoma, con signos dolorosos en la movilidad paralizada y con susurros ineludibles en el sigilo de su intimidad.

Pero aquí valdría la pena preguntarse ¿qué es sexualidad para la teoría psicoanalítica? Para el  psicoanálisis, la sexualidad no está circunscrita al destino biológico. Para la biología existen, fundamentalmente, dos sexos: el masculino, re­presentado principalmente por el pene y los testículos, y el femenino, cuyos caracteres sexuales y reproductivos son bien conocidos. Para la concepción analítica, la sexualidad no es el efecto de tos órganos que portamos sino el cómo los usamos. No es un designio anatómico, sino un modo de estar en el mundo, una manera de  vincular la intimidad, los olores y el enigma de la otredad; una apuesta frente al deseo y el goce.

 

Para Freud como para Lacan, la llamada sexuali­dad femenina y masculina, no se reducen a los órganos genitales ni a las características glandulares, se trata de modos de vivir y morir, de maneras de territorializar el amor, la ternura y la amargura.

 

Veámoslo desde la perspectiva del erotismo. El sexo es biológico y está referido a lo funcional; es cuerpo compuesto de fluidos e informaciones genéticas. El erotismo es pasión y poesía relacional. Los animales tienen sexo para procrear la especie, los humanos para gestar encuentros y desencuentros; para tocar con la punta de la lengua la humedad del desconcierto.

 

Pero vallamos más allá. La sexualidad humana está hecha de relaciones. La animal de instintos. Los humanos nos  embrollamos en los circuitos de la pulsión que no tiene objeto predestínado ni satisfacción completa. Lo esencial está aquí: en los hombres y las mujeres, las pasiones pulsionales  se convierten en vinculaciones. La sexualidad humana es fundamentalmente erótica. Solo los humanos tienen relaciones sexuales los animales apareamientos. El punto está  en que la llamada sexualidad femenina o masculina  es, precisamente, en tanto posición relacional frente a la otra.

 

 

3.- Las redes de la pasión

 

Para avanzar en este terreno será necesario remitirnos a una estructura básica para el psicoanálisis, a saber, el complejo de Edipo. Para la teoría psicoanalítica existen dos goces, es decir dos vías humanas para el erotismo. La posibilidad de especificar estos goces, pasa por la reconstrucción del modo como el psicoanálisis plantea ese llamado complejo de Edipo.

 

Cuando se piensa en este concepto, se vulgariza diciendo que se trata de la escena del niño enamorado de su madre y receloso del padre, y viceversa para la niña. Este modo de plantearlo, lo reduce a un teatro imaginario. Esta trampa no denota sino el contenido manifiesto del Edipo.

 

El complejo de Edipo es, desde Freud, la estructura básica donde el sujeto ocupa un lugar en el universo de los vínculos. Es la red social donde se adviene al mundo humano. Eso, diría un sociólogo, se llama familia. Sí, quizá es otro modo de decirlo, siempre y cuando se incluyan las dimensiones de la sexualidad y la muerte. Resumiendo: el complejo de Edipo es la estructura social donde la subjetividad se relaciona con las redes del deseo y la destrucción íntima.

 

El llamado complejo de Edipo es, más específicamente el modo operacional donde el sujeto se constituye a partir de su relación con la cultura, es decir, con el orden simbólico que lo ubicaría en una posición sexuada, en un lugar desde donde padecer y ejercer la declaración de la sexualidad. Es la estructura del vínculo con los otros, con el Otro.

 

Algo importante. Desde Freud, y sobre todo a partir de la elaboración lacaniana, el Edipo no es una escena con personajes y roles afectivos. Se trata de una interrelación donde lo que se evi­dencia es la función. El complejo de Edipo no se constituye de papá, mamá e hijitos, se trata de una estructura compleja donde el amor, el odio y los laberintos del deseo se construyen en una red de lenguajes, caricias, golpes, convocatorias e infortunios.

 

La cuestión del Edipo se puede pensar desde dos vertientes: la freudiana, que es la versión trágica emergida de la influencia de Sófocles, y la versión lacaniana donde predomina una postura lógico-matemática. Ahora, esto que llamamos complejo de Edipo, en sus dos versiones, no es sino el modo que tiene el psicoanálisis de vincular la ley con el sujeto y, por ende, al sujeto con lo social, con el mundo. Lo que conceptualmente nombramos el Edipo, no es otra cosa que la eviden­cia en el campo de lo subjetivo de la instauración deuna ley que permita la existencia de un sujeto social. Muchas veces se ha cuestionado, y con razón, la llamada universalidad de este proceso edípico. Sí, hay lugares donde no funciona como en nuestra sociedad, pero toda sociedad funciona con leyes. El  Edipo es la instauración de la ley social en el seno del sujeto. Pero no de cualquier ley, sino de aquella que permita la instauración de la cultura, me refiero a la legislación de la prohibición del incesto. Esta ley, básica para  el  establecimiento  de  las sociedades, promueve el campo de la prohibición de algo fundamental, el goce. La ley de la prohibición del incesto intenta instaurar la interdicción del goce, es decir del uso y abuso de un sujeto poderoso sobre otro menos fuerte, o el intento de retorno a una posición de ser gozado. De allí que la interdicción sea, si se pudiera, en un exceso fenomenológico, colocarse del lado de la voz: "prohibido padre o madre gozar, usar a sus hijos para su satisfacción sexual", pero también, hacia el hijo o la hija, la interdicción se escribiría como: "no se puede gozar ni permitir ser gozado por los adultos so pena de no poder tener una vida de intercambio de la cultura".

 

Aquí tal vez ya se levanten objeciones respecto al modo de plantear las relaciones familiares, pero lo que se intenta limitar no es la relación placentera y calurosa entre los miembros, sino el abuso sexual hacia los niños y las niñas. La ley de prohibición del incesto es básica para toda sociedad pues propone una legalidad de respeto a la integridad de los infantes, y a la posibilidad de generar una cultura de in­tercambio con otros seres fuera del espacio familiar.

 

4.- El placer que duele

 

Ahora, quizás valga la pena aclarar algo respec­to a esta extraña palabra de goce. El goce no tiene que ver con el placer, sino con el dolor. Más específico, es placer en el dolor, es cuando el placer se vuelve contra sí mismo. Si el placer es dolor deja de ser placer para convertirse en otra cosa. Sí a esa contradicción le llamamos goce.

 

Digámoslo de otro modo, hay una experiencia humana que busca el dolor como modo de placer, que lleva la pasión hasta los linderos de lo destructivo. El goce es un concepto que inten­ta mostrar cómo hay un extraño placer que incluye la muerte y la destrucción. El goce es cuando Eros y Tánatos hacen un pacto escrito sobre la piel y los linderos del corazón. Los humanos gozamos porque estamos hechos de la sustancia de la vida y la insistencia de la muerte.

 

Llegamos por fin, después de este largo rodeo, al tema que nos atañe. Para el psicoanálisis, existen dos tipos de goces, aquel que llamamos masculino, y otro femenino. El goce masculino es nombrado también el goce fálico. Éste se fundamenta en el goce del órgano, en él hay un predominio de la experiencia del lado de una exacerbación del poder del uso del órgano. Es como si el erotismo se circunscribiera a una zona altamente privilegiada. Pero no se trata sólo de territorios corporales, es un modo de pensar lo erótico. En el goce masculino hay un predominio de la pasión y la ilusión por tener. Tener esa insignia fálica aparece como el modelo para gozar del mundo. Desde esta perspectiva se goza teniendo cosas, títulos, coches, mujeres; se goza de la presunción de un supuesto dominio por señalar lo que se tiene frente a quien no lo tiene. Es, según Lacan, el goce del idiota, de aquel que cuando hace el amor, lo circunscribe no sólo al tiempo de la erección, sino al uso del otro como medio para satisfacer su órgano; sus tenencias. Pero para el psicoanálisis existe otro tipo de goce, el femenino. Allí no hay necesidad de portar ninguna insignia fálica; ese símbolo no representa el goce femenino, no tiene necesidad de ello. El goce femenino no se reduce a una zona específica del cuerpo; se expande en una geografía mucho más extensa. Sin la presión de los tiempos de  la presunción fálica, el encuentro con el otro puede extenderse hasta tocar la eternidad. No se goza sólo del órgano sino del cuerpo entero, del espacio mismo del ser. El tiempo convoca a lo infinito de una caricia que recorre sin prisas los contornos de una otredad húmeda y candente.  En este goce el límite se abre al horizonte y una nueva geografía erótica se despliega ante los cuerpos y los latidos. Hay en ello un exceso, siempre un exceso frente a la otra propuesta del goce. En la posición femenina hay, en tanto el límite del tener o no es inútil e inservible,  un vértigo hacia lo absoluto; las mujeres aman, a las mujeres se les ama desde lo divino; hay una convocatoria a la divinidad en tanto que lo que se propone es un goce que no tenga fronteras; a ratos, ni las humanas. Cabe aclarar que esta posición del goce femenino no está circunscrita a ningún sexo biológico, hay mujeres que gozan del modo fálico, como hay hombres que pueden aprender a gozar femeninamente, es decir, abrirse a otra modalidad de encuentro.

 

5.- Infinito y abismo

 

Aquí es donde se abren las preguntas. Evidentemente el modo de goce que se ha querido imponer es el masculino. Durante muchos años, el goce fálico ha sido propuesto como el único modo de estar en el mundo. Este goce se intentó hacer ley. Pero siempre fracasó. El goce femenino que tiende a lo infinito nunca se dejó representar por la insignia fálica, ni se pudo encajonar del todo. Esto no se reduce solo al campo restringido de la cama, la ley fálica quiso imponer su lógica del poder de las posesiones y del modo de ser en el mundo intentando llenar con símbolos y significantes de completud, el modo de amar y estar con el otro. Pero la posición femenina es rebelde a esta imposición. El orden simbólico, tal como ha existido históricamente, no representa ni satisface a las pasiones femeninas.

 

Ahora bien, en el momento en que este modo de gozar, este modo rebelde al tiempo cronometrado de lo biológico, o a los límites de una vinculación encajonada, se abre paso entre los hombres y las mujeres, hay una convocato­ria a lo ilimitado, a lo incalculable y a las pasiones del brillo por lo absoluto. Y ahí es donde entra el imán de las drogas y las bebidas psicotrópicas.

 

Desde Baudelaire sabemos que el uso de sustancias convoca, entre otras muchas cosas, a un gusto por el infinito. El goce allí se vuelve motor y remolino. La aventura peligrosa de expandir las fronteras de la conciencia y la sensibilidad aparece como un río lleno de sorpresas y colores incandescentes. Hay ante una cultura fálica del límite y la prohibición, el espacio, el intersticio de una tentación por lo ilimitado. Incluso, hay que decirlo, por la transgresión.

 

Lo curioso, y esto es lo que me interesa resaltar, es que este modo femenino de gozar haya estado tan lastimado y tan arrinconado, de modo tal que el uso de sustancias no llegara hasta sus vuelos. Creo que dibujar la existencia de esta posibilidad de un goce que tienda a lo incon­mensurable, abre muchas interrogantes tanto para la posición femenina como para quienes intentamos pensar los procesos humanos. Lo sorprendente no es, tal vez, el aumento de las adicciones entre las mujeres, sino que esto no haya sucedido antes. Quizás el abuso de las sus­tancias de la desmesura no hubiese ocurrido antes debido al férreo control que sobre las mujeres se ha querido imponer. A la severa vigilancia a la que han estado expuestas; a los regímenes de abstinencia obligada.

 

Sabemos mucho de cómo se goza del alcohol en el campo de lo masculino; de cómo se goza fálicamente de las sustancias. Las películas de nues­tro cine y una gran parte de nuestra cultura hacen de ello arte popular, tener mucho alcohol en la sangre y seguir cantando o meterse muchos gramos de cocaína sin ponerse loco, hace a muchos sentirse muy machos. Pero ¿cómo será Ia experiencia  femenina cuando la sustancia convoque a lo inconmesurable, a un giro de lo divino en decampo de lo terrenal: cuando las vías de tocar lo celeste se combine con los líquidos de la ilusión por la inmensidad?

 

Creo que en estos momentos históricos, el psicoanálisis más que proponer respuestas, puede, desde una posición ética, intentar, junto con otros campos del saber, formular preguntas sobre los nuevos  tiempos y sus formas subjetivas y sociales de enfrentar los brillos y los obscuros de las tentaciones por el infinito. Eso es lo que intenté hacer aquí.

 

San Pedro de los Pinos, en pleno año 2000

 

 

* La versión avalada de este texto fue presentada por el seminario permanente “Investigación , cultura y salud” e diciembre de1999 en la Fundación de Investigaciones Sociales y posteriormente publicado por la revista Desformaciones cuatro.

1 Ver especialmente el texto de la Dr. Maria Elena Medina Mora “Las mujeres y el abuso en el consumo de bebidas con alcohol en México” aparecido en Cuadernos de la Fundación de Investigaciones Sociales del mes de diciembre de 1999.

 

 

La Letra Ausente
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