
SECCIÓN: EL OMBLIGO DEL PODER
LA BOTICA UTÓPICA *
Por: MARCELA MARTINELLI
Quizá sea posible decir que el psicoanálisis comienza cuando su fundador abandona una clínica sustentada sobre un Otro absoluto materializado en una droga; esto es, cuando Freud abandona la utopía de una sustancia que curase la fisura del ser.
Sin embargo, el mundo actual parece que retorna aquellas utopías del inicio del freudismo. Hoy en día, sobre todo en las grandes urbes de occidente, ante el vacío de proyectos que apuesten a un futuro mejor, ante la dificultad lacerante de sobrellevar para muchas personas un presente ya no digno, sino más o menos soportable, ante el derrumbe de las ideologías de progreso o fraternidad fructífera, han resurgido propuestas religiosas de redención y consuelo. Lo singular es que los dioses a los que se apuestan en estas nuevas religiones se han transformado de guías místicos y suprahumanos, en sustancias químicas de una farmacia industrial. Los viejos dioses con sus oraciones y sus templos no pueden ofrecer lo que la religión de la droga propone. Demasiado lejos para escuchar o demasiado cerca para castigar, los dioses de antaño, con sus milagros y sus promesas han perdido terreno; este terreno.
En la actualidad aparece mucho más eficaz la religión de los estupefacientes que la de los rabinos y los cardenales. Ante la desaparición de la esperanza surge una nueva fe, esta vez puesta en las sustancias y no en los rezos. Los jóvenes de todas las urbes recorren cada vez más a las drogas para intentar tocar, aunque más no sea por unas horas, el brillo incandecente de la felicidad. No importa que sea ficticia y pasajera, al menos, es. Las drogas convocan a quienes ante el silencio de la risa cósmica o el ruido de la ciudad ingrata, acuden a la necesidad de creer que sí hay algo que los salve, que los eleve; que los cure. ¿Qué los cure de que? Del desempleo, del maltrato, de la sumisión ante el estado o la empresa, la familia o la globalización económica. No es tanto una claridad terapéutica como una sed de fe. La droga aparece como algo tangible, visible, incluso obtenible, no sin problemas, no sin dolor, pero recompensable al final del esfuerzo. Un nuevo Dios surgido de las farmacias clandestinas, se enfrenta al viejo Dios surgido de los templos bíblicos. Se perfila una necesidad de creer en un Dios, absoluto y generoso; el adicto en el fondo es un hombre de fe, sea por desesperación o por necesidad, el sujeto se ve entregado a la pasión de la creencia en un Otro que lo salve, lo divierta y lo eleve. Ya lo decía hace algunos años el poeta chileno Pablo Neruda en un texto llamado Oda a la farmacia:
Farmacia, iglesia
de los desesperados,
con un pequeño
dios
en cada pildora.
Pero no se necesita acudir a la zona "marginal" de los desesperados, para ver el lugar que la droga tiene en nuestras sociedades.
En la nueva actitud empresarial de competencia y excelencia, la cocaína se ha convertido en una mercancía más junto a las corbatas de seda y los zapatos hechos a la medida. Las clases poderosas han utilizado las drogas como estimulante para el fin de semana y como aceite para la maquinaria económica. Nueva fuerza de propulsión para los cuerpos cansados, nuevo motivador de largas jornadas en la bolsa de valores o la empresa. La droga como gasolina para la velocidad de la fábrica y la efectividad de la acción.
Quizás se trate de una droga-dí-acción. Aquí se juntan los dos dioses de la sociedad industrial: el Dios dinero y el Dios químico, la fe en el dinero como redentor con sus cultos, su curia ideológica y sus grandes templos en Wall Street, Avenida Reforma o Pont de Neuilly, se une a la próspera industria de las drogas y su distribución clandestina pero segura. Frente a ambos dioses la fe en sus poderes estremece a los yuppies tanto como a los hambrientos de amor, vino, cemento y monedas; Sí, pero no los toca en las mismas zonas de la ciudad. Lo convocado, de nuevo, es un Otro proveedor.
De muchos modos el nihilismo y el desasosiego empujan a la experiencia de la droga. No todas las sustancias son efervecentes, hay algunas que, por el contrario, proporcionan paz ante el ajetreo intenso de la vida o los problemas estresantes del trabajo y las relaciones sociales. Ante la dificultad de la vida y la muerte muchas veces se recurre a las drogas blandas de la farmacia médica. Los tranquilizantes, los somníferos, los antidepresivos fungen como drogas ligth, pero con los mismos efectos de evasión.
A diferencia del teatro en la antigua Grecia, donde los asistentes iban a buscarse, en la feria de las vanidades nocturnas de la ciudad, los consumidores de espectáculos buscan más bien olvidarse; olvidarse de los problemas y de ellos mismos. Se busca mucho más una "distracción hipnótica" que una experiencia excitante o conmovedora.
La química de la tranquilidad funge como una terapéutica eficaz y socialmente aceptada. Otra vez un retorno a la primera utopía freudiana, encontrar en una sustancia el sosiego a los dolores del ser, suturar ficticiamente con una pastilla la herida del desamor o la soledad histórica. Sí, taponar la historia con un fármaco.
En las sociedades contemporáneas, las drogas no son más una experiencia de transformación o mutación frente a la tragedia de la vida, no son ya un modo iniciático de la sabiduría de los dioses y las verdades humanas; no participan más de la fiesta dionisiaca de derroche y fulgor; no hay asombro divino y festiva apuesta, sino nihilismo gris. Se han convertido en líquido de combustión, lubricación de los engranajes sociales o en narcóticos ante el deseo y los ruidos de la vida.
Y aquí el psicoanálisis no puede quedarse en silencio. El psicoanálisis nace con la experiencia del abandono de esa vía "fácil" y engañosa. Sobre todo inútil. Surge del descrédito de la sustancia como terapéutica absoluta de la fisura del sujeto. Pero hoy en día, la nueva botica urbana y la misma psiquiatría científica proponen ese camino ante el dolor humano. Cuantas personas no prefieren recurrir a una pastilla eficaz, rápida y barata que entregarse a un viaje hacia ellos mismos. Evidentemente se entiende, dolorosamente no se acepta.
En una sociedad de consumo donde la eficacia y la acción performance, guía la legalidad de la vida, el psicoanálisis puede llegar a un impase: volverse anacrónico.
Pero no sólo la ideología de la facilidad y la rapidez inunda los mercados y las venas con pastillas para sanarse "artificialmente", sino que la misma ciencia médica ha optado por esa vía. La psiquiatría cada vez más apuesta por una técnica de la narcosis, por una instrumentalización de la medicación: allí está el Taffil, el Roipnol, el Prozac.
En el fondo el pionero de la psicofarmacología es Freud, pero debían también retomarlo en su continuación clínica. Pero no, ya que eso terminaría con un actuar clínico perfectamente acorde con nuestros tiempos y las necesidades sociales.
No es en el psicoanálisis que habría que proponer hoy un retorno a Freud, sino en la psiquiatría. La ciencia apuesta cada vez más por una clínica del silencio del sujeto, allí donde lo importante sea el adormecimiento del ser, vía la narcotización del cuerpo; se pretende abolir las historias y amordazar a la palabra.
Nos preguntamos ante esta situación social y clínica si los psicoanalistas debemos quedarnos callados. Este texto es un modo de decir, no.
Quizás valdría la pena acotar algunas preguntas que surgen de lo aquí planteado:
Frente a una terpéutica de la felicidad ficticia y automática ¿el psicoanálisis podrá resistir la embestida de la clínica de la botica psiquiátrica?
Ante la propuesta de la somnífera del deseo ¿el psicoanálisis tiene algo que proponer frente a la narcosis moderna? ¿Cuál sería desde el dispositivo analítico la estrategia frente a la adicción y sus laberintos?
Ante la dificultad de la intervención en el campo de la psicosis, cuando el sujeto galopa en el vértigo del delirio o la autodestrucción ¿Cuál será la posición del psicoanalista frente al medicamento?
En el horizonte narcotizado ¿La clínica analítica tiene algún modo de responder a las nuevas modalidades del dolor humano?
Puede el psicoanálisis juzgar a la ebriedad cuando ésta es un estado propicio a la creación? ¿Es la creación la que eleva a la ebriedad del éxtasis, o es el éxtasis lo único que en la ebriedad permitiría crear?
Para responder, escuchemos las palabras de Baudelaire en el poema ¡Embriaguece Usted!:
“¡Embriaguece Usted!:
Hay que estar siempre ebrio. Todo esta allí: es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que rompe las espaldas y los arroja hacia la tierra, hay que embriagarse sin tregua. ¿Pero de que? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriaguese usted.
Y si alguna vez, sobre los escalones de un palacio, sobre la hierba verde de un jardín, en la soledad de su cuarto, usted se despierta, la ebriedad ya disminuida o casi desaparecida, pida al viento, a la ola, a la estrella, al ruiseñor, al reloj, a todo aquello que se fuga, a todo aquello que gime, a todo aquello que rueda, a todo aquello que canta, a todo aquello que habla, pregúntele qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el ruiseñor, el reloj os responderá: ¡Es hora de embriagarse!.
Para no ser el esclavo martirizado del Tiempo ¡embriaguese usted sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto.” 1
Xalapa San Pedro de los Pinos 1997.
* Este texto es un fragmento del bello e interesante ensayo “Caleidoscopio de la ebriedad, Freud, la cocaina y el nacimiento del psicoanálisis”: la letra ausente agradece a sus autores, además de su pasión por el lado del saber que saca de lugar, el permiso para publicarlo.
1 Baudelaire Charles, Eniverez-vous in Fígaro, del 7 de febrero de 1864







