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 No.11 OCTUBRE-DICIEMBRE  2008    TEMA: LOS ENGENDROS DE LA SERPIENTE:  Reinventando el fascismo
La letra ausente. revista de micropolítica y subjetividad. Psicoanálisis, FACISMO; Alain Toureain: Pacto Social

 

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SECCIÓN: DE CUERPO PRESENTE

CON EL CUERPO O DE ÉL*

Por: JOSÉ ALBERTO MARTÍNEZ PARDO

 

Es tan efímera la permanencia de esto llamado cuerpo en el surreal juego que es la vida, que se incrementa el pavor cuando se atestiguan las infames maneras con las que se le veja desde hace siglos y hasta hoy día. Pero como beligerante desafío a esta realidad tan impuesta, y como denuesto al pavor que tanto ha dado abandonar el staus quo, permanece la evidencia de otro pueblo, de otra vida y otro cause: El entender Griego hacia el cuerpo.

El conferir un significado distinto a ese recipiente hermoso mediante el cual la vida se presenta y se expande o se le acota e interrumpe en este mundo. Y la apuesta a la creación, rasgo insigne de lo humano más aún que el lenguaje mismo. Da como resultado un culto al cuerpo, no por el cuerpo aislado y su placer desmedido, sino al cuerpo como culminación y medio de consagración a la vida. No una veneración banal al goce del cuerpo, a la eyaculación rutinaria; más bien a la expansión del alma contenida por breve tiempo en este nuestro templo fugaz y asombroso. Porque cuando se restringe al cuerpo, se suprime a la mente y si tachamos nuestro cuerpo y mente, no falta nada para tachar a otros y de esta manera aniquilar el alma.

Pero existe Grecia, y se habla de un amor desmedido por igual hacia el cuerpo joven de piel estirada que hacia el cuerpo ataviado por los años de piel laxa, siendo de éste la sabiduría lograda únicamente por el tránsito del tiempo, lejana al tropel de los años mozos y distante aún más al desgano y desencanto con que hoy llegamos a una vejez ignorada y por demás desperdiciada. Cuenta también de Lais, una hermosa hetera y sus tres amantes – comenzamos a despojarnos de prejuicios – llamados Arístipos, Demóstenes y Diógenes, no siendo furtiva la relación con los tres sino manifiesta a todas luces e incluso puesta en boga al punto de que alguna vez que se le cuestionó a Arístipos por la liberalidad de su criterio ante el hecho de que fuera él quien gastara dinero con Lais a diferencia de los otros dos, respondió: “Gasto mucho dinero con Lais a fin de gozar con ella, no para impedir que los demás disfruten del mismo placer.” ¡Cuánta demencia habría en ésto para cualquier macho contemporáneo a la llamada -por obligación- “igualdad de género” del S. XXI! Sin considerar el hecho de que era él quien, de los tres, estaba en mejor posición de hacerlo ya que, hablando de Diógenes, carecía en absoluto de posesión material por desprecio hacia la riqueza y a las convenciones sociales, al punto de vivir en un tonel a fueras de la ciudad de Atenas. Escaso de riqueza mas no de sabiduría que poseía en abundancia proverbial, incongruente también a lo que hoy impera en la moderna infelicidad, hereda ejemplos como aquél aforismo cuando al pasar por el mercado de la ciudad, se regocijaba y reía mientras decía “Me hace tan feliz pasar por el mercado y ver tantas cosas que no necesito”. O cuando hasta sus pies llegó el llamado Alejandro Magno, aquél que conquistó todo el mundo entonces conocido; se paró ante quien había estado buscando desde tiempo atrás para aprender de él, lo encontró recostado al sol y con servilismo, el conquistador dijo “Soy Alejandro Magno, te he estado buscando para aprender de ti. Dime qué puedo darte para que me recibas como alumno, pide lo que quieras ¿Qué deseas de mí?” Y Diógenes sin recato respondió “Quiero que te apartes porque me estás tapando el sol”.

El amor es creación y preservación del cuerpo, y en la Grecia antigua también se comprendía de manera distinta, ese dejar crecer el cuerpo de manera natural en vez de restringirlo, el permitir su expansión y con él la vida, los sueños y los deseos del amor. Si el cuerpo es el medio por el cual la vida se manifiesta, será lo que se hace con el cuerpo el origen de lo que se hace con la vida, propia y ajena. Y se habla de amor por el otro, por el hombre y por la mujer, por la flora y la fauna; la homosexualidad no existía en sí dado que no existían los dispositivos que inducen a categorizarla como tal, era amor, era respeto y admiración por el hombre de más edad y por tanto de más experiencia, era demostración sin recatos. Tan lejano esto a la continencia de hoy en día, el agazapar crudamente los deseos y no acariciar al hijo, a la hermana, a la madre, al padre, a uno mismo; y reventar o hacer que otros revienten en síntomas nocivos que carcomen el cuerpo, la mente y la vida.

Esta concepción Griega era igualdad, era la expresión de la piel en vez de las coberturas de la ropa que hoy en día fungen como vínculo o distanciamiento del entorno. En un gran sentido, la antigua vida Griega era compañía. En este tiempo de estigma hacia el homosexual, de onerosos diseños modistas, de proliferación de líderes en busca de prestigio, de burdas poses e infames semblantes, de vencedores populares y de la imposición de una moral extremista e inquisidora, la existencia se ha vuelto proclive a hacer al humano innecesariamente desgraciado y solitario.

¿Y qué suerte ha enfrentado la mujer en este devenir? Se ha de admitir, no sin mucho pesar, que la suerte de la mujer nunca ha sido satisfactoria mientras el gobierno ha estado en manos de los hombres. Lo cual, ciertamente no ha sido siempre, existen otras culturas como arquetipo de matriarcados cuyo funcionamiento ha sido más que notable. Pero esta vez nos ocupa la cultura Griega, en la cual si bien la mujer estaba en desigualdad, indudablemente difería esta distinción de la manera en que habría de denigrársele en culturas posteriores –Catolicismo incluido- y hasta hace unas décadas sin lograr completa igualdad en nuestros días. La mujer para los griegos era, como ya se dijo, digna de amor hasta en los años avanzados de su vejez cuando, ya no siendo el esplendor físico su atractivo principal, lo era sobremanera su sabiduría y experiencia. La hetera tenía libre acceso a la cultura, podía debatir equitativamente, poseía saber, era admirada por su belleza. Y su cuerpo, a diferencia de hoy en día, también era el medio de la vida y no la condena que carga en este tiempo por estar sujeta a las prescripciones irracionales de la estética vigente. Podía mostrarlo a placer, no era más ni menos relevante que el cuerpo masculino. En el hogar, las mujeres llevaban vestidos sumamente transparentes, de los que se despojaban cuando tenían deseos de hacerlo, igual ocurría en las reuniones sociales ¿Qué es, si no una liberación, esta descarga de gabela sobre el cuerpo femenino? ¿Qué mayor muestra de vida mediante el cuerpo y su aceptación? Una aceptación resultado del despojo de estigmas.  ¿De cuánto se libraría una mujer si dejara de pensar en “verse bien” y dedicara su maravillosa existencia a ser mujer en verdad? Porque hoy en día estamos presenciando una nueva tergiversación, una grave degradación de lo concebido como mujer. Se está dejando de ser mujer y mutando en un remedo de deseo por ser hombre. La mujer ya no reclama igualdad ante el hombre, esa loable ambición y las décadas de lucha se han difuminado por el deseo de suplantarlo en la cúpula de poder, dominio e inculpación agreste –si no estás conmigo, estás en mi contra-. La mujer fue concebida en diatriba, como lo opuesto al hombre, y ¡Bendita calumnia! Porque el hombre y su virilidad, el falo ostentoso asesinaba sin recato, penetraba sin prudencia, pisoteaba sin pudor y profería maldiciones contra el suelo que pisaba. Buscaba el dominio y hacía las atrocidades más despiadadas con tal de lograr su palurdo cometido, aniquilando al cuerpo y por lo tanto a la vida.

La mujer de hoy en día se “coje” al hombre, después de ancestrales vestigios de buscar amor en la relación, de pedir caricias, atenciones, detalles para amar. Ahora malgasta su cuerpo de la misma burda manera que lo hace el hombre, y liquida la posibilidad de vida, contenida en el amor maternal. ¡No ambicionen ahora esa putrefacción que tanto se esforzaron por erradicar!

Los Griegos rinden un culto al cuerpo como es, no al cuerpo que no es y que busca -como los amorosos de Sabines- desquiciado, ser un supermacho o una superhembra del patético postmodernismo. Esa trastornada insatisfacción eterna, la búsqueda de mejora sin una referencia real de lo que se busca, si es el cabello, la piel, las piernas, los pechos, los ojos, las uñas de las manos o de los pies, las axilas, las posaderas, las pestañas, el vientre, los labios, o  si es la invectiva soez hacia todo en ti. Porque no se percibe otra cosa que no sea infundirte el sentimiento de repulsión hacia ti mismo y la venta de necesidades por cambiarte en el bombardeo comercial de la vida de hoy: Eres fea, torpe, eres impotente, eres apático, ridícula, estás gorda, viejo, antisocial,  misántropo, débil, vulnerable ¡Sólo! El entender Griego por el cuerpo era de una completud, el cuerpo para los Griegos estaba cumplido, estaba terminado, no había necesidad por aumentar nada, era suficiente y prescindible de ornamentos y ajustes. No era, a diferencia de lo que hoy se imputa, un mojón defectuoso cuya única salvación es el consumo.

¿Qué tanto se soslaya en esta aniquilación del cuerpo? ¿Qué es esta búsqueda de evasión de nuestro cuerpo? No un escape con el cuerpo, sino de él. Esta aniquilación de nuestro cuerpo que es nuestro medio, denota a escala y en primer lugar, el exterminio del planeta. Pero ¿Cuánto nexo se denota entre el cuerpo y la mentalidad? Si se ambiciona el éxodo del cuerpo ¿Cuánto distanciamiento habrá de lo que pensamos? Tal vez el vicio comienza con la insatisfacción del cuerpo, continúa con el repudio de lo pensado y sentido por consiguiente, avanza con el desprecio hacia otros cuerpos, otros pensamientos y otros sentires, y culmina en el exterminio del otro, porque uno ya no existe. Es decir: el cause fatídico que no hemos revertido y que nos tiene en este impase como réplica científica, moderna y globalizada de la Edad Media.

¡Cuán lejos estamos de aquella concepción Griega del cuerpo! Hoy en día el cuerpo no es nada, por el contrario estorba y se asesina por decenas, se decapita y se exhibe morbosamente para satisfacción de patologías civiles. Se desangra ultrajado y ocupa la portada de un periódico, hoy el cuerpo se droga en las calles a los seis años, se embaraza a los quince, se vomita a los dieciséis, se lacera por “placer”, se oculta, acapara la enfermedad del mundo. Se malbarata en un mercado donde todos tienen precio.  También se viste con elegancia para soportar los inmundos ritmos de oficina, se tortura para evitar que crezca,  se reduce a imagen, se vende, se impone y desgracia. ¿No es esto el ascetismo del S. II modernizado?

El cuerpo se embriaga, choca en un auto, después de arrollar otro cuerpo, o lo arrolla con una bofetada al volver del trabajo. Y todo ésto, absolutamente todo es para escapar de sí mismo, porque esta vida ha hecho que no nos toleremos. Es el éxodo mencionado, un intento demente de extraviarse del propio cuerpo y por lo tanto de todo. Conato por demás imbécil, ya que al final, en la resaca nos damos cuenta –si es que no morimos esta vez- de que estamos contenidos aún en el cuerpo e inmersos en este tiempo desventurado.   

¡Y qué diferencia hay en nuestra mente! Hoy el saber está devaluado, la estulticia predomina edificada sobre los estragos de la carencia y el hambre. Hoy el cuerpo es vejado debido a la incapacidad de la mente por evitarlo. Hoy el intelecto es fastidiado por la nimia imagen de gobernantes que nada saben por el culto del cuerpo y más bien, encabezan ese éxodo hacía la desgracia. Hoy existe la pobreza, la homofobia, la anorexia, el hambre, el estigma social, la ignorancia, el miedo, la esclavitud, el abuso, la desigualdad; no se vislumbra los límites de la corrupción, cruentos caníbales proliferan por las calles. Hoy la educación se aniquila con reformas que pasan desapercibidas y condenan el futuro de todo un país. Hoy las universidades han menguado en su labor de casas de conocimiento y revolución, plagadas por conveniencia y antipatía de ignorantes funcionales, inclinados a la lapidación del saber. Hoy los pedófilos gobiernan impunes, los homicidas lo hacen de igual manera con viáticos, honores y bonos estratosféricos, sin que el vulgo se aluda y ocupe. Los invasores asesinos poseen comodidades ofensivas y fungen como dirigentes de potencias mundiales. Los medios masivos de información escupen en la cara mientras mercan con tu vida, mofándose de la precaria realidad de una nación. Hoy se educa a que se viva resistiendo, y cada día vedan algo más. Hoy las riquezas de un país se regalan a rapaces depredadores extranjeros omitiendo la nombrada soberanía nacional sin que el grueso de la población se oponga y para aquellos que protestan enérgicamente y sin claudicar, no se hace esperar la calumnia encarnizada e inexplicable.

En conclusión, la vida de hoy en día discrepa en mucho de lo que alguna vez fue, Grecia es solo un ejemplo, que queda como certidumbre de que se puede modificar el vector de esto que somos. Es muy probable que en conjunto seamos más pervertidos que en aquellos tiempos, y que los seres humanos apenas se hayan vuelto más naturales de lo que eran en los días de Grecia y, antes por el contrario, se hayan convertido en seres con mayor desesperanza, más desequilibrados, más corrompidos y más solitarios. Esto que somos, es la consecución de un origen, queda clara la posibilidad de variación. Ya será decisión y labor propia, la apuesta por la vida, por la felicidad, el regreso al cuerpo, la vuelta a nosotros mismos, o perpetuar el padecimiento de las inclementes condenas propias de los incorpóreos e ignaros.

 

La Letra Ausente
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