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 No.12 ENERO-MARZO  2009    TEMA: DE LA PSICODELIA AL CRIMEN ORGANIZADO:  En torno a la Legalización de las Drogas
La letra ausente. revistade micropolítica y subjetividad: DROGAS PSICOANÁLISIS PSICODELIA LEGALIZACIÓN "El Infierno"

 

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SECCIÓN: EL OMBLIGO DEL PODER

 

LOS VERDADEROS PRESOS POLÍTICOS

Por: MANUEL ALEJANDRO URCID GÓMEZ

 

 

15 años, seis meses y 14 días, bueno al menos es lo que dice mi ficha de ingreso a este penal. «¡Abran, policía, ahora si ya se los cargó la chingada pinches indios revoltosos, con que se querían levantar en armas putos!» Abrir los ojos con una pistola en la cara no ha sido la experiencia más grata que haya vivido; sin embargo, así fue como desperté esa mañana del 12 de febrero de 1994, desafortunadamente no fui el único que despertó de esta manera. Al salir a la calle con las manos amarradas y con un policía tomándome por el cuello pude observar que en los jacales contiguos se estaba repitiendo lo mismo que en el mío, los hombres éramos sacados, mientras nuestros chilpayates y mujeres lloraban y gritaban, intentando evitar que nos llevaran. «¡Súbete cabrón; a ver tú pinche indio muévete para que este cabrón pueda entrar!» resultó que a quien le hablaban era mi a compadre Pedro, al cual por como se veía le había ido peor, ya que estaba todo hinchado y sangrado de la cara. Después de mí subieron a tres vecinos más y después aventaron unas bolsas negras que se rompieron cuando cayeron dentro del camión y pude ver que traían muchas pistolas y otras armas grandotas que sólo una vez vi cuando pasaron por aquí los zapatistas, después echaron un montón de machetes, entre los cuales pude distinguir el mío porque lo tengo grabado con mi nombre pa´ que si se pierde me lo puedan regresar. Ya una vez arriba pude platicar con mi compadre quien apenas podía abrir los ojos, el me contó que estaba así por ser medio sordo y tener el sueño pesado, ya que no escuchó cuando entraron en su jacal y no les hizo caso cuando le ordenaron que se levantara.

 

«Pinches indios apestosos, que no conocen el pinche agua, apestan a sudor y sangre, pero no se preocupen a donde van diario les van a dar su bañadita con su agüita a las cinco de la mañana putos, ¡ja, ja!» No sé cuanto tiempo hicimos hasta San Cristóbal pero pareció una eternidad entre suelas de botas, macanas y escupitajos, lo peor es que uno amarrado y sin poder taparse de los trancazos, llegó el momento en que ya ni siquiera sabía si era de día o de noche porque como me dijo después mi compadre me desmaye varias veces. Al llegar a San Cristóbal nos bajaron del camión para meternos en una comisaría, entre el trayecto hacia la puerta pude medio ver el centro de la ciudad mientras pensaba que en verdad que ya no era la misma que visité de chamaco «¡órale cabrón muévete que no estás aquí de visita social!». Al entrar al edificio nuestros victimarios se presentaron con un señor trajeado, y le dijeron que nos habíamos resistido, que tuvieron que someternos y por eso estábamos golpeados, al trajeado no le importó porque les contestó: «¿te pregunté pendejo?, mételos con los otros, pero en chinga que apestan peor que puercos», luego de esto nos metieron en una celda como de 8 por 6 en donde ya estaban otros canijos igual o más golpeados que nosotros. Ya pa´ cuando el sol se estaba metiendo nos aventaron a la reja cuatro cubetas con una cosa que parecía un caldo pero frío porque tenía todo el cebo hasta arriba mientras nos decía el policía «¡a comer puercos!» hasta ese momento después de preguntarme por varias horas que es lo que estaba pasando me acordé de mi Juanita y mis cinco chilpayates, pasaba por mi cabezota el que no tenían nada para comer y ni siquiera tenían el machete para ir a cortar leña pa´ venderla y comprar unos frijolitos pa´ tragar. Al volver en mí me di cuenta que ya no había nada en las cubetas, ya se habían tragado todo y así fue que pasé mi primera noche en esa celda.

 

«A ver cabrones, ya levántese, se me encueran todos porque la pinche peste ya es insoportable». Junto a todos mis compañeros de celda fue que sentí ese chorro de agua helada mientras nos gritaban los policías «¡a ver pinches indios dense la vuelta que les vamos a quitar ese olor a mierda de las nalgas!» después me dieron unos pantalones que me quedaban grandes y una camiseta tan delgada que se veían mis huesos a través de ella. Una vez cambiado me regresaron a mi celda donde pasé el resto de la mañana, escuchando a mis compañeros de desgracia hablar acerca de que ahora si nos habían chingado porque nos querían hacer pasar por esos encapuchados que andan con el “Marcos”.

 

Durante la mañana fueron sacando a uno por uno de los que estábamos allí, yo fui uno de los últimos y cuando me sacaron me llevaron a una sala grandota, donde habían unas mesotas que ahora sé que se llaman escritorios, y frente a ellos unos trajeados, entre estos el mismo que había visto un día anterior, me separaban de ellos una reja por donde me preguntaron mi nombre, qué hacía pa´ comer y otras cosas que ya no me acuerdo, pero de lo que si me acuerdo es que el mismo señor que había visto un día anterior comenzó a decir: «bueno, señor Margarito Pérez Gonzáles, a usted se le acusa de estar involucrado y ser miembro activo del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, la cual es considerada una organización delictiva, así como de tráfico y uso de armas exclusivas del ejército, las cuales fueron encontradas en su casa y finalmente de resistencia al arresto. ¿Tiene algo que decir en su favor?» A mí sólo me quedo decir que yo nunca había tenido una pistola entre mis manos, que yo solamente había visto una vez pasar a los encapuchados por el pueblo y que yo me dedicaba a cortar leña del monte con el machete que tenía en casa y que las pistolas las habían subido los policías al camión después de golpearme y subirme al camión. «Bueno, en vista de que no ha aportado alguna prueba de su inocencia y de levantar falsos en contra de la autoridad me veo obligado a sentenciarlo a 20 años en el penal de Tapachula, ¡el siguiente!».

 

Después de que me sacaron de esa habitación me pasaron a otra donde esperaría el camión que me llevaría pa´ la capital; una vez que llegó el camión nos subieron para llevarnos, claro otra vez amarrados y todos amontonados. «¡Me lleva la chingada pareja, tener que llevar a estos revoltosos hasta la capital y mi turno acaba en dos horas y ya vez que estos pinches codos no pagan horas extras!, ya ven pendejos como nada más nos traen problemas a todos y, todo ¿pa´qué?, ¿a poco creían que iban a poder cambiar las cosas?».

 

¿Cambiar las cosas?, pues si mi vida no era la mejor, pero al menos no estaba encerrado, yo sólo sabía que los encapuchados querían hacer bulla, nunca supe realmente qué es lo que querían pero mientras ya me fregaron porque yo voy para la cárcel mientras ellos y el gobierno juegan a ver quién puede más. Pasaron varias horas mientras el camión llegaba a la capital, la cual no conocía pero de saber que sería de esta forma mejor no me hubiera gustado conocerla. Mientras veía los árboles al lado del camino, comencé a pensar en mis Juanita, la pobre ni siquiera sabía qué había pasado conmigo y ahora que se enterará (si es que se enteraba) que me llevaban a la cárcel de la capital entonces sí se me va a morir y mis chilpayates, pobres de ellos, el más pequeño todavía ni camina y los otros cuatro se tendrán que hacer cargo de la casa porque en mi pueblo si no trabajas, no tragas.

 

«Por fin llegamos pareja, ya no aguantaba verme entre tanto pendejo, ¡a ver putitos se me bajan del camión, pero rapidito que todavía tenemos que regresar y ya tengo mucha hambre!». Lo primero que ví fue un lugar con bardas muy altas y otros policías pero vestidos de otro color, pero eso sí con la misma cara de perros que todos tienen, luego nos pasaron a un cuartote donde nos tuvieron el resto de la tarde, al menos acá si pude comer porque ahora nos dieron seis cubetas de una cosa que parecían papas pero sabía como engrudo, después a buscar un rinconcito donde me pudiera acostar, pero como éramos tantos me tuve que dormir con las piernas dobladas pa´ que nos pudiéramos acostar.

 

Al día siguiente nos pasaron a un patio que ahora sé que es la población general, en donde puedes andar por todos lados, y es un lugar con tres pisos de rejas donde en cada una de ellas viven entre seis y siete personas, en casi todas encontré ropa tendida, había unas donde hasta tenían televisión. Muchos de los que se encontraban en la cárcel si merecían estar allí porque después de algún tiempo me enteré que habían asesinos, violadores y secuestradores, pero la gran mayoría de los que habíamos llegado nuestro delito era ser indígenas, personas que no sabíamos escribir ni leer y que vivíamos en Chiapas, un lugar que aunque dicen que es México yo ya no estoy tan seguro de ello. De mi familia aún no sé nada y es comprensible porque ellos no tienen ni la forma ni el dinero para comunicarse conmigo, no sé ni siquiera si siguen vivos, y es así como han pasado cada uno de mis días dentro de este penal, podría contar cada uno de ellos, por ejemplo, que ha habido días en los que he tenido que verme envuelto en disputas por una deuda de $50, o que en ocasiones he logrado mantener la esperanza de que algún día podré salir de este lugar para poder buscar a mi familia, o que el año pasado asesinaron a mi compadre Pedro porque no pago su deuda de $100 que contrajo al consumir marihuana, a  la cual se hizo adicto dentro de estas cuatro paredes, pero en fin, no tiene caso hablar de estas cosas que aunque no sean de primera mano creo que la mayoría de ustedes conoce.

 

Ahora a pesar de que he aprendido a leer y a escribir, además de otras cosas que son necesarias para poder sobrevivir aquí adentro no puedo recordar más allá de lo que he escrito aquí, ahora que puedo entender muchas cosas que antes no, me doy cuenta que soy una victima de una estupida disputa entre personas que dicen ser libertadores de mi país, pero que en realidad la mayoría de ellos tienen intereses personales y un gobierno al cual no le interesa que la mayor parte de la población estén con el Jesús en la boca para poder llevarse algo a la boca, que viven en la desesperanza ante la apatía de aquellos que prometen sexenio tras sexenio que las cosas cambiarán en este país y que en realidad lo único que cambiará es su estado de cuenta. Hasta el día de hoy me he atrevido a mostrar un poco de mi realidad que desafortunadamente no es única. Ahora que puedo ver lo que pasa en el país a partir de la televisión y que me doy cuenta que no soy el único de lo que ahora sé que somos los verdaderos presos políticos siento la necesidad de ser leído aunque sé que como todo lo demás será olvidado en el momento en que empieces a pensar que será de ti en este país, pero quiero que sepas que tu pensar no es muy diferente del mío, la única diferencia es que yo llevo la cuenta de cuantos años lo llevo haciendo: 15 años, seis meses y 14 días.

 

Este relato ha sido creado, pero no creo que esté muy alejado de la realidad de algún mexicano preso, pensemos quiénes son los verdaderos presos políticos de este país, ¿los que salen en los noticieros?, ¿los que tienen los reflectores? o ¿aquellos de los cuales nunca sabremos sus historias, ya sea porque han sido silenciados por siempre o porque no cuentan con una voz que pueda hacer que sean escuchados?

 

La Letra Ausente
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LA TRAMA DEL OTRO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Javier AnzuresJavier AnzuresJavier Anzures