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 La Letra Ausente
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SECCIÓN: LA TRAMA DEL OTRO    

EL AMOR EN LOS DÍAS DE LA FURIA

Por: LAWRENCE FERLINGHETTI*

                                                                  1

La última vez que vio parís a la hora en que los dulces pájaros emiten sus últimos cantos fue desde tren rápido con destino al sur, cuando la revolución estudiantil de 1968, y aquél era casi el último tren que salía; pero esto es adelantar los acontecimientos, que se iniciaron avanzada la noche en Montparnasse cuando alguien le presentó en La Coupole a Julian Mendes, lo que dio lugar a una historia de amor en aquellos tiempos de furia. Pasó algún tiempo antes de que volviera a verle solo, cenando tardíamente al fondo de La Coupole. Al principio lo tomó por un español o un vasco, aunque no habría podido decir exactamente por qué. Tenía un aire de montañés, con una cabeza que parecía tallada en piedra, el perfil casi feo, aunque dotado de un rudo encanto por aquella pequeña cicatriz en la mejilla y por la formalidad de su vestimenta, que era como si él perteneciese a una época pasada, o al menos como si se comprase los trajes en capitales extranjeras. Su aspecto no era en modo alguno muy francés. Tendría tal vez cincuenta y cinco años, y ella estaba indudablemente fascinada, aunque al mismo tiempo un poco en guardia, pues había algo en él, una forma de mirar una extraña reserva o distancia, un no sé qué insondable y ausente; de modo que ella guardaba a su vez la distancia cada vez que se daba el caso de verle, fuese en La Coupole, en alguna galería de arte o en el vestíbulo de un cine, siempre sólo. Ese año tenía la vida bastante complicada y hombres más que suficientes para mantenerla ocupada cuando no estaba trabajando, y disfrutaba viviendo sola, habiéndose liberado de un inadecuado vínculo a comienzos de año, su cuadragésimo precisamente, con todas las reprimidas pasiones de esa edad.

2

            Así empezaron las cosas entre ellos y las horas entraron en marzo por el reloj de arena, y pasado algún tiempo a él le pareció completamente natural subir a casa de ella en la Rue Descartes, detrás del Pantheón, a la pequeña vivienda con sus pequeñas habitaciones soleadas, y que la primavera viniese tan tibia en ese año en que la temperatura subía en la Sorbonne y en Beaux-Arts, donde ella enseñaba. Era la primera vez que Annie tenía un amante europeo, y eso que hacia mucho tiempo que habia llegado de Nueva York a París, con sus ilusiones y su cabello tan rojo y el bolso màs lleno de pinceles y papel de dibujo que de ropa. En el Loger East Side ella se había convertido en una especie de famosa pintora, primero expresionista abstracta, luego figurativa, siguiendo a la generación de Motherwell y de Kooning y Kline. Pero se había apartado de todos ellos y había venido a París invitada por unos entusiastas de su pintura que eran docentes en la École del Beaux-Arts, y después de había quedado porque ellos se lo habían pedido y le habían asignado un estudio propio allí arriba bajo los tejados, un espacio enorme para lo que es corriente en París. Se quedó como en un sueño cuyo principio se ha olvidado. Ahora casi sentía que no sería capaz de pintar sin aquella luz especial de París, aquella luz perleada, translúcida sobre los tejados grises, o más bien que no podría nunca volver a pintar bajo la violenta luz de los ilimitados cielos abiertos de América. Hasta en Nueva York, en Manhattan, en Lower East Side, el cielo era abierto, un poco limitado, no precisamente el cielo abierto del Oeste pero en todo caso como un gran angular, un gran ojo imperturbable que no dejaba lugar a la búsqueda del propio yo, en el vasto paisaje de América, donde todo se había caído de los lienzos dejando únicamente desiertas extensiones abstracto-expresionistas de subjetiva desolación, donde todo lo que había caído a las deterioradas calles de Lower East Side yacía amontonado en los arroyos de la calle, pilas de colchones y muelles sueltos, muñecas rotas y sostenes, espejos astillados y cuerpos doblados en el sucio amanecer, el este Tompkins Square parecido a una Dresde bombardeada, extendido bajo la luz vibrante tan masculina, sí, una luz tan masculina y joven, lo más opuesto a aquella perlada luz gris de París, que seguía siendo tan femenina, no tan ofensiva como la luz americana y su agresiva Escuela de Pintura de Nueva York, comparadas con las de París y su luz secular, semejante a una vieja grande dame dormitando en su escuela de Beaux-Arts. Annie no había sido nunca uno de esos neoyorquinos recalcitrantes que no podían vivir en ningún otro sitio. Siempre había querido escapar, y lo hizo, siendo París para ella, como para tantos otros, una liberación; y se había ido quedando, diez años, quince ahora, y el tiempo volando, mientras en su pintura iba figuradamente extrayendo del arroyo aquellos cuerpos humanos perdidos, aquellos restos humanos desgarrados, y devolviéndolos a sus lienzos, insuflándoles vida nuevamente. Amaba la figura humana y tenía demasiado que decir para ser una pintora no naturalista. Pero ahora era la primavera de 1968 y aquella vieja dama dormitando al sol tardío que era París pronto había de ser empujada a la luz de las realidades del nuevo 1968 y la revolución estudiantil, la luz de los ensordecedores estallidos de las granadas de percusión en el cielo nocturno sobre Saint-Michel y Saint-Germain. Aquello no había ocurrido aún, pues sólo estaban a finales de marzo, en una tarde de domingo, con el sol que entraba a través de la puerta que daba al estrecho balcón, abierta de para en par, y Julian Mendes examinaba unos libros y revistas de arte que ella tenía apiladas sobre la mesilla del café. Habían estado fuera paseando por Saint-Germain y a media tarde se habían detenido en la Brasserie Lipp, en cuya terraza habían bebido cerveza y, mirando al interior, habían reconocido a Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre con sus gruesas gafas leyendo los periódicos y hablando. “Cuando yo era estudiante solía verles aquí en el Lipp”, dijo Julian, señalando con un ademán la Place de Saint-Germain-des-Près; “entonces vivían justo allí, encima del Café Bonaparte. Y aquí otra vez, con un montón de cosas que decir sobre lo que está ocurriendo ahora. Todo sobre lo que han estado hablando todos estos años viene a ocurrir ahora… aunque en realidad los actuales estudiantes no lo han leído, y los que lo han hecho es probable que piensen que está un poco épuisé, si no dépassé…” Julian confesó que, personalmente, quien había significado mucho para él era Albert Camus. Era a quien más admiraba, y de él en particular L’Homme Révolté, o El Rebelde. “Sí”, afirmó, “creo que sin ese libro no sería hoy el que soy.” Lo cual resultaba sorprendente en labios de un próspero banquero, aunque más sorprendente fue que dijese que en realidad se tenía íntimamente por anarquista y que declarase que todavía vivía según los principios anarquistas. Eso la hizo reír. Él no rió. Su voz adquirió una cierta intensidad al volverse Julian Hacia ella y decir: “Escucha, no creo que sea verdaderamente muy radical creer en el único camino que tiene algún sentido en estos tiempos. Verás, el entero castillo de naipes, el enorme Estado erigido para dirigirlo todo se vuelve cada vez más grande, con más y más normas y reglamentos a los que el hombrecillo ha de atenerse, su preciosa escasa libertad cada vez más reducida, para encajar, para que funcione la maquinaria, el pequeño diente de rueda sin el que nada puede funcionar, billones de pequeños dientes tan importantes para hacer andar la monstruosa máquina, y pobres de aquellos que no permanezcan en su sitio o se aparten de la fila. El Estado le vendió al hombrecillo una lista de bienes llamada Contrato Social y el Estado tuvo que inventar una enorme Mentira Social para sustentarlo...” Se detuvo abruptamente y rió quedo mirando a Annie, que estaba pensando que todo aquello le sonaba a los viejos radicales amigos de su padre en la época de su adolescencia. “Bueno”, dijo él con una leve risa, echándose hacia atrás en el asiento, “veo que voy a tener que contarte la historia de mi vida para que puedas entender cómo comprendí este camino…” “Ya me haces recordar a un montón de gente”, dijo Annie. “¿Es que ya has oído todo esto antes?” “No exactamente… no estaría mal que me dieras la versión de fuera.” “Bien”, dijo Julian, “será mejor que empiece por el principio o cerca del principio, cuando tenía veinte y pico, y acababa de regresar de la Universidad de Lisboa. Sólo una rama de mi familia era francesa. La familia de mi padre era portuguesa y yo crecí mayormente allí, en Portugal, con ocasionales viajes a Francia, donde vivían todos los parientes de mi madre. En todo caso, yo no era gran cosa como estudiante. Me gustaba bastante hacer vida de estudiante, sin realizar grandes esfuerzos, pero los compañeros con quienes me vinculaba eran en su mayoría, como yo, empobrecidos hijos de una nobleza difunta, que vivían precariamente bajo el criminal régimen de Salazar, lo mismo que todo Portugal vivía bajo su férula. Casi todos estaban metidos en grupos clandestinos, grupúsculos tan ocultos y dispersos que en rigor no tenían posibilidad de hacer nada y la mayor parte de las veces pasaban el tiempo  sentados en círculo y acariciándose el bigote en algún sótano perdido. De todas formas era peligroso, una noche alguna patrulla de la policía fascista podía sorprenderte con una octavilla en el bolsillo y al cabo de un día o dos llamaban a tu puerta y simplemente desaparecías. Ocurrió con unos cuantos de mis amigos. Y entonces fue realmente cunando empezó, me refiero a mi evolución como ‘radical’. Pues hubo prestigioso profesor que no se sabe cómo, mediante diversos subterfugios, lograba conservar su cátedra universitaria –era de ciencias políticas - , que se convirtió en cierto modo en mi mentor. Yo asistía a sus clases y leía todos los panfletos y hojas de propaganda que él redactaba bajo diferentes seudónimos. Era en términos generales un anarquista filosófico y creía en lo que predicaba y nos enseñaba a creer. Me parece que unos años más tarde le cogieron en una red formada por él mismo y fue apartado de la circulación. Tú no tienes idea de cómo eran entonces las cosas bajo la dictadura de Salazar, como lo siguen siendo, pues él sigue allí, todavía en el poder, aunque no por mucho tiempo más; antes de que acabe este año habrá caído, finalmente, ya verás, y los estudiantes lo habrán hecho por fin, allí igual que aquí. Pero en aquella época, cuando Salazar iniciaba su andadura, teníamos la más aburrida, la más banal dictadura del mundo. ¡Todos los lugares comunes acerca de las dictaduras eran aplicables a Portugal que a cualquier otra parte! Pero por absoluto que sea un poder, siempres hay un núcleo que se resiste, en silencio, secretamente, negándose a captarlo, y éste por supuesto estaba formado en torno a la universidad, en Lisboa y en Coimbra, porque es siempre la juventud, con la mirada fresca, la que ve más claro, a través de toda falsedad, de toda la mentira; y había disparos en la noche allá en Coimbra, mientras en Lisboa nos concentrábamos en el sabotaje, en lo que fuere que pudiésemos llevar a cabo en nuestra modesta medida, principalmente contra los grupos de la Juventud Católica, que le hacía el trabajo sucio a la dictadura en el ámbito universitario, aunque obviamente nuestro verdadero objetivo era derribar al estado fascista. La Iglesia era por supuesto uno de los más importantes apoyos del régimen y nosotros realizamos numerosas ‘acciones’ dentro y fuera de las iglesias, pero eran cosa de niños, y de todas formas resultaba demasiado peligroso. Lo que necesitábamos hacer era atacar la peste negra en sí, al propio Salazar, pero ¿cómo hacerlo, con las legiones de tropas fascistas que lo rodeaban? Éramos impotentes, pero había millones en la misma situación, todavía más pobres y con menos derechos de los que nosotros teníamos; algún día se alzarían, aquello no podía durar siempre, y sería la revolución de las masas, una verdadera rebelión de las masas, que siempre es puro anarquismo.” Y Annie estaba otra vez pensando que oía a los camaradas de su padre hablando la noche entera cuando ella se iba haciendo adulta allá en Nueva York, mientras Julian proseguía, enfrascado en su propio pasado. “Pero el caso es que un año, al regresar de un largo viaje al extranjero, mi antiguo profesor de ciencias políticas se había ido y nadie podía o quería decir adónde. ¡Sencillamente, había desaparecido! Aquello me impresionó. Yo era aún apenas veinteañero. Pero él había dejado su huella, así fuera en nuestras mentes, había sembrado sus ideas. La mente es un sitio  inexpugnable, el mejor escondrijo de todos, y nadie puede descubrir lo que oculta; algo que pronto aprendí. La suya era admirable, para mí al menos, entonces, y aquel hecho aislado –su desaparición- me radicalizó más que cualquier otra cosa. Si, y durante el resto de aquel periodo, aquellos años iniciales en Lisboa, estuve realmente obsesionado por nuestra tarea. Sentía, sentíamos que teníamos que realizar una tarea realmente sagrada: ¡el derrocamiento de nuestra dictadura fascista y el de todos los regímenes autoritarios y de toda clase gobierno que despojase a cualquier persona de su libertad.” Si, pensaba Annie, cuya mente divergiendo de la voz de él, se instalaba en los verdes prados estivales, en un sitio más allá de toda aquella retórica, una planicie con pájaros por alguna parte, una llanura fresca y lozana, un prado radiante de luz. Y observándole los gestos de sus manos, ansiaba que éstas hicieran algo más que gestos, pues las palabras y los gestos estaban muy baratos en las bolsas mundiales, especialmente en Francia, con su “lenguaje diplomático”, tan bien concebido para disfrazar los verdaderos pensamientos mediante sutiles matices, tan útil a diplomáticos y amantes. Como inveterada soñadora o realista romántica (cosa que siempre había considerado ser), se preguntaba cuánto más allá de todo aquel palabrerío llegaría él realmente alguna vez. Ella seguía siendo una soñadora, y le parecía que algún sentido las palabras se interponían entre los dos, casi como si todo aquel flujo verbal les mantuviese separados en vez de aproximarlos. Oh, pensó, ¡lo que le hace el cerebro al corazón! Preferiría que esas manos la estuviesen acariciando en lugar de acompañando con gestos las palabras; y finalmente él se calló y la rodeó con un brazo y le acarició el cabello. En la luz diamantina y la atmósfera intemporal de aquella primavera parisina había una sensación de vértigo, en el aire suave una especie de impulso sensual, y una leve brisa movía apenas las cortinas. Fue uno de esos momentos en que el tiempo, como fatigado de su tierno tictac, de pronto se queda inmóvil, conteniendo el aliento; como si alguien hubiera extendido la mano y detenido un péndulo. Ella cerró los ojos y se dejó ir en sus manos, como si fuesen en un bote a la deriva. Sin duda la impetuosa corriente no tardaría en llevarles de regreso al mundo real, el París de 1968, donde todo estaba a punto de ocurrir.         

3

La vida era aún un sueño real y hubo un dios al principio, si no al final, de todo goce. Ella lo sintió con él. No hablaron de “amor”. Nombrarlo era estropearlo. Él la miraba y la encontraba indescriptiblemente hermosa, aunque todo fuese una ilusión. La cuestión estaba en la mirada de los ojos de ella. Él apartó la vista. Era demasiado. Haciendo el amor, él la llamaba Anna, como si ese fuera su verdadero nombre y Annie un disfraz. En su voz nocturna había una especie de inocencia. En aquel comienzo de abril, abajo en la calle resonaban gritos en el aire, mientras arriba, bajo las cornisas, las oscuras palomas se arrullaban en la noche. Encima del lecho había un cuadro de Rousseau llamado El león hambriento, que mostraba a un león devorando a un antílope mientras una pantera aguardaba su turno para comer, y en la misma habitación Annie tenía otro cuadro de Rousseau llamado Guerra, en el que el pintor había escrito: Pasa la guerra, effrayante, dejando detrás por todas partes desesperación, lágrimas y ruina…; también colgaba en la habitación La gitana durmiente, con la descripción por parte de Rousseau de la gitana errabunda que cae profundamente  dormida tocando la mandolina y “un león que pasa casualmente la olisquea pero no la devora…” Abajo en la calle una pequeña revolución estaba dando nacimiento a mucha esperanza y euforia, no sólo en Francia sino en todo el mundo, en Estados Unidos, en Alemania, en Italia, en Ciudad de México, en Praga, en Portugal, había por doquier una agitación, un nuevo espíritu, un espíritu en ebullición. Lo que había comenzado como una pequeña protesta por parte de unos pocos estudiantes airados, por unos pocos enragés de Nanterre, se extendía a la Sorbonne y a Beaux-Art, y de allí a otras escuelas y universidades en toda Francia, saltando luego por todas partes como un matorral en llamas de los estudiantes a los obreros. El objeto del ataque no era únicamente el anticuado sistema educativo sino el completo statu quo de la vida burguesa y su gobierno, era el Estado burgués entero el cuestionado en todas partes. El verdadero enemigo era la propia mentalidad burguesa, por no mencionar la mentalidad policial que regía tantas partes del mundo, y los alumnos desertaban de los talleres de pintura y Annie con ellos, pues ¿no les había estado predicando la misma libertad en la pintura que ahora ellos representaban? Y ellos se unían con los anarquistas, los trtsquistas y los marxistas en la condena de la Sourbonne y Beaux-Arts, así como el sistema educativo entero, como instrucciones pensadas para mantener al populacho en su sitio, creadas para educar a la juventud en el statu quo de unos que tienen y otros que no tienen, para convertirse en obedientes fonctionaries. Todo esto iba a conducir a una efectiva paralización de la vida diaria en Francia, con una huelga general de todos los trabajadores, con el gobierno del general De Gaulle en una letente confusión. Se esperaba que la vida entera pudiera ser reconcebida y transformada. Todos los viejos conceptos relativos al amor, al matrimonio, al trabajo a los hombres y mujeres unidos, a las formas de ver la realidad, nunca podrían volver a ser los mismos. Y todo ello parecía posible en la primavera de aquel año en que Julian y Annie estaban en la cumbre del amor y el raciocinio.

4

“¡Oh, yo no soy el conde de Clappique!”, dijo Julian riendo, los dos sentados en la minúscula terraza del Café des Aristes de la Place Contrescarpe en el barrio de Annie. “¡Pero tampoco monsieur Ferral!” Pues el conde de Clappique en El destino del hombre de Malraux era probablemente un agente doble que traicionaba a ambos en la revolución china cada vez que era necesario para salvar el pellejo, en tanto que monsieur Ferral era el banquero que presidía la Cámara de Comercio francesa en Shangai. A pesar de su broma, Julian estaba todavía empeñado en convencer a Annie de que él se hallaba del lado correcto, del lado de los estudiantes en la presente situación, que iba pasando de revuelta a verdadera revolución, aún cuando en una tarde soleada pudiera parecer que la vida seguía como siempre, incluso ahora cuando allí bajo los plátanos de la pequeña plaza se había instalado un grupo de jóvenes músicos pobres y empezaban a tocar lentos valses antiguos, propagando su nostalgia en la atmósfera dominguera con un bugle, un acordeón, un saxo y un viejo tambor, cuyos ecos alcanzaban las calles adyacentes. Al poco rato media docena de pequeñuelos salieron de los portales y se pararon ante los músicos, y un perrito atado a una decorativa farola de hierro con una correa amarilla se puso a ladrar, al tiempo que una vieja arrugada, de chal y bastón, se detenía y se volvía para escuchar y mientras unos borrachos de vino tendidos al sol sobre el adoquinado de la plaza alzaban las ebrias cabezas. Poco después una pareja sumamente anciana que atravesaba la plaza munida de bolsas de la compra vacías se detuvo, y muy, pero muy lentamente, ambos se pusieron a bailar, sin desprenderse de las bolsas, sin tocarse, él cortesanamente, girando alrededor de la frágil anciana que se mantenía muy erguida, moviendo apenas los pies; él más bajo que ella, tocado con una blanca gorra de golfista y vistiendo un anticuado traje de hilo y sandalias también blancas, con gafas oscuras como si fuera parcialmente ciego, y ella con el blanco cabello hasta los hombros, falda blanca y blusa de encaje, medias cortas de deporte rojas y sandalias con el dedo gordo al aire; y la melancólica voz del acordeón lo dominó todo, como la voz misma del pasado, y la pareja continuó bailando con aquella lentitud, moviéndose apenas, como si el tiempo también se hubiera enlentecido y fuera a durar siempre, como la pareja pudiera aún vivir eternamente así como estaban, bailando. Annie se preguntó si alguna vez tendría una relación como aquella, como imaginaba la de la anciana pareja, una relación que continuase a través de las décadas, por el resto de su vida. Evocó otra primavera, en la que se había enamorado de uno de sus profesores en la Escuela de Arte, uno de los grandes un sesentón por entonces, lo que los estudiantes llamaban “un viejo radical” de la generación de los años treinta, vinculado a la gente de la Partisan Review, pero que en aquella época, la de ella, no estaba lejos del retiro y disfrutaba invitando a sus alumnos favoritos a su piso de West End Avenue los domingos para beber cerveza para hablar de pintura  y de política. No parecía haber ninguna mujer instalada en su casa, y fue mucho después que Annie supo la verdad; pero entonces, aquel verano, una vez terminado el año lectivo, acostumbraba a caer por allí de tanto en tanto y generalmente lo encontraba solo en su inmenso estudio y siempre encantado de verla. Reflexionando ahora se daba cuenta de que había sido ella quien se había insinuado, por más que él ciertamente había respondido con afecto. Pero por fin quedó claro, quedó perfectamente claro que él era gay, sin la menor duda. Era un hombre muy solitario, que vivía solo y aún así vivía para sus alumnos, y Annie no dejó de verle, pero al final tuvo que partir, tuvo que seguir adelante, con sus propias necesidades, y él le regaló un anillo de plata con un escarabajo que ella conservaba aún y todavía usaba. Además de eso le dio mucho más, le hizo ver al artista como permanente enemigo del Estado, como enemigo acérrimo de todas las fuerzas organizadas que en todas partes aplastan al individuo libre; le mostró al artista como el abanderado de Eros, de la fuerza vital, del amor, en un mundo aparentemente empeñado a destruir todo eso; como Eros versus la civilización, la vida contra la muerte. Sí, en sus clases de grabado uno aprendía no sólo litografía y aguafuerte, aprendía también que tenía que utilizar el arte para expresar algo importante, no un montón minimalista de nonadas. Se aprendía la tradición radical de los artistas y muralistas de la WPA. “¡Hable claro y déjese de balbuceos!”, les gritaba a los alumnos cuando se inclinaba sobre sus trabajos y veía que el dibujo no decía nada. Y resultaba curioso, pensó Annie desde el presente, cómo sus ideas coincidían con las de Julian, que se había quedado en silencio observando a los músicos de la plaza. Pero de pronto en medio de aquel soleado idilio legó desde la Rue Mouffetard un sonido distinto, el sonido de tambores tocados por estudiantes que portando pancartas se introducían en la Place Contrescarpe rodeando a los músicos todavía en acción y a la pareja de ancianos que dejaron de bailar y se alejaron apresuradamente calle abajo. Los tres estudiantes con tambores encabezaban la marcha siguiendo una caprichosa línea alrededor de la pequeña plaza y continuamente se iban incorporando más, agitando pancartas y estandartes en los cuales habían garabateado y pintado los primeros murmullos de aquel impulsivo y novedoso espíritu de rebelión. Entre ellos había carteles que Annie reconoció como obra de las brigadas de Beaux-Arts, algunas por sus propios alumnos, algunas verdaderamente en el estilo de los artistas de la WPA, aunque con mensajes que difícilmente se habrían soñado en los años treinta americanos:

 

El alcohol mata: toma LSD

LOS JÓVENES HACEN EL AMOR,
LOS VIEJOS HACEN GESTOS OBSENOS

YO SOY MARXISTA DE GROUCHO

“La revolución es el éxtasis de la historia”

Haz el amor y empieza de nuevo

¡LA IMAGINACIÓN AL PODER!

“Nous sommes tous deles enragés”– Ortega y Gasset

PROHIBIDO PROHIBIR

 

Abre las ventanas de tu corazón

HAZ EL AMOR, NO LA GUERRA

¡LA SORBONNE ES EL ESTALINGRADO DE LA REVOLUCIÓN!

 

5

Annie y Julian también fueron llevados, si no empujados, por la mancha estudiantil y se encontraron arrastrados por la muchedumbre que tras pugnar por salir de la Place Contrescarpe continuó colina abajo hacia la École Polytechnique, donde inundo el patio y los jardines de la escuela, llenándolos y desfilando una y otra vez en torno al patio principal, mientras algunos estudiantes politécnicos que no estaban con ellos les gritaban y apostrofaban desde las ventanas superiores y vaciaban sobre ellos papeleras y cubos de agua y enarbolaban sus propios carteles escritos a mano, como LO FRANCES PARA LOS FRANCESES Y VETE A CASA CON PAPÁ; y entonces, poco antes de que oscureciera, apareció la policía en sus furgones celulares dando bandazos por las empinadas calles con las sirenas ululando y los estudiantes empezaron inmediatamente a dispersarse, corriendo hacia las calles adyacentes para meterse en cualquier tienda, restaurante, café o edificio de apartamentos abiertos en la vecindad, de modo que cuando los gendarmes salieron precipitadamente de sus furgones poco les quedaba por hacer en el patio de la Polytechnique, como no fuese recoger basura, cosa que desdeñaron. Julian y Annie habían corrido por la Rue Descartes hacia el edificio de ella y tras subir los cinco tramos de escaleras de caracol se habían apresurado a abrir las puertas del balcón para comprobar lo que sucedía abajo. Repentinamente se había hecho la calma y era casi como si no hubiese ocurrido nada en absoluto, como si se tratase sólo de otra noche normal en París, con todo el mundo detrás de las puertas cerradas viviendo sus burguesas vidas  privadas. Annie y Julián se sirvieron sendas copas y se sentaron. Julian dijo: “Ha pasado mucho tiempo desde mis días de estudiante, y no obstante no ha sucedido aún, la verdadera ‘revolución’ no ha ocurrido todavía; es la misma vieja historia, los estudiantes divididos como antes y los anarquistas y los marxistas siempre del mismo lado pero todavía violentamente opuestos entre sí, los trabajadores y los estudiantes juntos pero no juntos, cada cual todavía incapaz de entender realmente al otro, todavía con objetivos absurdamente diferentes, aún cuando coincidan contra el Estado…” “Entonces, ¿qué hay de nuevo?”, dijo Annie riendo, con la esperanza de evitarse otro discurso. Pero Julian estaba como siempre obsesionado y perseveraba: “Igual que en Lisboa… pero déjame que vuelva al principio mismo. Cuando vi por vez primera la luz de Lisboa vivíamos en un enorme piso antiguo que mi padre había logrado retener cuando la ruina total de nuestra fortuna. Se hallaba en lo alto de un antiquísimo edificio que parecía estar siempre a punto de desplomarse, en el 56 de Antonio Augusta Aguiar. Yo amaba a todos los gatos que vivían en las techumbres de tejas… Pero el caso es que mi padre murió de tisis… Mi madre vivía de vender la plata y los muebles de la familia, y recuerdo lo vacío que estaba el piso. La luz se reflejaba en la madera del vetusto suelo lustrado de nuestro salón donde yo permanecía sobre una manta con mis juguetes. Recuerdo cómo yo tendía el brazo intentando agarrar la luz y cómo esta pasaba por encima de mi mano sin que yo consiguiera cogerla, y la primera palabra que dije, según mi madre, fue luz. También recuerdo que siempre estaba hambriento en aquel elegante piso en la mejor parte de la ciudad. Mi madre tuvo que renunciar a amamantarme demasiado pronto, creo y yo parecía tener un hambre constante y una permanente sed que el agua no saciaba. Pese a que no podía tener más de un año, recuerdo vívidamente la luz del sol brillando como el oro en el suelo pulido, como un vestigio dorado en la añeja madera; y que al inclinarse riendo mi madre sobre mí veía en el interior oscuro de su boca un empaste de oro, y que su perfume, un perfume sutil, me envolvía al sol. En el alféizar de la ventana había pájaros tomando el sol que proyectaban su sombra morada al interior del salón, unas finas sombras alargadas sobre el suelo de roble; y después todos ellos partían volando de repente alborotados, y mi madre se enderezaba y abandonaba el salón, probablemente para ir a la habitación contigua, pero para mí podía haber sido a recorrer el mundo y para siempre. En mi vida sólo había su presencia o su ausencia, ella estaba allí o no estaba, y antes de que volviese para mí era la eternidad. ¡Hambre y sed, ansiedad y amor! Si, así era… Recuerdo la vez primera que no regresó. Yo tendría unos tres años. Un día ella simplemente no volvió, simplemente no estuvo más. Y después pasa el tiempo y mi tía en Francia cuidando de mí. Allí fui durante un tiempo al colegio, cerca de la frontera española, y otra tía vino y me llevó de nuevo a Portugal, a Castelo Branco, ese poblado montañoso próximo a la frontera española por el otro lado, donde fui al colegio local regentado por monjas. Había suficiente de comer pero yo siempre tenía aquella sensación de hambre y sed, como si algo faltase. Yo no sabía qué era lo que me faltaba, tal vez fuera la “luz”, porque recuerdo aquellas oscuras nubes siempre sobre las montañas, que parecían arrojar su sombra directamente sobre nosotros. El agua que bajaba de la montaña y discurría por las cunetas era oscura, despojada de luz solar, y en verano nos azotaban las lluvias y el viento con su fino polvo ahuyentaba al sol. Yo tendría entonces diez años…” Julian hizo una pausa, se pasó una mano por el cabello, se levantó a mirar el cielo; después se volvió hacia Annie y prosiguió: “Lo que fuere que yo quisiese era algo intangible que no podía captar, incapaz de articular cualquier cosa a esa edad boba, los trece o catorce años. Sentía que no sabía nada acerca de nada, de nada importante, de lo que hace que la vida transcurra. Las monjas no lo enseñaban. Parecía que enseñaban lo contrario, que nos ocultaban los hechos reales de la vida. A nosotros, pequeños diablos, pequeños bárbaros impetuosos llenos de sentimientos y apetitos feroces, pequeños mocosos rebeldes en busca de una salida de aquella oscuridad, nos enseñaban lo que querían que viésemos, nada más. El dios a quien siempre estaban rezando era un dios tenebroso, vengativo, el dios de los españoles. Aún cuando los portugueses siempre dieron la espalda a España (el francés, que no el español, era su segunda lengua), ¡en Portugal todo lo malo seguía pareciendo venir de España, incluyendo el fascismo! ¡El vino malo y los malos matrimonios venían de España! Como España, las iglesias portuguesas estaban llenas de Cristos negros retorciéndose en sus negras cruces, goteando lágrimas de negra sangre. Teníamos que ir al catecismo en las criptas de una de aquellas iglesias y las monjas venían por los oscuros pasillos góticos de tales criptas con sus negras capas como enormes alas desoladas que venían hacia nosotros como ángeles de la muerte. Yo me daba la vuelta y salía corriendo, para ser arrastrado de regreso por aquellas manos bondadosas pero de hierro, semejantes a garras… Parecían decididas a salvaguardarnos de la luz, nos enseñaban la oscuridad y la muerte, el eterno retorcimiento de manos y las desoladas plegarias a Alguien a quien nunca veíamos, que estaba siempre envuelto en sombras, un ser separado del cuerpo que sencillamente no estaba allí ni en ninguna parte. Yo le rezaba en cambio a mi madre o a mi padre muertos, sobre todo a ella. Al parecer las monjas y en rigor el mundo de los adultos en general estaban involucrados en una inmensa conspiración para privarnos de la luz y de todo verdadero conocimiento del mundo. Lo que realmente sustentaba la vida, lo que hacía que los hombres y las mujeres y los animales de moviesen no era mencionado jamás, parecía estarnos cuidadosamente vedado.  Todo cuanto nos daban a leer formaba parte de esa gran conspiración y yo leía todo lo que caía en mis manos. Devoraba la poco estimulante biblioteca local y de vez en cuando tropezaba con una revista que me proporcionaba un atisbo del mundo exterior, de la vida real. Fue mucho más adelante, ya estaba en la universidad en Lisboa, cuando me di cuenta de que no eran únicamente las monjas y las gentes de aquel ignorante poblado de montaña los involucrados en la gigantesca conspiración para mantenernos en la ignorancia: era la sociedad entera, todos estaban empeñados en hacerlo, una especie de masivo autoengaño al que sin darse cuenta se dedicaba el pueblo entero, ciertamente estimulado en todas partes por los interese creados. Un engaño que no sólo la religión sino todas las normas sociales reforzaban permanentemente, negando de entrada que fuésemos animales con instintos animales. ¿Qué se había hecho de la naturaleza? Debíamos actuar como si la naturaleza ya no existiese en nosotros, en nuestro interior, como si no experimentásemos todos las mismas urgencias animales. Y sólo había una forma aceptable de comportamiento para nosotros, el someternos a la gran conspiración. Ahora parece un lugar común el decirlo así, pero por entonces yo apenas era capaz de verlo, de intuirlo siquiera vagamente…” Julian hizo una nueva pausa y bebió un sorbo, y Annie se levantó y se quedó de pie en la puerta de acceso al balcón, contemplando el cielo nocturno. La noche era cálida y había en el aire algo que la excitaba, una alegría sensual en el engañosamente quieto anochecer, una douceur que sólo había conocido en Paris, bajo los techos grises o al aire libre en los jardines de Luxemburgo, donde hasta las estatuas de piedra parecían dotadas de una delicada sensualidad. No existía ninguna otra ciudad conocida por ella que poseyese en sus jardines y calles una cualidad erótica semejante en la propia atmósfera, un misterio sensual que todo lo impregnaba. Cuando él se le acercó por detrás y la rodeó con sus brazos, experimento la euforia que sobreviene con el amor o el deseo. “¿Decías?”, musitó. Pero al parecer la misma euforia no se había apoderado de él, que continuó: “Yo solía preguntarme si mi perro sentía igual que yo las mismas urgencias. Ya en la universidad, descubrí bajo el microscopio que también los protozoarios las tenían, el mismo impulso por vivir, la misma compulsión por “gestar”, por reproducirse. Así que a eso se reduce el amor, pensé. ¡No habiéndome enamorado nunca hasta entonces, pensé que eso era todo! Tenía dieciséis años, con un cuerpo lleno de locos apetitos y ningún modo de satisfacerlos. Éramos una panda de chicos, rebosantes de vida, recién salidos del colegio conventual y de pronto sueltos en Lisboa, en la universidad. Una situación cómica, si nos hubiéramos podido ver… Lisboa, una ciudad decadente, una pequeña Roma, construida como ella sobre colinas, una pequeña colmena bulliciosa, rebosante de animales como nosotros…” “Y después?”, preguntó Annie. “Después conocí a una mujer llamada Annie.” “¿No te has saltado algunos años y algunas mujeres?” “Da igual”, respondió él con una risita. “No querrás que me quede aquí toda la noche, verdad?”   

6

Todavía era abril, ese fértil mes que no era el más cruel en Paris, y paseaban a orillas del Sena en una mañana soleada como una pareja de amantes más por los embarcaderos, al costado de los cuales discurría el agua ocre del río, hinchado por las lluvias de primavera. Pero no era sólo otra pareja de amantes, eran inequívocamente ellos, conscientes de su respectiva singularidad en el primigenio despertar de su amor, sorprendentemente contentos el uno del otro, de haberse “descubierto” mutuamente en medio de la confusión, cada cual tan vigente en la nueva experiencia del otro. Aquello había crecido en su interior sin que ninguno de los dos advirtiese del todo lo que estaba sucediendo, y ahora los absorbía. Hasta cierto punto. Era un abril que le había ocurrido a muchos y únicamente a ellos; sólo podía haber ocurrido en París y podía haber ocurrido cualquier otra parte; era París en primavera y podía haber sido en cualquier otro lado y en cualquier momento en que estuviesen juntos. Ninguno de los dos creía en ello, y no obstante creían. Ils flánaient surle Pont des Arts, du cóté de l’Ile Saint-Louis, dès premières heures du matin…  Años después Annie tropezó con este pasaje en las memorias de una amante francesa del poeta Keith Barnes y se vio en él con Julian recorriendo las calles de la madrugada en París, los callados muelles a primeras horas de la mañana, la luz incipiente. No había en su idioma un término equivalente a flánaient.“Paseaban” no servía. Ellos vagaban por las calles durante horas sin destino fijo, las aceras se extendían ante ellos como otros tantos senderos de luz a explorar, todo vibraba a su mismo pulso, los pájaros en los tejados, los autillos de noche en los aleros, por los oscuros antros de Saint-Julien-le Pauvre. Era de algún modo un sueño irreal del cual retornaban de día por separado, cada cual en su propia vida diurna, y lo que estaba ocurriendo en aquellas calles diurnas siempre los volvía a la realidad. Para los jóvenes en la calle fue una primavera cruel en muchos sentidos. “Estamos todos en enragés”, decía Julian uno de esos días en su estilo obsesivo. “Todos nosotros, animales sobre la Tierra, no sólo Daniel Cohn Bendit y un puñado de estudiantes en Nanterre y el Movimiento Veintidós de Marzo; por supuesto que estamos todos enfurecidos por el hecho de que alguna vez tendremos que morir, antes o después. “Furia, furia contra la muerte de la luz”, dijo el poeta. Cuando yo tenía una semana de vida estiraba la mano para coger la luz en la ventana, el sol, y cuando tuve dieciocho años no sabía lo que quería pero experimenté con creces esa extraña “furia vital”. Mi vieja tía murió aquel año al final del primero que cursé en la universidad, y me fui a París por mi cuenta. Tenía aún parientes  en el sur de Francia, pero yo quería estar solo. Aquí en París viví uno de esos momentos imperecederos, ése en el que sientes que estás en el mundo y eres de verdad independiente… aún cuando casi sin un céntimo, como mi caso. ¡Pero libre! En París, pues, ‘je ròdais, je flànais, je planais’, como dijo Blaise Cendrars: vagabundeaba, callejeaba, flotaba en el aire. Cendrars era entonces mi poeta predilecto, el que había escrito ‘En ce temps-là, j’etait dans mon adolescence… et mon adolescence ètait alors si ardente  et si folle… Et tous le jours et toutes le femmes dans le cafés’ … No suena tan bien como en ingles: And all the days and all the women in cafés and all the glasses, I would have liked to drink them all and break them… And all the windows and all the lives, and all the wheels of carriages turning on the on the mauvais paves. And I wanted to plunge them all a furnace of words… all the estrange bodies naked under their clothes, all the bodies that drove me crazy’…”1 Julian se había entusiasmado  bastante citando a Cendrars y se interrumpió bruscamente, y ambos rieron y se sentaron en un banco en el muelle justo detrás de Notre-Dame con sus enormes contrafuertes alzándose ante ellos, “Bueno, ahí lo tienes”, resumió Julian con un gesto, “¡el monstruoso monumento a la superstición medieval! ¡Un insulto a la razón humana, con sus pilas de agua bendita contaminada! Moja la mano en esa jofaina y tócate la frente con ella: una solución realmente potente. Mójate la mano y muere. ¡Prosternáos! ¡Un olor a huevos podridos, como a gallina muerta! Y vuelvo con aquellos ángeles de la muerte en Castelo Branco, tratando aún de escapar de ellas y de su culpable gran Pecado Original que aún seguían intentando echar sobre nosotros. ¡Prosternáos!, pues yo soy el Señor de la Creación. Habéis pecado por la mera razón de venir al mundo, por el mero acto de convertirnos en carne, y sufriréis por ello por toda la eternidad, amén. ¡Prosternáos! Pues el infierno está para pagar. Dante al encontrarse con Beatriz junto al río tuvo que zafarse de las cadenas, las cadenas medievales, para verla, para verla como un ser puro, ajeno al `pecado’…” Había varios clochards tendidos en el suelo junto al agua tomando el sol, y apareció una anciana con sus sacos y paquetes de ropa, lo que hizo que uno de los hombres se levantara y le gritara como si se dirigiese a los cerdos. “¡¿Dónde has estado desde la última vez que te vi en el talego?!” Y todos los demás se irguieron y se pusieron a gritarle, riendo a carcajadas y doblándose de risa. “Fils de pute”, les retrucó ella a gritos, revolviendo en sus casos y reanudando la marcha a trompicones por el muelle al tiempo que se presentaban tres elegantes gendarmes de negro uniforme, con walkie-talkies, arma al cinto y porras, y rodeando a los vagabundos iban de uno a otro pidiéndoles sus documentos e inspeccionándolos, al tiempo que uno de ellos utilizaba la radio; pero súbitamente los agentes se encogieron de hombros y dando media vuelta se alejaron por el muelle, dejando a los clochards donde irremediablemente siempre estarían, mientras Annie y Julian observaban. “¡El maldito Estado!”  exclamó Julian en inglés, “¡Ojalá pudiese destrozarlo entre mis dientes!” Annie nunca le había escuchado emplear aquel todo iracundo. “Los policías… continuó, “son iguales en todas partes del mundo, ¿verdad? La mentalidad policial es igual en cualquier país, cualquiera que sea el color del uniforme, y en todos lados la policía es la única imagen visible que la gente tiene del Estado, y son el Estado, para la mayoría, especialmente para los pobres, pues detrás de cada insignificante gendarme con su gorra a lo De Gaulle hay cien mil como él alrededor del mundo, sosteniendo el sistema, el ‘Patronat’, los grandes patronos, y detrás de ellos todos los ejércitos del mundo: pulsa un botón, si algún vago te responde con excesiva rudeza, y paff, fuera con él; el maldito establishment entero cae sobre él… Las dos naciones de Disraeli… Exactamente, profesor”, dijo Annie en tono ligero mientras ambos se ponían de pie y giraban para subir la extensa escalera de piedra hacia la calle. Cada vez que subían a la calle desde los muelles era siempre como retomar la viva realidad del mundo, lo mismo que a la Place Saint-Michel, donde ahora había graffiti por todas partes en las paredes y sobre las aceras, y eran los estudiantes hablando con tiza y pintura de spray:

 

“LO FRANCÉS PARA LOS FRANCESES” = ESLOGAN FASCISTA

MUERTE AL ESTADO

 

“EN UNA REVOLUCIÓN HAY DOS CLASES DE PERSONAS:
LAS QUE LA HACEN Y LAS QUE SE APROVECHAN DE ELLA”
                                                               NAPOLEÓN

“LAS LÁGRIMAS DE LOS FILISTEOS
SON EL NÉCTAR DE LOS DIOSES”

U.S. DEFEAT THE MARINES

¡BAJO LOS ADOQUINES ESTÁ LA PLAYA!

LA BARRICADA QUE CIERRA LA CALLE ABRE EL CAMINO
ABRE EL CAMINO

¡ROMA BERLÍN MADRID PRAGA VARSOVIA PARÍS EL MUNDO!

ABRID LAS PUERTAS DE LOS ASILOS, LAS
CÁRCELES Y DEMÁS “FACULTADES”

¡YO PROCLAMO EL ESTADO DE LA FELICIDAD PERPÉTUA!

“CUANTO MÁS HAGO EL AMOR, MÁS NECESITO LA REVOLUCIÓN.
CUANTO MÁS HAGO LA REVOLUCIÓN, MÁS QUIERO HACER EL AMOR”

¡LA POESÍA A LA CALLE!

RÈVE + EVOLUTIÓN = REVOLUTIÓN

“Uno tiene que llevar un caos dentro
Para echar al mundo
Una estrella bailarina”

TODOS LLEVAMOS DENTRO UN POLICÍA: HAY QUE MATARLO
-COMITÉ DE AGITACIÓN CULTURAL

ABRAZA A TU AMANTE
SIN SOLTAR LA PISTOLA

 

Un poco más adelante, Annie y Julian encontraron en la acera Pont Neuf unretrato en tiza amarilla de cantante popular Leo Ferré, dejado por un artista callejero junto con un verso garrapateado y el pedido de unas monedas:

Un dibujo en la acera
para obligarte a cambiar el paso
en el sendero del amor y la esperanza
¡para salvar la raza!

GRACIAS (1F o 2F s.v.p)

 

Y Annie se sentó en el bordillo del puente, sacó el cuaderno de dibujo y empezaba a bosquejar una idea para un cartel cuando de repente desde una calle lateral al otro lado de la Place Saint-Michel llegó un estridente tropel de andrajosos poetas americanos cantando y gritando que la Policía Poética venia a salvarlos, que la Policía Poética venía a salvarlos a todos de la muerte, que el Capitán Poesía venía a salvar al mundo de sí mismo, a hacer el mundo seguro para la belleza y el amor, que la Policía Poética había llegado para disipar la confusión de las masas, que iba a descender en paracaídas hechos con páginas de diccionarios obscenos, que iba a aterrizar simultáneamente en las plazas mayores de cuarenta y dos grandes ciudades, habiendo arrendado todos los aviones del mundo suministrando asientos gratis a un pasaje infinito dado que todos eran poids net, la Policía Poética iba a aterrizar simultáneamente en la azoteas de los edificios más altos y en los puentes, monumentos y fortificaciones del mundo y a asumir totalmente el control de la situación mundial, que se deterioraba con rapidez; la Policía Poética iba a invadir Ginebra y a decidir de una vez por todas de que forma tenía que ser la mesa de toda futura conferencia de paz; la Policía Poética iba a consolidar sus posiciones simultáneamente en todas partes del mundo apremiando críticamente a cada persona y proclamando fórmulas admonitorias verdaderamente profundas para la salvación eterna, iba a apoderarse de las bibliotecas, los periódicos, las imprentas, obligando a sus dueños a punta de lapicero en no imprimir en lo sucesivo nada más que titulares de poesía pura y menús de puro amor, a que los diarios no contuviesen en adelante más que historias de pura poesía exponiendo las últimas actitudes, posturas, apariciones, manifestaciones y demostraciones de pura belleza surgidas por entero del entramado de la realidad desnuda, así como los últimos informes de los más recientes actos de amor en todo el universo, dando publicidad a todo el amor apto para imprimir y todo el amor apto para matar; pero negándose a publicar cualquier historia o titulares o fotos de cualquier otro tema, ya que ningún otro tema era ya Noticia; y hasta los grandes intocables editores de la Death Magazine en sus elevadas oficinas de cristal levantarían las persianas venecianas, y los estudiantes de pintura de Beaux-Arts escribirían grandes leyendas incendiarias en los muros de la segunda planta de un extremo a otro de cada calle; los poetas por su parte escribirían grandes poemas incendiarios en rollos de papel higiénico, y aquellos grandes interminables poemas locos colgarían de lado a lado de calles y bulevares, de farola a farola, y serían dejados caer como serpentinas sobre las cabezas de las personas mayores que pelearían por apropiárselas para pegarlas en los espejos de las barberías, en los muros de los talleres parroquiales,  en la parte trasera de la Cámara de Diputados, de la Conciergerie, la Ópera, la Ópera Cómica y el Circo Medrano, donde los caballos circenses corriendo en círculo y sus respectivos jinetes de pie sobre sus lomos las leerían y caerían extasiados pero cantando al aserrín de la pista y también en la fachada de todos los American Express y de todos los edificios de apartamentos suburbanos en los aledaños de todas las ciudades, y en las puertas laterales de todas las iglesias y templos, con la palabra amor subrayada cuantas veces apareciese en un poema; y la Revolución Poética iba creciendo, transformando la existencia y la civilización al tiempo que doblaba la esquina del Boule Michel y avanzaba por el Boulevard Saint-Germain hacia Odeón, donde Danton vigilaba desde lo alto de una boca del Metro y de los árboles colgaban, balanceándose con la brisa, unos relojes de bolsillo, cada uno marcando una hora diferente pero todos ellos indicando que era más tarde de lo que pensabas,  mientras un tropel de boinas negras y una multitud de sandalias salían a trompicones, flotando, volando, del Café Mabillón y de la Pérgola a incorporarse a la tan demorada Revolución Poética, al tiempo que tres mil novecientos cuarenta y dos alumnos de la Académie Duncan salían como un torrente de la Rue de Seine peinándose los cabellos con liras griegas y respirando pesadamente en los oídos de sus amantes…

7

Dormida, Annie soñó en francés e ingles o en inglés-francés o francés-inglés o en una confusa mezcla de los dos, una mélange de los que estaba ocurriendo en el mundo “exterior”. Estaba en un café en un sitio cualquiera, estaban los dos en ese café, y Julian decía, “Éste es el mundo real, así es como son las cosas”, y luego se levantaba y desaparecía para volver con algo que parecía un cáliz que contenía una especie de potente sentimiento puro; y él decía otra vez, “Sí, así es como realmente son las cosas en el mundo real”, y ella bebía de aquel vaso de sentimientos puro como si no lo hubiera hecho en muchos años, como si hubiese permitido que la pura razón abrasara sus emociones durante demasiado tiempo, y él continuaba diciendo “bebe, bebe”, en una parodia de sí mismo, al tiempo que un torrente de palabras en dos idiomas inundaba el interior de sus párpados cerrados como si fueran pequeñas panatallas de cine, y alguien que cantaba L’Anneé Folle.

 

y alguien que portaba un falo blanco por el bosque del mundo
buscando un lugar para entregarlo en Réve y rèvolution
alguien rastrillando la tierra con un pequeñísimo peine de bolsillo
et sous les pavés la plage!
o una rastra como las que los granjeros arrastran por los campos
peinando el largo cabello como un extra en una película de clase B
un tèmoin passionné
atrapado en una secuencia de celuloide de la que ella no podía salir
no teniendo voz propia
con la película avanzando con ella atascada allí hasta el final
un témoin passionné deces folles semaines
en una especie de locura
en un viento mistral
une crise de civilisation, dissait André Malraux une crise de croissance
atrapada en la secuencia de celuloide
hypocrite lecteur
actores en un paisaje iluminado
lágrimas de un filisteo son
dans une société quine se rendait pas comte que…
“La voluntad general contra la voluntaddel General”
que ses vétements ne lui allaient plus…
la pintura chorreante deslizándose por lo abstracto sobre lo figurativo
dans une crise de consciente ah oui l’ Esprit Quarante-huitard
y aquellos que hicieron una revolución a mediascavaron sus propias tumbas
dans les nuits chaudes du quartier latin oh ouiles anarchistes, les marxistes les…
Ahora empieza a parecerque se resquebraja
¡Sé realista: exigelo imposible!
Prenons nos désirs pour la réalité
y los jóvenes de frágiles manos y mentes turbadas
los expulsados del castillo de dormir sólo medio despiertos y agitando
de ahora en adelante en las calles gritando palabras y deseos sin tapujos
“Il est interdit d’interdire”
portando un falo blanco por el bosque del mundo
avec une émotion séduisante…
dictionnaire révolutionaire séme à tout vent…
et je rodais je flànais je planais en ce temps-là los jardines las máscaras los jardines de Alambra su blusa abierta les blousons noirs drapeaux noirs días y noches chocan entre sí ausente estéril sola en el lejano país si ardente et si folle en un remoto paseo hace tiempo dajns la rue Mouffetard au crépuscule oú je trouvais mon adolescente encore y yacer en un hermoso campo en un lugar alejado un último un amor a la vera del río para encontrarlo allí por fin en el profundo bosque adonde vendría o no vendría en el lejano final de un día…

8

Era el mes de mayo, pero no ciertamente un Alegre Mes de Mayo, como un flojo novelista americano famoso lo llamaría después, pues el furor no era alborozo, ni siquiera traducido, y no era 1789 ni 1793, ni 1848 ni 1871, pero se había lanzado el primer adoquín, en la Place Maubert, y se había levantado la primera barricada, en la
Rue Gay-Lussac, y en la puerta del anfiteatro de la Sorbonne, ocupado por miles de estudiantes, colgaba un cartel escrito a mano:

LA REVOLUCIÓN
QUE ESTÁ EMPEZANDO
ENJUICIARÁ NO SÓLO
A LA SOCIEDAD CAPITALISTA
SINO A LA SOCIEDAD INDUTRIAL
LA SOCIEDAD DE CONSUMO DEBE SUFRIR
UNA MUERTE VIOLENTA
LA SOCIEDAD DE LA ALIENACIÓN
DEBE DESAPARECER DE LA HISTORIA
ESTAMOS INVENTANDO UN MUNDO NUEVO
¡LA IMAGINACIÓN AL PODER!

            En el interior del anfiteatro los debates eran rabiosos las veinticuatro horas del día. Era un tribunal abierto donde se daba la palabra a todo el mundo, fuera quien fuese, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, con los estudiantes militantes reclamando la democratización de la universidad y los militantes no estudiantes clamando por la democratización de todo en la sociedad, especialmente en el lugar de trabajo; así pues el anfiteatro se estaba convirtiendo en lo que una octavilla llamaba “el cerebro de la revolución cultural”, ante el que Jean-Paul Sartre habló durante hora y media y al que se dirigió Jean Rostand, padrino con sus sesenta y tres años de un movimiento denominado Poder Joven que estaba “contra un régimen que no ofrece a los jóvenes ni futuro ni libertad”. El recinto, con una estatua de Víctor Hugo envuelta en las banderas rojo y negro, parecía oscilar con la masa de trotskistas, maoístas, marxistas y situacionistas, y mostraba por doquier graffiti con citas de Lenin, Bakunin, Proudhon, Trotski, Fourier, Einstein y Che Guevara. Cada día aumentaba la multitud, y un periódico hablaba de “10.000 para 5.000 asientos”. La Sorbonne se había convertido en una comuna con octavillas y nuevos periódicos como Le Pavé y Le Libertaire. Pues el espíritu del 68 se había encendido cuando el rector de la Universidad de París llamó a la policía antidisturbios para desalojar el anfiteatro, y desde este centro y desde el campus de Nanterre el fuego se extendió como un incendio circular en un bosque, saltando por encima de lindes y cercados, trasponiendo fronteras de clase y dejando atrás distinciones académicas. Era en el fondo una revuelta libertaria de los jóvenes, una revuelta joven contra la aburrida sociedad en general, una revuelta global contra lo que veían como falsos valores de sus mayores, con sus anquilosadas jerarquías y sus autoridades hereditarias respaldadas por el Estado y todos sus aparatos de control, de modo que había una solidaridad basada no únicamente en la juventud sino en la alienación en general, alienación de una sociedad colmada que no ofrecía a sus jóvenes ninguna vía de acceso a la misma. De la universidad a la fábrica de la “dictadura de los adultos” iba a ser violentamente cuestionada, contestada en todos los aspectos, echada a la hoguera, un fuego contagioso y explosivo que los cuerpos de choque de De Gaulle al principio no sabían cómo manejar, puesto que de hecho se enfrentaban a los hijos e hijas de su propia haute bourgeoisie que estaban creando su propia “universidad abierta” en la que reinaría la imaginación en lugar de una funesta burocracia. Los antidisturbios cargaron por el Boule Miche hacia arriba con sus sirenas, sus megáfonos, sus equipos de batalla y su gas lacrimógeno, atacando a los hijos e hijas de la burguesía que apoyaba al régimen. Eso fue la mecha que encendió los “días de furia”, con treinta mil muchachos en las humeantes calles cerradas con barricadas hacia el 5 de mayo. Por primera vez los militantes cruzaron el Sena hacia la Ribera Derecha y desfilaron por los Campos Elíseos cantando La Internacional, ya que no había en la memoria de nadie un himno más incitante, a excepción de La Marsellesa que los estudiantes no habían elegido por “demasiado francés” para los franceses enragés. Y la diferencia entre la revuelta estudiantil francesa y otras revueltas surgidas en el mundo en el 68 fue que la suya no era simplemente una rebelión contra un sistema represivo. Para algunos de ellos era también una revuelta contra “lo francés”, la barcada entera de la hipersensible, ultrarrefinada, neurótica cultura francesa intelectual de la alta burguesía, afectada hasta el punto de ser decadente, cosa que llevó a un poeta francés expatriado llamado Claude Pelieu a llamar a Francia un grand Camembert pourri, un gran queso podrido, con las almenadas defensas del antiguo régimen y su cultura semejante a un viejo Camenbert a punto de desmenuzarse, mientras el general De Gaulle decía a sus asustados ministros reunidos apresuradamente, “¡Hay que actuar de inmediato! Una asonada es como un incendio repentino… ¡Debe ser sofocado en los primeros minutos!” Pero era casi demasiado tarde, pues los desórdenes se habían extendido por todo el país, de universidad en universidad, de facultad en facultad: Grenoble, Burdeos, Estrasburgo, Aix-en-Provence, Montpellier, mientras los periódicos empezaban con clamorosos titulares sobre La Noche de la Libertad, La Noche de las Barricadas y La Noche Roja, al tiempo que otras fuerzas entraban en acción. Los sindicatos habían decretado una huelga general que incluía a los trabajadores manuales, al personal ferroviario y postal, al de los restaurantes, a los barrenderos y a los basureros. El 13 de mayo la huelga general golpeó a la ciudad, con decenas de miles de estudiantes desfilando del brazo con los obreros hacia la Place de la République, y si la Bastilla hubiese estado aún en pie habría sido tomada de nuevo, pues entonces París ardía, el aroma dulzón del gas lacrimógeno estaba por todas partes, había escenas de desolación de un extremo a otro de los bulevares, semejantes a las de la batalla en el París de la Liberación de 1945, y escuadrones de policía con casco que cargaban contra los manifestantes apostados tras las barricadas de coches en llamas. Y al final de la segunda semana hubo una gran marcha para ocupar el Teatro de Francia en el Odeón, con famosos poetas, dramaturgos, profesores y editores desfilando codo con codo con los estudiantes desde el Metro Odeón , donde se habían reunido bajo tierra; de modo que en el Odeón surgió otra comuna libre revolucionaria, con sesiones día y noche sobre todos los temas imaginables, que iban desde el sexo libre a De Gaulle. Pero en otras partes se había ya iniciado lo que los marxistas llamaban “recuperación”, con los sindicatos robando el protagonismo al movimiento estudiantil originario y el Partido Comunista empezando a jugar su oportunista y reaccionario papel, impidiendo cualquier verdadera revolución mediante su apoyo a las existentes organizaciones  y a la ley y el orden, como lo hizo en todos los casos de revoluciones incipientes alrededor de los años 60. Esta revolución sería confiscada a los estudiantes, como pasó en la planta de Renault, a la que ellos llegaron en manifestación sólo para encontrarse con que los sindicatos les habían cerrado las puertas; y los sindicatos comunistas en particular se distanciaron cada vez más de los estudiantes, pues el PC los odiaba porque el movimiento estudiantil, anarquista, trotskysta, y visionario, había rechazado decididamente al abominable viejo Marx y sus ideas, y porque el PC nunca comprendió en modo alguno a los estudiantes, cuyo romanticismo les acercaba más a Jean-Jacques Rousseau que a Marx. De todos modos el Odeón se sostuvo como símbolo vigente del espíritu originario del 68, el agora, la tribuna popular desde donde el nuevo espíritu joven hablaba y cantaba. Y Francia no volvería nunca a ser la misma después de ese flamígero mes durante el cual medio millón de personas pasó por la tribuna del Odeón engalanada con banderas roji-negras bajo las cuales convergieron las más diversas mentalidades, desde el hermano de un futuro presidente de la República a Daniel Cohn-Bendit, pasado por Rudi el Rojo, Jean Genet, Eugene Ionesco, Louis Gilloux, Leo Ferré, John Gerassi, la hija de Richard Wright, la hija de Franz Fanon, Jean Jacques Lebel, Herbert Marcase, Julian Beck, Judith Malina y el Living Theatre. (¿Y dónde estuvo la voz de André Malraux, el gran revolucionario?) Por su parte Jean-Louis Barrault, el gran mimo y director del Teatro del Odeón salió al escenario a las once de la noche del 15 de mayo y le dijo a Daniel Cohn-Bendit: “Ya no soy más el director del teatro de Francia, ya no soy más que un actor como todos los demás. Barrault ha muerto.” Y Madeleine Renaud, la gran actriz y codirectora del teatro, se dirigió a los estudiantes diciendo: “Apoyo vuestro movimiento, pero ¿por qué ocupar el Odeón? ¡Nuestro teatro no es burgués! ¡Hemos representado a Ionesco, a Beckett, a Adamov!” (¡En vano! Se votó la “ocupación permanente”.) Y estuvieron los simples curiosos mezclados con los verdaderos iluminados, todos escuchando o gritando o haciendo discursos, incluyendo a un astrólogo que declamó sus profecías para el año 2000 en cuartetos endecasílabos, un incendiario que propuso prenderle fuego al teatro para calentar el debate, amén de seguidores de diversas sectas exóticas recitando mantras y encantamientos. Entonces un día en mitad del discurso del distinguido hermano de un futuro presidente de la República, una mujer de larga cabellera saltó al escenario gritando: “¡Camaradas, arde la bolsa!” Y preguntando el distinguido el distinguido Oliver Giscard d’ Estaing qué pensaba de aquello, dijo: “Si han prendido fuego al símbolo del dinero, estoy con vosotros, pero si lo que se incendia es el recaudador oficial de los dineros del país, yo digo ¡no!” “¡Sigue hablando, oh, camarada burgués!” gritó alguien, y le permitieron continuar. Pero la multitud se lanzó a las calles y desfiló hacia la Bolsa, al otro lado del río, y Annie se encontró en medio de un grupo de la Internacional Situacionista inspirada por el filósofo Henri LeFebvre, que había sembrado tempranamente las semillas de la revuelta entre sus alumnos de Estrasburgo con su manifiesto sobre las privaciones de la vida del estudiante, y cuyo socialismo utópico venía a asomar mucho después de Charles Fourier en las hebras del tejido de la actual revuelta; de modo que Annie se vio llevada, ya que no arrebatada, por aquella euforia, hasta que de repente, cerca de la Tour Saint-Jacques, apenas cruzado el Sena, se sintió empujada desde atrás, después cayendo bajo el ímpetu de un destacamento de la policía antidisturbios con sus negros cascos, uno de cuyos miembros de dio de pasada con la porra dejándola conmocionada; y cuando caía de espaldas notó que alguien la sostenía, y vio que era Julian.

9

            A la mañana siguiente fue visitada al despertar por el ángel del arriére-pensèe, el ángel negro, trayendo una negra procesión de motivos y reflexiones a posteriori. Fue una batalla con el ángel, y en uno de los bandos estaba Julian, envuelto en negras banderas en las que estaban palabras llenas de duda y desilusión. Y en el otro, por supuesto que blanco puro, ella rechazando aquellos negros presagios como si fueran la muerte misma, o al menos la muerte del amor. Ella creía en el porque le amaba, tenía que confiar en Julian por lo que significaba para ella, él no era un farsante, un simulador. Annie rechazó las negras banderas de la duda y la muerte. Él la estaba utilizando pero no era contra su voluntad, pues ella quería, deseaba ser utilizada de aquel modo. Ella también creía en la “revolución”, aunque la que anhelaba pudiera ser la clase de revolución de Julian, y aunque las palabras que él empleaba, como proletariado y lucha de clases estuviesen tan pasadas de moda en estos tiempos, fueran términos caducos de una época que en realidad estaba muriendo. ¡Todos lo viejos radicales seguían voceando aquellas célebres palabras como si todavía tuvieran vigencia! Pero existía un enfoque nuevo, las miradas apuntaban a un visionario mundo nuevo, una visión cósmica realmente, pues el espíritu del 68 en todo el mundo no era simplemente una puesta al día de la vieja retórica agotada del marxismo ni de los viejos ideales del anarquismo. Era la primera articulación, la primera eclosión de una nueva visión del mundo, del hombre y la mujer. Era un nuevo estado de conciencia, o el redescubrimiento de uno antiguo. Y era una nueva conciencia femenina, la hipótesis de Gea, basada en lo que estaba siendo llamado la Nueva Física, el planeta visto nuevamente como la Madre Tierra, la ancestral fuente de todo, y el hombre que la viola, empezando por los “negros, satánicos molinos” de Blake 2 y avanza irrefrenable hacia las ominosas plantas atómicas, las plantas nucleares, con sus residuos radioactivos que no se pueden eliminar. Esta visión completamente nueva fue parte de la rebelión de los 60 en todos lados, una especie de “sacudida” juvenil en contra de todo lo artificial y antinatural en la vida moderna, y la revuelta estudiantil francesa formó parte del clamor mundial de la juventud contra la deshumanización del animal humano, cada vez más apartado de sus raíces animales, de la propia tierra, del verde planeta. El espíritu del 68 fue el primer y vacilante gemido de lo que veinte años más tarde plasmaría en un gran movimiento político, un nuevo movimiento verde, el Poder Verde, que tendría poco que ver con todas las viejas denominaciones políticas, como marxista, maoísta, comunista, trotskista, anarquista republicana, demócrata y demás, sería una experiencia completamente nueva, que se extendería por el mundo. Algo que Julian difícilmente podía concebir y que la propia Annie apenas era capaz de expresar con claridad. Se extendería por el mundo entrando en el siglo veintiuno. Y en su despertar en la penumbra del amanecer, ella estaba pintando la noche con un pincel embebido en luz, un inmenso pincel empapado en un pigmento nuevo, hecho exclusivamente de luz. 
         

1. “Y todos los días y todas las mujeres en los cafés y todas las copas, me habría gustado beberlas todas y romperlas… y todas las ventanas y todas las vidas, y todas las ruedas de los carruajes girando y girando sobre mauvais pavés. Y quería arrojarlo todo al fuego de la destrucción… todos los cuerpos desconocidos desnudos bajo los vestidos, todos los cuerpos que me volvían loco.
2. William Blake: de la siguiente estrofa en Nueva Jerusalén, de Milton: “¿Y edificase una Jerusalén/en medio de los negros, satánicos molinos?” (N. del T.)

*Lawrence Ferlinghetti nació en Nueva York en 1919, de ascendencia y formación francesa (fue llevado a Francia de corta edad). Estudió en la Sorbona y en la Columbia University. Más tarde regresó a Europa, participando en la Resistencia durante la segunda guerra mundial. Escribió varias novelas que nunca llegó a publicar, y alrededor de 1950 se unió al grupo beat, fundando en San Francisco la librería y editorial City Lights Books, donde fueron apareciendo los más importantes libros del movimiento. Ferlinghetti está considerado como el más intelectual de los poetas beat, imagen a la que ha contribuido, además de su poesía, sus traducciones, y su labor como editor de poetas extranjeros en Estados Unidos.

De él, tenemos fragmentos de una novela maravillosa, una novela atravesada por la historia, por los acontecimientos del mayo francés, la pasión y la revolución; las utopías y los jóvenes; la poesía y la vida; la muerte y la esperanza; la Mujer y el Hombre;  Annie y Julian en la hermosa encrucijada de lo posible y la interminable brecha de lo imposible: Entre el Amor y la Furia. Un texto que invitamos a leer en su totalidad.

 

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