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La Letra Ausente
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SECCIÓN: DE CUERPO PRESENTE

LA VIOLENTA IMPOTENCIA DE LA ILUSORIA COMPLETUD EN LA SUBJETIVIDAD DE LOS JÓVENES

Por: Alicia García Téllez

                                                                              

El Mercado, en el contexto de la nueva organización económica neoliberal, pretende organizar el mundo y la vida de los seres en el mundo como una gran aldea global; esto es, como un mundo unificado, a partir y al servicio del Capital, en el que todas las frontera territoriales y las diferencias culturales son relativizadas; el objetivo es imponer una forma universal de identidad, basada en el consumo, que está condenando al ser humano a la  devastadora horizontalidad de una hambrienta y voraz economía que destruye y violenta los valores  propiamente humanos.

En la actualidad, los metarelatos que sirvieron de referentes a las diversas colectividades agrupadas bajo un fin común han sido puestos en cuestión; la ausencia de oposiciones reales capaces de establecen límites a la voracidad del Capital se traduce, por la vía de los hechos,  en una puesta en cuestión de las instituciones en las que el sujeto se estructura y, a la vez, de todo aquello que  hace lazo social, al operar  como límite a lo que en el sujeto hace goce, y lo gana para la cultura. 

La destrucción de las estructuras colectivas, el enflaquecimiento de los lazos simbólicos y la prevalencia de las imágenes sobre la palabra, propiciada por las nuevas tecnologías, se revelan en la ausencia de referentes culturales de identidad capaces de proporcionar a los jóvenes el arraigo a una estructura consistente, e incapaces, al mismo tiempo, de producir pertenencia e identidad. Nos encontramos frente a una otra estructura subjetiva no sólo  juvenil que nos interroga y cuyas claves nadie posee.

El principio de autoridad y el logos separador, sobre el que ha sido establecida la familia,  se encuentra en crisis.

La familia postmoderna se caracteriza por la presencia de miembros altamente individualizados, cada vez más dependientes y absorbidos por las normas del mercado. La “singularidad” masificada genera en el individuo la ilusión de concebirse como libre y autodeterminado; en tanto que la ausencia de compromiso con el otro lo promueve a la posición de amo. Presos en esta  estructura  inconsistente de consumo obsesivo, generadora de adicción y frustración permanente, los sujetos se viven, conscientes de ello o no, en un estado de ansiedad y ajeneidad constante que provoca repuestas violentas en forma irracional y que, en sus expresiones más dramáticas, conduce al suicidio .real o a la muerte en vida a través de la apatía, como pérdida del sentido de la existencia, que también alcanza a los jóvenes. 

Por otro lado, la estructura familiar patriarcal en la que los géneros estaban fuertemente delimitados está siendo sustituida por otra en la que la mujer está ocupando lugares que en antaño eran imposibles de asumir; ahora la mujer  que labora, amparada en su poder adquisitivo, se advierte suficiente e independiente de toda relación que, económicamente, quisiera someterla. Ahora la mujer tiene con  qué, o lo supone;  ya no se le impone, a manera de limitación, la dependencia económica de un otro para sostener una casa; sabe que puede hacerlo con el hombre o sin él; y, también sabe que las limitaciones para sostener económicamente a su familia son las que le permite su poder adquisitivo.

Con el incremento de las familias monoparentales, sostenidas por la madre, la figura paterna está puesta en cuestión. La pérdida del estatuto de la figura paterna, multiplica para la mujer las obligaciones que el papel, por decir de madre y padre, exige de ella; al tiempo que la obliga a decidir entre buscar tener más para dar más, económicamente (lo que implica ausentarse más de casa) o aceptar el papel de madre en sus dos dimensiones; esto es,  por el lado de la organización y el funcionamiento del hogar; y por el otro de la vida familiar, referido a la educación de sus hijos, por el lado propiamente afectivo y formativo.  

Esta situación que enfrentan las mujeres no es sencilla; porque ante las exigencias económicas que la realidad impone resulta más urgente resolver lo económico (lo que además seduce por el lado de la tenencia, la ilusión de autonomía y libertad) que apostar por cumplir con la doble función. De hecho es común que los jóvenes que crecen en esta circunstancia estén más abandonados que libres; lo que los convierte en presas fáciles de todo aquello que oferta, así sea momentánea o ilusoriamente, colmar la ausencia de consistencia o la satisfacción de carencias que operan desde la propia condición subjetiva y que son imposibles de ser colmadas. Por otro lado, en aquellos que están en condiciones de tener poder adquisitivo no cesa de insistir la fantasía de completud; la permanente circulación de mercancías y de nuevas versiones que convierten en antigua la anterior, les permite vivirse adictivamente como completos, vivir la completud como posibilidad o sucumbir al vértigo de la impotente falta en cualquiera de sus presentaciones.

El principio de la paternidad, o la función paterna, se sustenta en tres actos: consiste en representar y hacer efectivo el límite de la descarga pulsional; establecer el corte o límite que permite al sujeto vivirse como incompleto y buscar una identidad; representar el lugar de la alteridad del Otro, de un poder que es función ajena al sujeto. Luego entonces, cuando no hay figura paterna, cuando el padre se encuentra incapacitado para ocupar este lugar, la posibilidad de construir una forma identitaria se complica.

Hoy en el interior de muchos hogares de clase media  - sostenidos en la lógica de los  sólidos valores promovidos por el inhumano mercado neoliberal y sobre raquíticasnormas culturales- viven jóvenes inmersos en un sentimiento impotentizante y de alienación a sus padres, resignados o furiosos ante la contemplación de lo que advierten como un horizonte personal desiertos de objetivos.

Con la caída de la función paterna, por la debilidad del soporte simbólico marcado por la norma que opera como principio de realidad, se le impide al sujeto dar cuenta de lo que sucede; rara vez dirá lo que siente o piensa porque no se percibe como actor de la escena que compone y suele desear que la responsabilidad de su situación la asuman otros; blanco de ello son los padres, los profesores e incluso los psicólogos.

Anteriormente la autoridad tenía referentes patriarcales como la Iglesia, la Nación, la Patria, el Ejército, el Partido y las lecciones de moral antigua se impartían en “nombre de” de Dios, la Naturaleza, las Ideas, etcétera: esas figuras del Otro  que ya no tienen el prestigio necesario para imponerse. Todo ello ha sido afectado en aras de una omnipotencia.

Estamos hablando de una cultura de narcisismo e individualismo, que sugiere borrar todo efecto de imposibilidad para mantener al sujeto insatisfecho y por lo tanto creativo, porque de un modo particular el capitalismo garantiza un mercado para el cual no hay falta, donde todo es posible, donde ningún objeto está perdido.

La pérdida de referentes entre los jóvenes de figura paterna, de autoridad,  de frustración y de corte, de falta, deviene una nueva condición subjetiva cuyas claves decíamos nadie posee, ni siquiera los responsables de la educación, puesto que las lecciones de moral ya no se sabe en nombre de quién o de qué se imparten, sin metarelatos, sin antecedentes históricos o generacionales para remitirse a ellos: ¿Qué figuras del otro  ha construido el ser humano para someterse a él, antes de ponerse en condiciones de liberarse de cualquier otro?

 Los avances tecnológicos propician que los jóvenes aprendan con la imagen tomando la delantera a la palabra y facilitando la perversión del aprendizaje que se monta sobre reduccionismos: para saber basta con estar; para comprender basta con ver;  para ser basta con imitar, de ahí el fracaso de la enseñanza.

En tales condiciones, el sujeto se encuentra atrapado entre la ilusión de omnipotencia y la huída hacia adelante en falsos sí mismos y múltiples personalidades prestadas y profusamente ofertadas por el mercado. Todo ello se refleja en la multiplicación de actos de violencia y explotación, resultantes de la humillación que experimentan al ser alimentados de ilusorias futuras grandezas sin pérdidas, sin falta, dotados de capacidades especiales que se le nombraron e hicieron eclosión.  La violencia aparece cuando un ser humano es desconocido como sujeto de deseo, cuando se le desconoce en sus requerimientos propios y se le anticipan a su deseo.

 Para remediar su carencia de ser se conforman en pandillas, sectas, o bien se sumen en la toxicomanía. Al no haber falta que le permita el arribo de la palabra y al haber aflojado las responsabilidades de cada cual en el uso de los fines y medios dirigidos a conseguir el objeto, en el adolescente, tanatos gana.
Su ilusión  y adjudicación de signos de omnipotencia  se atribuyen derechos de vida y muerte dotándose de poderes supuestamente mágicos y hedonistas.
La tecnociencia refuerza el sentimiento de omnipotencia con la creación de lo hiperrreal y la decadencia de la lectura.

¿QUÉ NOS QUEDA POR HACER? 
 
Recuperar la palabra es una de las alternativas  que nos quedan; la escuela es un ámbito privilegiado de la palabra mediante la cual se instituyen los lugares de los adultos y los no adultos. La escuela debe moverse en el orden marcado por la  misma, la racionalidad y la justicia.

La expulsión sin más del que ejerce la violencia tapona la palabra e impide al sujeto apropiarse de sus actos.

Por eso habría que pensar en cómo hacer funcionar la terceridad toda vez que la función paterna no se ha constituido para acotar la agresión desbordada al caer el dique de la palabra.

Habrá que establecer nuevas formas jurídicas familiares, lejos de reforzar las antiguas formas de familia que por la vía de los hechos no están funcionando.

También debemos buscar formas de garantizar el corte con el objeto para propiciar el deseo.

Por último: no debemos banalizar la violencia y sí rescatar la dignidad de la imposibilidad y por otro lado el derecho a la insatisfacción; confrontar al joven con el horror al vacío, a la falta, a la pérdida y al dolor; reivindicar la  tragedia y  brindarles las habilidades artísticas para que organicen y  simbolicen sus contradicciones.

Bibliografía :

-Arriaga Estela “Perversiones en el campo de la confrontación generacional” en Revista del Centro Psicoanalítico de Madrid. Noviembre 2003 Número 4. wwwtropsicoanalíticomafrid.com/revista/4ª5arriagada.htm
-Rudinesco Elizabeth  La familia en desorden México, F.C.E. 2006.

 

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