
La Letra Ausente
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SECCIÓN: EL NICHO DE LO ABSURDO
VIVIR EN LA CALLE: ENTRE LA PARADOJA Y LA PARAJODA
Por: OFELIA ORTÍZ MANCERA
VÍCTOR ALVARADO GARCÍA
Violencia
Conciencia de la impaciencia…
Vámonos a correr.
El camino al infierno
Está frente a nosotros.
En nuestra iglesia
Santiago Feliz
El infierno son los otros
J.P. Sartre
Hace algunos años ya, quizá veinte, veinticinco posiblemente, cuando eso que se llama neoliberalismo iba abriéndose paso entre los sitios del poder económico y político –y no nada más en ellos-, en este país hizo explosión también un fenómeno que no acaba de suceder, que no acaba de acabar: la aparición de grandes grupos de jóvenes marginados del acceso a los bienes sociales (sea lo que sea eso), pertenecientes a ese sector de personas de las que se piensa que no culminan su conversión a adultos y quizá no dejan de ser niños aún; que son indeterminados todavía. Personas que por diversas razones se saben, de distintos modos y mediante maneras diversas, los invitados indeseables del sobrecupo nacional (la expresión es de Pérez Gay), los paganos del desastre económico (que han dado en llamar economía emergente) y su más fiel expresión. Hoy, como hace ya algunos años, esos grupos aparecen en forma de banda, de delincuencia organizada, de niños de la calle.
Ellos se presentan en sociedad ignorantes de e ignorados por esas “representaciones imaginarias y simulacros de lo que deben ser y cómo deben ser nuestros jóvenes, escenificaciones y simulaciones “acordes a la lógica del monopolio y el poder vigentes” (Nava J., 1986:9). Imaginarios y expectativas propios de los amantes de la normalidad normal; de los seguidores del debe ser y analfabetas del así es y así va siendo.
Frente a ese fenómeno social, ante la vida que se gesta en esos grupos mejor dicho, el entendimiento ha sido endeble, la proximidad escasa, el interés casi nulo, la fobia intensa (aunque las visitas constantes). La alarma social que se activa ante ello es, muy frecuentemente, el anuncio para tomar distancia, defender los valores que nos impiden llegar a lo que tales muchachos han llegado; para conservar esa peculiar ceguera que nos impide verlos aunque los tengamos enfrente; esa fe en que eso no seguirá pasando si
consolidamos la familia, la escuela, si estamos más al pendiente de nuestros muchachos.
Hoy, como hace veinte años, tienen sentido las palabras de Jesús Nava “Escribo pensando que la farsa acabó, que continua y que está comenzando… evidentemente el show no ha terminado, lo que sigue para la juventud será lo que está siendo…” (Loc.Cit.). Y sí. Y peor. Y dentro de eso que será pues sigue siendo, con seguridad hay entendimiento, comprensión, futuro, para aquellos jóvenes que se han conformado, aquellos que han tomado la forma que las visiones hegemónicas han con-figurado para ellos, aun para aquellos que no estén conformes. Esos que aspiran a lo que es preciso aspirar, que buscan conseguirlo por los medios apropiados, socialmente apropiados por supuesto, de los modos correctos también. Para los otros, los informes por inconformes, distancia, indiferencia, necesarias medidas correctivas y compasivas en el mejor de los casos.
Y esos grupos de chavos y chavas arriesgan la dificultad biográfica antes de rendirle tributo al destino que esta trama de relaciones que hemos construido y cuasi cosificado les ofrece; ese destino colectivamente sancionado, aunque sea sólo con nuestra complicidad silenciosa, con nuestro cotidiano apego a la conformidad que nos mantiene a salvo. Y ellos, necios, se arriesgan en la decisión de romper los amarres en los que nacieron y tozudamente buscan un sito para ellos, un sitio suyo. Indefensos ante lo dado se aventuran a la vida volátil, incierta, y acaso por ello mismo menos amenazante que la versión de lo instituido con lo que tuvieron que lidiar. Pretenden un espacio, lo disputan. Si es necesario lo arrebatan, así sea violentando a las buenas conciencias que les niegan como participantes de ese mundo compartido que ya no los incluye, que acaso nunca los incluyó. De alguna manera se convierten en una saliente, una rebaba, del diseño social. Quizá, como el buen Nava nos recuerda de cuando en cuando, es que el deseo no cesa de insistir por la vía de los hechos.
Y se nos ponen delante, nos interpelan y, dicen, se han configurado como síntesis, se han investido con el poder del síntoma, y son nosotros en alguna medida; son el lado oscuro de ese mundo que vivimos y nos negamos a ver. Sí, nos comentan algunos conocedores, ellos son advertencia, nos advierten acerca de lo que es realmente nuestro sistema de vida. Nos recuerdan que no hemos llegado a ser más que unos pretendidos modernos y unos efectivos miserables. Crisis de futuro, dilución y desilusión es lo que nos ponen enfrente, esos que son los logros más a la vista de esta la época neoliberal mexicana.
Cuando ellos aparecen en nuestro horizonte intuimos que la realidad del progreso prometido, la vida de bien estar, se nos escapa como agua entre las manos, como la mugre en el lavadero nos decía Chávez Texeiro; que no hay en la posteridad un destino de bienestar a nuestra espera y que, vayamos donde vayamos, no vamos parejo ni vamos juntos. Pero mirar a esos sobrantes de cuando en cuando, sin verles efectivamente, tiene su lado bueno: sabemos que nos hemos salvado, que nuestros muchachos se han salvado de eso. Creemos que lo hemos hecho bien, pues ahí seguimos, viviendo como debe ser o por lo menos con las condiciones para lograrlo si nos seguimos esforzando. Y hasta les apoyamos ocasionalmente, como diciéndoles yo no tengo la culpa, de verdad.
Los invitados indeseables toman ruta propia, des-conocen los ofrecimientos efectivos que les hemos puesto enfrente y prefieren la fuga, el riesgo. Aunque eso de preferir tenga sus asegures. Parece que no tienen muchas opciones ni recursos para preferir. Acaso sólo saben lo que no prefieren, no soportan más. Pero no son necios nada más sino aventurados. No disputan un sitio y ya, uno cualquiera, sino buscan habitarle, dotarle de sentido, configurar una vida ahí donde anden. Emprenden sus pretensiones con todos los recursos a su alcance. Y entonces enfrentan, violentan, habitan, crean, esbozan, interpelan, se hacen síntoma, se vuelven guerreros, des-conocedores de la vida de los incluidos, hacedores de los márgenes. Van y hacen la vida, aunque la hagan añicos. Y no se preocupan porque alguien se los permita, alguien fuera de ellos. Asumen los riesgos, pero quizá sin una mediación racional (de esa racionalidad con las que los incluidos nos adaptamos a las circunstancias), no como acto de conciencia, acaso sólo como un imperativo que se configura ante la inmediatez que se les pone enfrente.
En la etapa neo liberal de nuestra historia reciente esta explosión ha tomado fuerza. Ese mundo que corresponde con las explicaciones teóricas que nos hacen saber que este mundo ya no es como el de antes, como el de principios y mediados del siglo XX, con rasgos claros de las aspiraciones modernas. Que se ha vuelto posmoderno, que está en desmodernización, que se ha licuado… que quién sabe que venga si algo viene…
¿Será que todo este fenómeno que viven muchos de los jóvenes de nuestras sociedades forma parte de los signos del mundo después de la modernidad? ¿Acaso estos chavos y chavas están insertas en el giro biográfico que ha adquirido, según diversos autores, el mundo actual? ¿Estamos ante la versión paupérrima del narciso recargado que es “símbolo del pasaje del individualismo limitado al individualismo total… de la segunda revolución individual”(Lipovetsky, G, en Zermeño 1989)? En fin. ¿Detrás de esta búsqueda de una vida propia desatada de los paradigmas familiares del bienestar está la condición posmoderna de primacía de la individualidad? Zermeño (Op. Cit.) nos dice que no, que la vocación de los jóvenes latinoamericanos es gregaria por imperativo de las circunstancias, que tiende a convivir en bandas; que no hay búsqueda del proyecto propio, ni sacralización de la autodeterminación. Hablar en estos casos de goce, disfrute de la vida, agencialidad, tiene que ser “una ironía más bien cruel”. Cómo sería posible entender la vida ahí donde priva el embrutecimiento por fármacos, las golpizas, el abuso policiaco, la defensa del sitio a fuerza del uso de la fuerza, desde un paradigma que nos señale el mundo que sigue a la hoy modernidad antigua. Quizá sea necesario buscar una comprensión desde sitios diferentes. Parece necesario un acercamientos a sus modos de hacer la vida y luego decir qué se puede pensar de eso desde el pensamiento dispuesto para construir inteligibilidad.
Uno de estos grupos de “sobrantes que nacen y crecen en la mayor de las pobrezas, es decir, la miseria general”, es el de las personas –los niños- de la calle. ¿Qué sabemos de ello?
Hablar de la calle, de los niños de la calle, es adentrarse en un terreno misterioso para quienes se abren al mundo desde una casa, una familia, un cierto orden dominante, un orden objetivado en prácticas y en entendimientos propios de una lógica del bienestar, que antes sin pudor alguno podría denominarse pequeño burguesa, centrada en la productividad efectiva o potencial de los individuos. El niño de la calle nos es ni efectiva ni potencialmente productivo, sólo es sobrante. Aproximarse a ellos con el afán comprensivo esgrimido como rasgo bondadoso, supone indisciplinarse a los paradigmas dominantes para entender eso que se llama joven, o juventud, o toda la pedacería que se ha generado a sus alrededores (pubertad, adolescencia, pre-pubertad…). Pero también impone la necesidad de trascender la explicación desde los grandes determinantes en las que estas personas se reducen a síntoma, a pura expresión del mundo que les trasciende. ¿Qué vida tejen estos chavos y chavas? ¿Cómo saber qué persona es la que se constituye en la experiencia de la calle-habitación?
La calle es indeterminada y posiblemente sus habitantes también. Son informes pero plásticos. Tienen forma pero no mantienen forma, la van adquiriendo. Los incluidos aspiramos a la forma que nos de imagen consecuente, pero acaso ellos no, ni lo requieran. El niño que vive en la calle no es una sola persona, ni tiene que serlo; se presenta ante los transeúntes caracterizado como mejor le convenga, como sea propicio. Ante la señora o pareja que les pueden dar limosna, son una víctima de un padrastro cruel; frente a sus amigos goza de su lugar en la calle con ellos: es banda. Al toparse con los policías puede ser un tránsfuga. Ante las políticas públicas hechas para ellos un rebelde víctima de las circunstancias. En sus relaciones con aquellos que encarnan los intentos públicos por brindarles la opción de corregir el rumbo, los educadores de la calle por ejemplo, materia prima silvestre, buen amigo, estafador y, después de un tiempo de conocerlo, solamente un chavo o una chava.
La calle intensifica la vivencia de la vida, y la diversifica por necesidad necesaria. Coloca a sus habitantes ante la continua contingencia, a su experiencia entramada en la volatilidad de los instantes, llevándola a la paradoja. En un instante se abre la posibilidad de ser digno e inmediatamente después en la urgencia de un instante determinado, de ser vil; ya valiente, y luego huidizo, cobarde.
La calle es libertad, pero sus habitantes no son ingenuos. No es difícil encontrar niños, los hemos encontrado, que afirman que si bien es cierto que en la calle no son completamente libres, lo son cuando se compara con la vida que llevaban en sus casas. La calle desata, desarraiga, nos coloca ante imperativos diferentes. Esa es una libertad accesible, antes impensable. Pero la calle no sólo posibilita eso. La libertad aparece y desaparece. Los arreglos sociales que ahí se producen generan sus propios poderes y dominancias, sus ataduras y sus límites, muy otros cuando se les contrasta con los que los jóvenes conformados experimentan. Las rutas que hicieron posible la salida de la casa y la entrada a la calle son diversas, pero regularmente confluyen en un momento en que la vida se hace insoportable. La calle aparece como una opción de salida, no la opción de vida necesariamente, aunque se pueda convertir en ello.
El “Oso”, dice que él decidió tomar la calle como su hogar, por que su madrastra le pegaba por todo lo que sucedía en su casa, si se rompía un vidrio, si estaba sucia, si sus hermanitos no querían comer, etcétera. Por eso decidió una mañana cualquiera que ya no regresaría a su casa; otra vida se le abría como alternativa para no estar con la madrastra, soportando sus modos: Omar ya había conocido a un grupo de chavos que vivían en la plaza de la solidaridad.
La “Kika” fue prácticamente puesta en la calle. Orillada. De alguna manera ella sabía que existía algo muy suyo respecto de lo que sólo ella misma podía decidir, y se dio cuenta que en casa no podía ejercer ese derecho. Uno de sus tíos quiso abusar de ella, o posiblemente abusó; Qué hacer ante esa imposibilidad de ejercerse persona con cierta independencia. Cómo, en tales circunstancias, dar vida a ese derecho acaso intuido únicamente. Como dice la Kika- la verdad al chile a mí ningún guey me va a tocar, no más me toca quien yo quiera. En casa eso no era posible. ¿Lo era en la calle? Quién sabe, pero Kika corrió el riesgo. La calle abre potencialmente posibilidades que no son necesariamente positivas. Pero siempre se conserva la posibilidad de sus bondades, que resultan de un toma y daca, y no como en las experiencias relatadas, en las que en la casa es toma y toma.
Para “Omar” su salida fue el liberar se de todo aquello que no entendía en su hogar – Yo me salí porque no sabia que los dieces valían tanto, y como una vez me saqué uno en el Kinder y lo arranque mi padrastro me puso una madriza y desde ese día ya no quise regresar a la casa y me quedé con los de La Raza. Yo tenia 5 años y duré en calle como 10 años pero nunca me gustó porque los grandes son bien abusivos y te quitan cuando estás chico todo lo que juntas charoleando o los polis te agarran y te ponen una madriza si no les das el dinero que ellos quieren o les haces el paro ayudándolos a cumplir con su cuota en la delegación de chavitos remitidos; lo único bueno es que cuando les ayudas ¡hasta veinte pesos te dan para que te compres tu activo!
La calle da posibilidades de un momento a otro, si comprendes su dinámica. La casa, para ellos no.El “Danonino”, dice que llegó a la calle cuando se dio cuenta que contaba con más amigos en ella que en su casa- en ella, decía, siempre estaba solo, mi mamá y mi papá trabajan todo el día y llegan muy cansados para estar conmigo, por eso me salí a buscar compañía y conocí a la banda de Zarco y me queée a vivir con ellos.
En la calle, dicen los chavos de Zarco y la Raza , la gente se divierte. Hay placer; el placer del juego, el placer de la compañía, el placer de la droga (la cerveza, el cigarrillo), el placer del sexo, además la calle te enamora y te seduce y posiblemente como en toda seducción y enamoramiento, la calles es una elaboración en que no se distingue qué o quién hace posible mi percepción, mis sensaciones. Y no estamos preparados, en condiciones, para percibir los riesgos. En buena medida el enamoramiento es un acto de enajenación ¿la relación con la calle también?
La calle aparece como un espacio de libertad. En la casa, tus padres te imponen reglas. En la calle, no pueden. Aunque en realidad, la libertad en la calle es muy complicada de llevar. El costo de la marginalidad que supone ser de la calle quizá no queda saldado con las fugaces cuestiones que admiten una decisión con una importante carga de autonomía. Por supuesto que la calle no está exenta de poderes, de reglas. Sin embargo en un momento puede adquirir formas en que haga sentir a chavos y chavas que son partícipes autónomos en la configuración del espacio relacional y que, en cualquier momento, les es posible desligarse, aunque no sea así. Las ligazones condensadas en las diferentes adicciones y los poderes que ahí se gestan son de una fortaleza significativa sostenida en una perversa asociación entre dolor y placer.
Los chavos callejeros dicen que no existe mejor escuela para saber cómo vivir que la calle. Como dice “Nachito”, la calle te transforma, se sufre en la misma medida en la que se goza, las relaciones amistosas que se dan en la calle son las que el niño callejero elije y no las que le son impuestas por sus padres o por las conveniencias de un futuro prometedor; es por eso que los chicos de Garibaldi, la Raza, Zarco, La normal… insisten tanto en que dentro del baldío existe solidaridad y compañerismo.
Indudablemente que es posible considerar que con las entendederas hoy a nuestro alcance, resulta difícil comprender cabalmente el sentido de una, de esa libertad de la calle-habitación. ¿Cómo hacer inteligible esa sensación de libertad que viven estos chavos y chavas cuando su existencia se debate entre el viaje con activo (o lo que sea), la madriza por ganarse un lugar entre los cuates, los poderes que se configuran y el abuso policiaco de todo tipo? ¿Qué lugar queda para la preferencia, la elección propia, la configuración de un estar mejor?
Si es que quienes habitan la calle nos advierte algo ¿qué es? Investidos de síntoma como puede decirse desde ciertas comprensiones, será preciso decodificar el anuncio que nos van proclamando en claves, en ciframientos acaso muy ajenos para nosotros. Cómo entender lo que ellos y ellas portan como contradicción del mundo que hemos edificado, si es que desde allí nos interesa trabar contacto con esa experiencia, de tal manera que ese entendimiento lo sea en sus efectos y pongamos límites a lo que sucede. En primer lugar habrá que hacer efectivo un ¡basta! a nuestra conformidad y ceguera y no, como comúnmente se hace, a su atrevimiento de no continuar con lo insoportable y correr el riesgo de intentar algún otro modo.
No importa si las estadísticas que uno puede conocer al respecto advierten que la violencia que sufren niños y mujeres es más probable que sucede al interior de la familia y al interior las paredes de sus casas y a manos de un conocido..
BIBLIOGRAFIA
Nava, J. “El último mito de la moda” En: La Guillotina. No. 17 Enero-Febrero, 1986 pp. 9-13. Zermeño. S. “La posmodernidad explicada desde América Latina”. En: IMÁGENES DESCONOCIDAS. LA MODERNIDAD EN LA ENCRUCIJADA POSMODERNA. Fotocopias.
