


Los griegos tenían la lozanía de llamar al discurso de razón discurso del amo: no hay otra definición, a menos que perderse en la enumeración de sus formas singulares, de sus operaciones, que la que se propone, no económica a su modo, en el desglose de los que dicho discurso excluye; esta lozanía se ha perdido luego, y no solamente, ni sobre todo, por parte del amo: ahí esta el súbdito para reivindicar también la razón como propia: “que a nosotros, los bárbaros: las mujeres y los rebeldes, nos consideres privados de ella, no quiere decir que no tengamos una. Y vamos a demostrároslo”. Con el desvarío. “Todo hombre piensa razonablemente”: Bien conocida es la forma como eso se formaliza en Descartes, y posteriormente, hasta nuestros días (…). Sólo los súbditos cayeron en esa trampa llena de untaza, perdiéndose en ella, al querer ser, a cualquier precio hombres. Tiempo es ya de mostrar con claridad la franqueza griega, y decir que en efecto la mujer y el rebelde carecen de razón, que cuando una mujer, en cuanto mujer, y un rebelde, en cuanto rebelde, se dicen, no pueden menos que desvariar. La apuesta a sostener, de que hay un discurso autónomo del rebelde, no puede mantenerse a menos que no cese de insisitir la irrupción de un discurso inaudito: el de los sin-razón.

Guy Laudreau, Leviatán: Para una cinegética de la apariencia.