La letra ausente. Revista de micropolítica y subjetividad
VÍCTOR ALVARADO GARCÍA
“… No basta con que el pensamiento busque su realización,
es necesario que la realidad busque el pensamiento”
(I.S., en “La Autogestión académica en el proceso de
democratización de la Universidad”. de Alfredo Velarde)
Hoy es lugar común reconocer que la así llamada globalización trae consigo grandes desafíos en la organización social mundial y local. Que estamos ante una realidad nueva que se va abriendo a múltiples posibilidades, que la modernidad en cuanto tal está superándose como forma de vida, que transitamos a una era post – o de plano estamos en ella ya-, que se desmantela lo conocido hasta ahora, que aquello que era sólido se licua, en fin, que el mundo se está volviendo a inventar. Pero hoy se nos hace creer, como hace muchos años, que el mercado es el gran OTRO que define el rumbo de los acontecimientos, que el individuo tiene que pelear por su particularidad en las reglas que ese OTRO va determinando con su objetiva sapiencia. Sin embargo, como hace doscientos años, sigue en marcha e intensificándose la separación entre ricos y los pobres como resultado de un proceso salvaje de acumulación capitalista; el mundo se sigue fragmentando entre los que ostentan alguna clase de poder y los que no tienen posibilidades para salir adelante, sea el origen de tal ostentación la raza, la etnia, la religión, la economía o todo eso mezclado. Como hace doscientos años quizá, aceptamos casi sin chistar la creencia de que la educación es pieza clave en la reorganización social que está sucediendo ante nuestros ojos. En particular, a la educación superior se le atribuyen potencialidades en la creación de productos, artefactos, herramientas, saberes de todo tipo, en que –desde muchos lugares- se sostiene la esperanza en el progreso mundial.
Pero ¿Cuál es la educación que requerimos hoy para salir adelante ante este mundo en el que participamos? ¿Cuál es la que permitirá que las generaciones venideras no tengan que resolver su existencia en un mundo que cotidianamente se resuelve por el abuso, la violencia, la extensión de la pobreza en todas sus formas? ¿Cuál educación hay que realizar que abra la posibilidad efectiva de que la salud, la vivienda, el salario, la misma educación, en fin la vida, no sean una mercancía como lo son hoy?
Este mundo globalizado mediante la imposición violenta de los países poderosos de su modo de vivir y, por tanto, de su modo de conocer, ha orillado a los países pobres a generar una educación en todos los niveles que responda a necesidades propias sino a la de ellos los pudientes, que las han disfrazado con el nombre de mercado, de interés general, de bien común; y gracias también a los gobiernos locales, cómplices, que a su vez se han impuesto en los países del una vez bautizado como tercer mundo. Esto ha derivado, entre otras cosas, en que se pretenda que la educación en general y la superior en particular se ajuste a los requerimientos del mundo del intercambio comercial, lo que en nuestros países pobres significa formar un eslabón más en la función maquiladora que nos han asignado. México, lamentablemente, es un ejemplo de esta condición.
En general las autoridades impuestas en universidades del país –públicas y privadas– han pretendido, y lo han logrado en menor o mayor medida según el caso, someter las actividades académicas a la dinámica de la economía según las previsiones de los poderosos países desarrollados y sus organismos internacionales de apoyo financiero. La subordinación del saber a criterios técnicos y necesidades administrativas es hoy por hoy la condición generalizada en la educación superior en los países subalternos por imposición de fuerza. Esta subordinación adquiere existencia de muchas maneras en la vida universitaria; en los salarios de los trabajadores, en especial de quienes se dedican a la docencia; en las curriculas: planes, programas, contenidos; en el costo dinerario del “derecho” a la educación… en fin, en todas las relaciones propias de la vida universitaria. A través de ello se va imponiendo una noción de país. De un país hoy dominado en el gobierno por la ultraderecha de corte fascista. No obstante todo, las universidades públicas, históricamente, se han ido configurando como espacios en los que el espíritu libertario no muere ni decae, aunque de pronto se encuentre agazapado o arrinconado por la persecución de los que son feligreses del culto al status, al dinero, a la violencia, al mercado, todas ellas expresiones del culto al abuso.
Con todo el avance, que es fácil reconocer, de la visión del hoy conocido como neoliberalismo salvaje, en complicidad con las autoritarias autoridades del país y las instituciones educativas, es posible decir que otra universidad vive en nuestras instituciones, en muchas agrupaciones, en muchos individuos, que están dando la batalla para que esa otra universidad, y con ella otro país sea posible. Tres planos de lucha aparecen como fundamentales en la batalla por una universidad a favor de la mayoría social, es decir, de los pauperizados, del abajo social. Uno tiene que ver con las formas de gobierno al interior de las universidades, otro con las formas y los contenidos de la enseñanza y un tercero es el de las relaciones entre la universidad y la sociedad.
Esta vez La Letra Ausente tiene como eje articulador del número presente la necesidad de Pensar la Universidad como un elemento fundamental para Transformar la Universidad a favor de la mayoría social. Por una Universidad que forme egresados, que haga investigación, que genere una saber que permita avanzar en la justicia, la igualdad y la libertad de individuos y pueblos.