
La Letra Ausente
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SECCIÓN: LA TRAMA DEL OTRO
REFLEXIONES SOBRE LA VIDA UNIVERSITARIA
Por: DINAH MARÍA ROCHÍN VIRUÉS
Pensar la universidad es, en mi caso, el retroceder en la memoria casi cuatro décadas.
Me supe universitaria desde el día en que pisé por primera vez las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria “Vidal Castañeda y Nájera”, la inolvidable Prepa 4, que en ese entonces era un edificio muy moderno dotado de amplios y luminosos salones además de múltiples opciones para el desarrollo de las habilidades físicas y artísticas. Disfruté todos y cada uno de los días en la preparatoria; tuve el privilegio de contar entre mis maestros a destacados hombres de las letras y la cultura como el poeta oaxaqueño Gabriel López Chiñas y el filósofo José Muñoz Cota, además de muchos otros maestros y maestras que dejaron en mi alma juvenil una profunda huella. Honda huella dejó también en mí la altísima dosis de barbarie autoritaria con que se combatió al movimiento estudiantil de 1968. Después de una larga huelga que culminó con el encarcelamiento de los líderes estudiantiles y el terror sembrado en la población, volvimos a las clases.
Por aquellas épocas yo pensaba en ser médica -tal vez por mi propia historia familiar- pero al paso de los meses encontré en mí la vocación de psicóloga. Llegué así a la Escuela de Psicología que, en ese momento, dependía aún de la Facultad de Filosofía y Letras y que era dirigida por el recién fallecido Dr. Ricardo Guerra. Solo un año pertenecí a esa facultad pues en el segundo año se iniciaron los trámites para conformarnos en una facultad independiente. Viví así un proceso interesante donde se disputaban batallas teóricas entre los antiguos psicoanalistas –en su mayoría médicos- y la nueva tendencia conductista encabezada por el Mtro. Emilio Ribes Iñesta, quien años más tarde habría de echar a andar un ambicioso proyecto en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP) Iztacala. ¡Pero eso será parte de mi historia más reciente!
Regresando a mis años de estudiante podría decir que aprendí muchas cosas buscando aquí y allá, cuestionándome sobre los sectarismos teóricos y creándome una visión integral de la psicología que no podía encasillarse en los límites de las teorías. En ello, de seguro, tuvo mucho que ver el momento histórico que se vivía. Apenas comenzaban a sanar las heridas que el gobierno había abierto con su combate al movimiento estudiantil, cuando –en el marco de la apertura democrática ofrecida por el presidente Echeverría- recibimos una nueva dosis de violencia estatal: un jueves de Corpus el 10 de junio de 1971 que volvió a hacer correr la sangre joven por las calles de la Ciudad de México. La tristeza y la frustración de estos actos brutales no fueron suficientes para detener el ímpetu juvenil que encontró múltiples formas de expresión: en la música, en las vestimentas, en las formas de relación, en las nuevas libertades sexuales, etc. El sindicalismo universitario tiene también un gran avance en estos tiempos con la conformación del STUNAM. El germen del cambio estaba ya ahí, aunque la expresión social tardaría aún algunos años más en concretarse.
Hacia la mitad de la década de los setentas, recién egresada de las aulas, inicio mi trayectoria como maestra en la ya Facultad de Psicología. En mi breve paso por la Facultad formé parte de un impetuoso equipo de jóvenes psicólogos que, bajo la dirección del Mtro Javier Aguilar, nos proponíamos revolucionar las acciones educativas a través de sistemas personalizados de enseñanza y la realización de prácticas en escenarios reales de trabajo; también participamos en la selección del conjunto de materias obligatorias para la formación de los psicólogos en el campo educativo. Años después, cuando el gobierno de Luís Echeverría llegaba a su término, se implementa la descentralización de la universidad, mediante la creación de las ENEP en los límites de la Ciudad de México; este hecho abre la oportunidad de cursar estudios superiores a una gran cantidad de jóvenes, de escasos recursos económicos, provenientes de la periferia de la capital que ya se ha conjuntado con el Estado de México, formando una extensa zona metropolitana. Asimismo, a partir de la creación de estos nuevos espacios educativos, las convocatorias para contratar nuevos maestros se multiplican, en un proceso que durará varios años en la medida que se va completando el ciclo destinado a cursar una licenciatura completa. En mi caso, el interés por conocer los nuevos modelos que se proponían en estas escuelas, me lleva a integrarme como docente en la ENEP Zaragoza, comandada en esos tiempos por el Mtro. Carlos Fernández Gaos. Se trata de un proyecto novedoso que nos da a los jóvenes académicos la oportunidad de crear nuevas propuestas para la enseñanza, para la formación teórica, para el trabajo comunitario en poblaciones desfavorecidas, etc. Una experiencia verdaderamente enriquecedora que nos formó profundamente como docentes, tanto en los aspectos teóricos de la disciplina como en el compromiso social que implica el trato con seres humanos, necesitados de atención psicológica. Nuevamente un conflicto sindical tiene lugar en la universidad y las posiciones polarizadas de las autoridades en la carrera culminan con la salida de Fernández Gaos quien es sustituido, más tarde, por el Mtro. Víctor Arredondo que, recién llegado de sus estudios en el extranjero, impulsa un cambio curricular con características muy interesantes en tanto convoca a la participación activa de los grupos de profesores pero, también de los estudiantes en formación, para recuperar sus propias experiencias en la construcción del nuevo modelo curricular.
Azares del destino hacen que, al fin, arribe a Iztacala, la mítica escuela de origen conductista que arrasaba en los congresos con la afluencia de ponencias que presentaban sus profesores en cada ocasión. Iztacala es ya una escuela sólida que tiene como distintivo un trabajo social importante con la comunidad adyacente. Desde mi llegada, y durante varios años posteriores, me toca hacerme cargo de un proyecto de educación preescolar denominado “Macehualli”, que dio lugar a un interesante trabajo colectivo que incluía la atención de los niños mediante un esfuerzo coordinado de alumnos de psicología y padres de familia. La crisis económica en que se sumergió el país en la década de los ochentas puso punto final a este ensayo, que ya resultaba incosteable para la comunidad de Los Reyes Iztacala; desde hace algunos años arriban a nuestras aulas universitarias jóvenes que, cuando niños, formaron parte de este proyecto y, curiosamente, algunos lo recuerdan con agrado. En los años más recientes he diversificado mis labores de prácticas profesionales con grupos de mujeres, talleres para jóvenes y actividades de tipo cultural, como algunas de las modalidades que asume el trabajo psicológico. A lo largo de los muchos años que he ejercido mi labor docente en Iztacala, he sido testigo y actor en una diversidad de cambios: el tránsito de ENEP a Facultad de Estudios Superiores, los numerosos intentos de cambio curricular, las movilizaciones por diversas causas académicas, las dos huelgas estudiantiles y más recientemente la lucha por la derogación de la anticonstitucional Ley del ISSSTE.
La UNAM ha sido para mí no sólo mi espacio de formación sino una parte sustancial a lo largo de más de la mitad de mi vida. Las experiencias profesionales que en ella he podido concretar, han enriquecido enormemente mi formación en la disciplina humanística que elegí como profesión. No puedo imaginar el ejercicio de la psicología aislado de la problemática social que surge en cada momento histórico en nuestro país: el impacto social de las políticas económicas, la conmoción emocional que deriva de los desastres naturales, el desencanto de las propuestas del “cambio”, la frustración que surge de la falta de democracia, etc.. Tampoco puedo desvincular mi trabajo profesional de las actividades políticas y de la lucha por los derechos del sector académico en la universidad, menos ahora que fungo como representante de los profesores ante el H. Consejo Técnico de nuestra facultad, por ello dedicaré el resto de este ensayo a la reflexión sobre la labor académica dentro de la UNAM.
La menospreciada labor del Profesor de Asignatura
La figura del profesor de asignatura, que en sus orígenes correspondía a la del profesional independiente que compartía sus conocimientos en las aulas universitarias, contratado con un escaso número de horas, cambió drásticamente cuando surgieron las ENEP. La demanda de educación superior en un país conformado mayoritariamente por jóvenes trajo como consecuencia una gran necesidad de profesores; como en mi caso, muchos egresados fuimos contratados en la categoría de “Ayudantes de Profesor” pero sin realizar las labores destinadas para ellos en el artículo 29 del Estatuto de Personal Académico (EPA), sino cubriendo un buen número de horas frente a grupo, para dar cobertura de la gran cantidad de grupos que se abrían cada nuevo ciclo escolar. Esta situación, que provenía de la necesidad imperiosa de atender a los grupos, no estaba contemplada en el EPA que establece un máximo de cuatro contrataciones para esta figura académica, por lo que fue necesario que los Consejos Técnicos aprobaran tanto las funciones docentes que desempeñaban como el extender los periodos de contratación cuando el caso así lo requería, por la falta de titulación del académico. Algo parecido sucedió con las contrataciones de los profesores de asignatura pues se necesitaba que atendieran muchos grupos, lo que llevó a contrataciones de 30 o 40 horas, no necesariamente todas dedicadas a la docencia pues el trabajo en las nuevas instalaciones universitarias era muy diverso. Particularmente en el caso de la Carrera de Psicología en Iztacala, su primer coordinador, Emilio Ribes tuvo la audacia de proponer un modelo de trabajo académico que incluía obligatoriamente para el personal académico, la formación como docente y la participación en actividades de investigación. Los buenos resultados no se hicieron esperar: Iztacala era una escuela con un alto nivel de integración entre sus profesores y con una elevada productividad que se evidenciaba en cada evento académico de la disciplina. No es que no existieran los conflictos pero prevalecía el criterio académico por encima de los intereses personales.
Luego de esa primera administración en la carrera de Psicología, han venido muchas personas destacadas que han hecho su mejor esfuerzo para sostener el prestigio de Iztacala en el ámbito de la profesión pero las políticas centrales han ido intentando poner orden en cuanto a los criterios de contratación. Si bien es cierto que allá por los años de 1993-1994 tuvo lugar un programa de regularización del personal docente que dotó de plazas de carrera a un número importante de profesores de asignatura, cuyo modelo de distribución de sus labores académicas era, de entrada, similar al de un profesor de carrera, de entonces a la fecha no ha habido una nueva política que les permita acceder a una plaza de mayor categoría y de mejor nivel salarial.
Por el contrario, la pérdida del poder adquisitivo del salario universitario ha repercutido de manera más dramática sobre el sector académico que comparte esta categoría (77% de la planta docente). La caída en los salarios se estima en alrededor de 50.84% en un período que va de febrero de 1980 a enero de 2004. Esto significa que “con el monto que la universidad pagaba a un profesor de asignatura, hoy paga a cinco”.
Por otra parte, las condiciones que los asemejaban a un profesor de carrera están quedando en el olvido. De un tiempo a esta parte, desde la administración central, se ha ido presionando para que el profesor desempeñe el total de sus horas frente a grupo, a fin de no tener problemas con la aprobación de sus informes. Sólo recientemente se ha generado una propuesta que pretende que el profesor de asignatura pueda conservar un cierto porcentaje de sus horas como “apoyo” en algunos rubros previamente definidos.
Lo cierto es que, desde siempre, la labor del profesor de asignatura ha sido fundamental para la tarea de formar a los futuros profesionales y que las actuales exigencias institucionales, no se corresponden con sus percepciones mensuales, lo que genera en muchos académicos una sensación de desvalorización de su trabajo académico por parte de la entidad educativa.
De pilones, estímulos y otras ficciones
Si bien el sector de los profesores de asignatura ha sido el más golpeado en términos salariales, el resto del personal universitario también se ha visto afectado negativamente. Las políticas de financiamiento educativo impuestas por los organismos internacionales ha exigido la implementación de un nuevo modelo laboral. La implementación de “ ...topes salariales, invariablemente inferiores a la inflación, año tras año, cada revisión contractual, los trabajadores universitarios se han visto obligados a renunciar a una parte importante de sus ingresos y nivel de vida”. Quien tenga suficientes años en la universidad podrá hacer sus propios cálculos sobre la diferencia en la capacidad adquisitiva de su salario tabular hace veinte años y en la actualidad. El “equilibrio” en las finanzas de los académicos proviene de otros ingresos adicionales sujetos a evaluación y renovación, cada determinado tiempo.
Siguiendo con la cita de Lozano, éste plantea que “aunado a la política de desplome salarial, a partir de 1985 se suma otro elemento de profundización de la diferenciación salarial entre el personal académico e investigadores de acuerdo a la jerarquía de sus plazas, privilegiando relativamente a los de mayor nivel a través de aumentos mayores a su salario nominal que al resto del personal académico y, a partir de 1990, mediante la incorporación de los programas de estímulos a la productividad y formación académica”.
Los programas de estímulos suscitaron, en el momento de su implementación, una gran inconformidad entre el colectivo de académicos que se expresó en mucha tinta vertida y una cierta movilización política, pero el poder del dinero -tan necesario para la vida cotidiana- se impuso sobre las razones académicas y los lazos de la unidad docente. Y por cierto que los argumentos en contra de esta medida no eran menores, entre otros:
Sin embargo, esta política económica, derivada de acuerdos con la banca extranjera, logró imponerse, dejando un mal sabor de boca entre sector académico e inoculando dos elementos que acabarían con los nexos de solidaridad que lo caracterizaban: la competencia y la descalificación del otro.
En opinión de Hugo Aboites, distinguido investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, los programas de productividad académica obedeciendo a la lógica empresarial, “...se intituyeron con base en la persuasión de que la codicia es un mecanismo mucho más eficaz de cambio de actitud en las personas que el compromiso con el quehacer universitario y académico. Es decir, que los académicos trabajan mejor, si se vuelven codiciosos, que si son comprometidos con sus estudiantes.”
Ello me lleva -hoy que ocupo un lugar en el órgano de decisión más importante de nuestra facultad- a cuestionarme severamente sobre los resultados de los programas de estímulo. ¿En verdad, los indicadores de productividad académica entendidos como las publicaciones, la asistencia a congresos o el número de ponencias presentadas por los académicos en ellos, pueden asegurar que la educación superior es mejor que antes de su implementación? No me resulta muy clara la respuesta. Son, sin lugar a duda, un buen referente del trabajo que desarrolla la planta docente que ocupa las plazas de carrera en una institución, pero muy poco dice del grado de compromiso que los maestros tienen con la formación de sus estudiantes; incluso puede llegar a ser inversamente proporcional, un gran desarrollo profesional individual que interfiere con el tiempo y la dedicación indispensable para la formación de los profesionales a su cargo.
Las visiones educativas han cambiado y han dejado lugar a muy novedosas e importantes formas de enseñanza, como la educación en línea, pero es necesario estar alerta contra el fenómeno que acertadamente describe Miguel de la Torre Gamboa “...Las instituciones de educación superior y en particular la universidad pública, no volverán a ser los actores sociales de otros tiempos... un egresado con un fuerte perfil de compromiso social, tanto en lo que se refiere a valores y actitudes, como a objetos de conocimiento, no será ya la finalidad de la institución; en adelante, la actividad de investigación, de creación y aplicación de nuevo conocimiento, habrá de ajustarse a las reglas del mercado y ya no regirá más la idea del servicio social”.
Si los programas de estímulos alejan a los profesores del compromiso con sus estudiantes y la curricula institucional deja de lado la responsabilidad social inherente a la educación pública, la universidad habrá perdido uno de sus objetivos más nobles. La meritocracia que hoy nos rige como académicos no puede, de ninguna forma, sustituir a la labor académica del día con día. La investigación que realiza la UNAM tiene que seguir distinguiéndose por su vinculación con los grandes problemas nacionales y, mejor aún, si involucra tempranamente a los jóvenes universitarios en el análisis de dichos problemas y en la búsqueda creativa de alternativas y soluciones.
El problema del envejecimiento magisterial
Las tendencias de crecimiento del país finalmente han detenido su curso –quizás más por las restricciones salariales que por la conciencia reproductiva- pero se espera que a lo largo de este siglo se revierta la pirámide poblacional y que en unas décadas nos convirtamos en un país de personas de edad. Ello traerá como consecuencia un decremento en la demanda de educación superior, adicional al que ya comienza a observarse por la abundante promoción oficial de las opciones de las carreras técnicas que nos hace recordar el juicio de Fernando Savater hace una década: “La mejor preparación técnica, carente del básico desarrollo de las capacidades morales o de la mínima disposición de independencia política, nunca potenciará personas hechas y derechas sino simples robots asalariados” Sin embargo, esa es la apuesta para los conductores del país y en consecuencia es posible que en pocos años, la planta docente resulte excesiva para atender a la población universitaria.
De hecho es visible el proceso de envejecimiento de la planta docente en la universidad y se esperaría que este fenómeno alcanzara grandes dimensiones, particularmente en carreras del área social, en las cuales, los profesores tienen como única fuente de ingreso, su labor académica. No sucede así con otras carreras –como las del área de la salud- que generalmente son compatibles con el ejercicio individual de la profesión. En el caso particular de la carrera de Psicología, muchos profesores contamos ya con la edad y los años de servicio necesarios para alcanzar una jubilación; sin embargo, son pocos los que declaran su intención de retirarse de las labores docentes. El principal argumento para su pretendida permanencia en la institución, es el bajo nivel de las percepciones jubilatorias. Esto resulta preocupante porque implica un estancamiento en la movilidad laboral que afecta a las generaciones más jóvenes de maestros los que difícilmente podrán acceder a una plaza de carrera si no es por el deceso de los profesores titulares. Sé que esto suena fatal y que quizás alguien pueda sentirse ofendido por mi afirmación, así que intentaré aclarar mi postura para evitar incomodidades entre mis estimados compañeros.
Me parece que el lapso de 30 años de servicios es muy apropiado para dar por concluida la labor académica. De seguro hemos dedicado a la universidad no solo nuestros mejores años de vida sino también nuestros años más productivos. Pensando que ingresamos a la labor docente alrededor de los veinticinco años, estaríamos en nuestra quinta década cuando alcanzáramos la edad de jubilación. ¿Qué mejor que disfrutar los siguientes años de nuestra vida, aún con energía y capacidades, desde la perspectiva de una jubilación? Sin embargo, no es así. Más que el humano temor a enfrentar una nueva situación de vida, lo que preocupa a la comunidad académica es la incertidumbre de su futuro económico, con una pensión raquítica que implicará grandes cambios a las costumbres ya muy sólidas.
Ahora que se acerca el final de la vida profesional, muchos académicos se percatan de la realidad económica y sólo les queda continuar en funciones hasta que el cuerpo aguante o, tal vez, hasta que las políticas laborales implementen un programa obligatorio de retiro. Los programas de estímulos, esa ficción que nos hizo creer que tendríamos una jubilación digna, se esfuma frente a nuestros ojos.
Como señalaba en párrafos anteriores, no puedo imaginar la labor académica alejada de la política. Por ello me sorprende mucho recordar que hubo mucha más participación del sector académico en las luchas estudiantiles del 86 y del 99 que la que hoy se da frente al embate de la nueva Ley del ISSSTE, la cual que afectará severamente las condiciones laborales de los trabajadores en este país. Los actuales y los futuros.
Creo que la apatía que ahora embarga a la comunidad académica es el resultado de años de individualismo en la negociación de nuestras particulares condiciones laborales. Hoy me doy cuenta de que las políticas gubernamentales nos fueron preparando, poco a poco, para llegar a esta condición de indefensión. La competencia interna con nuestros compañeros. fracturó la posibilidad de luchar por nuestros derechos de manera coordinada y ahora pueden imponer sus condiciones de usura a un gremio desarticulado.
Sin embargo, no quisiera concluir con esta perspectiva tan aciaga. Quiero creer que aún es tiempo de construir un futuro para la universidad pública: un proyecto que conciente de las condiciones y las problemáticas vigentes en el país, se esfuerce por fomentar en nuestros jóvenes el compromiso con la sociedad que les permite formarse. Son tiempos difíciles para los jóvenes universitarios pues los administradores de la riqueza no los tienen contemplados en sus planes o les ofrecen un futuro indigno, por ello mismo, es particularmente importante formarlos en la crítica, en la destreza de recursos y en la imaginación creativa de soluciones. También creo que estamos a tiempo de contribuir en la formación de los profesionales que ya conviven entre nosotros y que, tarde o temprano, habrán de sustituirnos, dejando en ellos la antorcha del compromiso social. Solo así, nuestro paso por la universidad contribuirá a su supervivencia como la mejor universidad de latinoamérica.
Facultad de Economía. UNAM. Centro de Análisis Multidisciplinario. En: www. economia.unam.mx/cam/pdfs/rep64a/pdf
Lozano, Luís. Lozano Arredondo, Luís. Centro de Análisis Multidisciplinario. Facultad de Economía. UNAM En: www. economia.unam.mx/cam/pdfs/rep64a/pdf
Luna, E. (2004) Por una política alternativa de evaluación de los académicos: Entrevista a Hugo Aboites. Revista electrónica de Investigación educativa 6 (1). En http.//redie.uabc.mx/vol6no1/contenido-luna.html
