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La Letra Ausente
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SECCIÓN: COLOQUIO DE SOLILOQUIOS

INTELECTUALES,UNIVERSIDAD Y CAPITALISMO

Por: MAX ADLER

  

A partir de la concepción del movimiento obrero, generada por la esencia del socialismo, desaparece la última barrera artificial que tiende a separar a los intelectuales del socialismo en nombre de una presumible diferencia de intereses materiales o, por lo menos, de una ausencia de relación entre ambas zonas de intereses. Ya hemos visto cómo los intelectuales, no obstante el carácter burgués de su origen y de su práctica profesional, no poseen los mismos intereses políticos que la burguesía. E incluso, aún en menor medida, se puede afirmar que existe una comunidad de intereses económicos. En la afirmación contraria está implícita una peligrosa confusión conceptual que, naturalmente, los voceros de la burguesía se han preocupado por alimentar. Los intelectuales tienen interés por conservar un modo de vida burgués, que actualmente sólo pueden obtener de la burguesía y permaneciendo dentro de ella; pero, ¿podrían tener interés por conservar el orden burgués en caso de que pudieran obtener ese mismo modo de vida, e incluso alcanzar uno mejor, sin la burguesía? Responder afirmativamente a ese cuestionamiento significaría llegar a aquella ridícula conclusión, que alguna vez se pretendía que los obreros aprendieran a repetir, y según la cual ellos estarían interesados en la conservación del capitalismo ¡porque les da de comer!
            Qué tan nefasta pueda ser una conclusión de este género en la actualidad en que cada vez es más claro para los intelectuales, en la medida en que lo debería atestiguar su comunidad de intereses con la burguesía, o sea un modo de vida digno y capaz de garantizar la independencia, resulta cada vez más dudoso. Pero preguntémonos, ante todo, no por este problema sino más bien por el grado de libertad y de independencia que en realidad tienen las profesiones intelectuales. Como consecuencia del desarrollo cada vez más acelerado y brutal que jamás haya conocido el capitalismo en las últimas dos décadas, el trabajo intelectual ha sido sometido a la esclavitud del trabajo asalariado, el modo totalmente semejante al trabajo manual y en forma que cada vez son más difíciles de enmascarar. La creciente división del trabajo, que a partir de los talleres entra por la fuerza también a las oficinas, a los laboratorios técnicos y a la administración de empresas, también a subordinado el trabajo intelectual a las routine de un mecanismo exclusivamente dirigido a la explotación. El peligro que entraña este orden económico, precisamente para la libertad de las profesiones intelectuales y para los estratos sociales más cultos, es innegable; para darse cuenta de ello, para reconocerlo en toda su amenaza, no es necesario ser socialistas: es suficiente una visión amplia de los hechos y una conciencia honesta. Así, por ejemplo, uno de los hombres políticos más significativos de nuestro tiempo, el genial Friedrich Naumann, quien, si bien impedido por su ideología burguesa-imperialista para observar todas las implicaciones de su clara visión de la naturaleza real de la sociedad moderna, les dice a los intelectuales en agudo ensayo, cuyo título es El ideal de la libertad:
            “¿Para qué sirve la igualdad de los derechos civiles, si los hombres tienen que venderse voluntariamente para vivir? [...]Existen bastantes hombres honestos que ven acercarse, como los ejércitos de una potencia enemiga, una época de nuevos vínculos feudales[...]”
            “En las grandes empresas anunciadas en carteles no se padece hambre, pero los hombres son máquinas y números. La primera generación todavía conserva, probablemente, algunas ideas de personalidad y de libertad, pero, ¿quién nos dice que en el mundo de la gran industria, ya en la segunda o tercera generación, no se conforme una paciencia de esclavos que destruirá todos los resultados alcanzados hasta ahora por el desarrollo histórico liberal?
            En efecto, el capitalismo con aquella desaprensión y aquella energía que caracterizan su vital expansión, está a punto de convertir en una realidad cotidiana este nuevo feudalismo del trabajo intelectual y manual. En un estudio sobre la organización industrial en los Estados Unidos de Norteamérica, el ingeniero Móller describe la manera en que el principio fundamental de la moderna praxis industrial se constituye en el esfuerzo “de volverse independientes en cada empresa, en relación a determinadas personas, con la intención de regular todo de modo tal, que la conducción de la empresa se vuelva mecanizada [...] Así se evita que un empleado, en virtud de sus experiencias y de sus conocimientos, sea indispensable. El empleado se vuelve, en cierto modo, un miembro sustituible de la empresa”.
            Pero también en las llamadas profesiones liberales, la libertad y la independencia desaparecen cada día más. Karl Marx, hace más de sesenta años, ya escribía en el manifiesto:
            “La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces eran consideradas dignas de veneración y de piadosa reverencia; ha transformado al médico al jurista, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, en asalariados a su servicio.”
            Son palabras duras que en aquel entonces constituían tal vez sólo una profecía, pero que hoy se han convertido en una realidad irrefutable para todo el conjunto de las actividades profesionales.
“Las profesiones liberales del médico o del abogado –escribía Karl Renner en el número de julio del primer año de la revista La lucha– se vuelven más dependientes de las grandes empresas, de los grandes establecimientos, de los bancos. El interminable ejército de los empleados públicos y privados se hacina durante toda la vida buscando posiciones subalternas. La valentía en el trabajo basta para los grados inferiores, pero para las posiciones directivas se necesita algo más: la confianza. Por sus actitudes, por sus relaciones familiares, por sus sentimientos políticos favorables hacia quien manda, el hombre debe ser una persona confiable; he aquí lo que cuenta [...] Se precisan instrumentos de confianza, no personas preparadas y dotadas de autonomía intelectual”
            Esta desvalorización del trabajo  intelectual, que se determina ya sea por medio de una forma refinada de división del trabajo y de conformismo hacia él, ya por un sometimiento al dominio de intereses que le son extraños, es lo que llamo, junto con Renner, la subordinación del trabajo intelectual,que oprime aún más que la simple explotación. Pero a esta subordinación se agrega, además, la falta de libertad que padece el trabajo intelectual en la sociedad capitalista. Para explicar cómo se ha llegado a tal grado de limitación de la libertad y de la independencia de la ciencia, no hay necesidad de gastar muchas palabras: los hechos hablan aquí con demasiada claridad. ¿Acaso en las dos últimas convenciones de la asociación de profesores y docentes alemanes, algunos acreditados eruditos, aun desde posiciones extremadamente diversas, no levantaron amargas y apasionadas protestas contra la tutela política que todo este estrato se ve obligado a soportar? Ante los vehementes pero legítimos ataques con que el profesor Max Weber, en la reunión realizada en Viena por la Asociación Político-social puso al descubierto no hace mucho (1909) el espíritu autoritario de la burocracia (a propósito de la cual repitió el amargo chascarrillo, que cuenta que en la cultura alemana se ha ido conformando una actitud psicológica marcada por el deseo de ser fiel, alemana y con ello, de...merecerse la jubilación), y los docentes alemanes se reconocieron en la vergonzosa defensa hecha por el dirigente del gabinete prusiano von Thiele. Este hombre tuvo el coraje de afirmar que la burocracia es siempre mejor que el capitalismo, porque si el profesor Weber hubiera dependido de éste, después de su discurso lo hubieran sacado a la calle; entre tanto, esta noble disputa entre burocracia y capitalismo es totalmente insignificante. El diputado por el Reichstang alemán, Geog Gothein, ha escrito en un artículo sobre la reforma electoral prusiana (Nueva prensa libre, Viena, 13 de febrero de 1910) que “hace apenas poco tiempo han sido castigados algunos funcionarios que en las elecciones comunales de Kattowitz habían dado su voto a favor de candidatos clericales y polacos y que en esta situación el dirigente del gobierno prusiano ha proclamado abiertamente que un funcionario debe votar de modo tal que no sean lesionadas las necesidades del Estado. Naturalmente, es el gobierno el que decide cuáles son las necesidades del Estado; consecuentemente, un funcionario que votase por un danés, por un polaco, o por un socialdemócrata, sufriría las consecuentes sanciones disciplinarias; “ni siquiera un profesor definitivo, ni siquiera un gran intelectual puede arriesgarse tanto en Prusia”; y hasta ahora, desafortunadamente, jamás se ha arriesgado ninguno.
            También el profesor Sombart ha escrito alguna vez sobre la hipocresía que domina en la vida pública: “Se proclama con énfasis que la ciencia y su enseñanza son libres, que las universidades alemanas son el baluarte de la libertad de enseñanza. Pero todos saben que esto es completamente falso: un miembro del partido socialdemócrata no puede enseñar siquiera la física en la universidad prusiana, e incluso es inconcebible que ahí se pueda enseñar ciencias sociales. Hace poco, uno de nuestros más jóvenes dotados estudiosos de las ciencias, cercano a la socialdemócrata, inútilmente intentó enseñar, aunque solamente como docente interino, en cualquier universidad alemana. Esto, en cambio, está permitido a cualquier incompetente que bajo ciertas circunstancias puede llegar a ser incluso profesor definitivo en la universidad, con tal de que pruebe su fidelidad”.
            Y también nosotros, en Austria, ¿no hemos tenido el caso Wahrmund? No es el único, pero ciertamente es el ataque más reciente y vergonzoso a la libertad de enseñanza, porque en este caso la violencia perpetrada contra un intelectual ha llegado al punto de que sus colegas ofendan su dignidad, y de esta manera se testimonia en qué espantosa medida han desaparecido entre los docentes universitarios la independencia y la solidaridad recíproca cuando se confronta al gobierno. La comisión del grupo local vienés de la unión de profesores alemanes, encargada de investigar sobre este caso tan triste para la parte mejor de nuestros intelectuales, se ha visto obligada, sobre la base de un examen riguroso de todos los actos, a definir como deplorable “que la ley reconozca la libertad de enseñanza, pero que no excluya la posibilidad de que un docente universitario pueda ser removido en contra de su voluntad, o castigado sin un procedimiento judicial previo, dañando así gravemente la libertad de enseñanza [...]”.
            Pero todavía se podría decir más: baste recordar que a este atropello del trabajo científico se agrega la concepción que sobre él ejerced el capitalismo, dando lugar a una forma ulterior de negociación de su libertad, en la medida en que lo instrumentaliza para sus propios intereses. Las más poderosas asociaciones empresariales ya han conquistado una representación científica de sus propios intereses. Ya hemos dicho repetidas veces (y este es un punto sobre el que es necesario insistir) que las donaciones para fines científicos hechas por los magnates estadounidenses, tan admirados por la ignorante opinión pública y, por ende, idóneas para producir un buen efecto, son un  verdadero caballo de Troya para la libertad de la ciencia. Tratándose por lo demás de acciones de capitalistas, atan a estas instituciones científicas y a los que ahí trabajan a poderosos intereses económicos y los involucran, desde el momento en que son sostenidos por estos capitales, en las operaciones financieras de sus magnánimos fundadores, situación que seguramente no favorece el carácter desinteresado de la ciencia. Si los hombres de ciencia tanto aman afirmar que ellos son superiores a las demandas del mercado, no podemos dejar de preocuparnos de que, finalmente, lleguen a depender de su desarrollo, aun antes de que puedan darse cuenta de ello.
            Todo esto habla claramente a favor de esa libertad, aunque limitada, de que goza hoy el trabajo intelectual dentro de los límites del feudalismo burocrático y capitalista. Y aquí existe una tendencia a empeorar que se está acentuando cada día más, porque los antagonismos dentro de la sociedad burguesa han llegado a ser tan claros y la misma burguesía ha consolidado de tal manera su conciencia de clase, que ya no puede ver el empeño teórico y práctico de sus funcionarios en el campo de las ciencias sociales con la misma  indulgencia con que se mira una ocupación accesoria placentera e inocua, como lo fueron el socialismo de cátedra y las reformas sociales de los años ochenta y en parte delos noventa. Así como el liberal lugar común de la libertad política para todos ya no conmueve a nadie, lo mismo puede decirse de la libertad de ciencia, con relación a la cual se da actualmente un repliegue a favor de los intereses de Estado.
A esta subordinación del trabajo intelectual se agrega aun una clara y evidente proletarización de vastos estratos de intelectuales; antes bien, si se hace excepción del restringido porcentaje de funcionarios y de empleados de nivel superior dependientes de la industria privada, de profesores universitarios, de artistas de éxito, etc., se ve que esta proletarización marca ya la situación de clase del trabajo intelectual. En efecto, ¿qué cosa significa una renta anual de 4 000 coronas (que, por lo demás, no alcanza la media de los ingresos de aquellos intelectuales que se dedican exclusivamente a sus propio trabajo) para el nivel de vida necesario de un intelectual, para él y para su familia, sino una existencia llena de preocupaciones, privaciones y compromisos culturales?
Por esto mismo el socialismo, aun si se le entiende como puro movimiento obrero y reivindicativo, no concierne solo a los trabajadores manuales; tanto con la ausencia de libertad como con el abatimiento del mínimo nivel de vida, el modo de producción capitalista se ha revelado como uno de los mayores factores de homogeneización.
“Esta –dice Kautsky, refiriéndose precisamente a la posición aparentemente anómala de los intelectuales– tiende a la homogeneización de todos los trabajos. Una de las mayores revoluciones que está causando es la de destruir la aristocracia de los trabajadores de la mente y equipararlos socialmente a los trabajadores del brazo; esta homogeneización es tan violenta e inaudita que a cualquier sabio le parece aún hoy una utopía, aunque ésta ya se haya iniciado bajo sus ojos.”
En los quince años transcurridos desde que fueron escritas estas palabras, este inicio se ha convertido en un proceso manifiesto en todas partes, que ahora ya encuentra correspondencia en la denuncia pública que proviene de todos los ambientes intelectuales. Es culpa exclusiva de los trabajadores intelectuales si no son capaces de ver en su propia condición social más que un aspecto del problema más general del trabajo en el interior del orden económico capitalista.

Nauman, Friedich, Das Ideal der Freiheit, Berlín, 1908, pp. 30-32. (Nota de Adler)

Woldt, R., “Der intrustrielle Grossbetrieb und seine sozialen Wirkungen”, en Die Neue Zeit, [El tiempo nuevo], XXVIII (1909-1910), v. 1, p. 121. (Nota de Adler)

Der Kampf, I (1907), p. 437. (Nota de Adler.)

Con el término profesor se hace referencia al enseñante de escuela médica y universitaria, pero fundamentalmente al catedrático; el término docente se hace extensivo al enseñante de nivel elemental.

Neue Freie Presse. (Nota de Adler.)

Precisamente ahora los periodicos publican el proyecto de un programa profesional para los institutos de la instrucción superior de Austria, preparado por la Zentralverein der Hochschullehrer, [Agrupación central de profesores universitarios] de Bohemia, en la ciudad de Praga, y difundido en las escuelas superiores de todo tipo. En él se plantea que la cuestión del contenido podría ser indiferente sólo para un restringido n´´umero de docentes. “La mayoría está preparada sólo para lo que se refiere a su propia disciplina y en la actualidad no tiene ninguna relación con lo que se requiere de los docentes de los institutos de educación superior.” Si el trabajo de los maestros no está reconocido en su pleno valor, aún menos se reconoce el de los profesores definitivos y el de los docentes interinos. Éstos, a la edad en que desean formar una familia, sienten una gran amargura al comprobar que a la edad de 35 años, mucho tiempo después de haberse titulado, se encuentran en la situación de no saber literalmente cómo mantener una familia. En medio de estas preocupaciones por las necesidades inmediatas de la vida cotidiana, tienen que cuidar sus trabajos científicos para atestiguar su calidad y su preparación. Es triste la condición de aquellos jóvenes que trabajan en el campo científico y a quienes la suerte les ha dado talento, dedicación y escrupulosidad, pero se ha olvidado de darles tambipen dinero. (Arbeiterzeitung [El diario del trabajador], Viena, 15 de febrero de 1910). (Nota de Adler)

Karl Kautsky, Die Vorlaufer des neueren Sozialismus [Los precursores del nuevo socialismo], 1905, p. 73. (Nota de Adler.)

 

 

 

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