
La Letra Ausente
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SECCIÓN: DE CUERPO PRESENTE
PSICOANÁLISIS, GÉNERO Y DIFERENCIA SEXUAL
Por: ALICIA GARCÍA TÉLLEZ
Muchas de las feministas académicas, convencidas de la relevancia de abordar la subjetividad como determinante de la preservación de las condiciones de desigualdad entre los sexos y conscientes de la necesidad de esclarecer la construcción cultural de su diferencia y jerarquización, han recurrido al psicoanálisis en un intento de encontrar respuesta a sus interrogantes, algunas de ellas son: Emilce Dio Bleichmar, 1991,1997,1999; Mabel Burin, 1999; Irene Meler,1999; Ana Maria Fernández, 1999; Silvia Tubert, 1999; Maria Antonieta Torres Arias,1990; Rubin Gayle, 1986; Martha Lamas, 1986,1996,1999; Frida Saal, 1986, 1991; Juliet Mitchell, 1975.
Resulta interesante advertir cómo las personas interesadas en encontrar la correlación y los vínculos o puentes válidos para explicar cómo opera la ideología genérica, desde la subjetividad o desde el interior más íntimo de la feminidad, sean mujeres psicoanalistas que desarrollan una labor clínica y que han aportado nuevo datos.
El debate que se establece entre el feminismo y el psicoanálisis gira en torno a la posibilidad de esclarecer si a partir del género, como categoría de análisis, es posible o no dar cuenta del proceso subjetivo de la constitución de lo femenino y lo masculino. Se entiende como género a la construcción histórico-cultural de lo que es lo femenino y lo masculino, esto es, el conjunto de características socioculturales del ser hombre o mujer y su interacción y que comprende cuatro elementos interrelacionados: los símbolos y los mitos, conceptos normativos que manifiestan las interpretaciones de los significados de los símbolos, las nociones políticas e instituciones u organizaciones y la identidad subjetiva.
Algunas de las preguntas formuladas para el debate que nos referimos son: ¿Puede el género dar cuenta del proceso subjetivo en la constitución de lo femenino y lo masculino? ¿Es el psicoanálisis un conjunto descriptivo y/ o explicativo de la subjetividad humana? ¿Tiene el psicoanálisis un carácter normativo e inamovible para la construcción de los significados de la feminidad y de la masculinidad? ¿De qué procedimientos psíquicos se construye una identidad femenina/masculina de acuerdo a formatos preestablecidos o preexistentes?
Para intentar abordar estas cuestiones me interesa confrontar aquí sólo a algunas de las representantes de dos posturas que se inscriben en los terrenos del psicoanálisis y del feminismo; la de las feministas de orientación psicoanalítica que basan su lectura en las teorías anglosajonas; Mabel Burin y Emilce Dio Bleichmar y otra línea, de interpretación lacaniana, que establece su lectura a partir de las nociones de falta, deseo, diferencia sexual; Marta Lamas , Frida Saal y Ragland-Sullivan .
Empecemos por las de la primera línea de orientación. Mabel Burin propone el trabajo interdisciplinario que entrecruce el psicoanálisis y la teoría de género y concibe al género como “Red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, sentimientos, valores, conductas y actividades que diferencian a las mujeres de los varones”. 1
La diferencia sexual para Mabel Burin es producto de un largo proceso histórico de construcción social que no sólo genera diferencias entre los géneros femenino y masculino sino que esas diferencias implican desigualdad.
Algunos de los planteamientos que trabaja en su artículo “Género y Psicoanálisis: Subjetividades femeninas vulnerables” son:
Los roles de género en la familia nuclear en lugar de garantizar la salud mental de las mujeres les provoca numerosas condiciones de malestar psíquico que las ponía en condiciones de riesgo. Esta puesta en crisis de los sentidos tradicionales sobre los roles de género femenino también implicó una puesta en crisis de la subjetividad femenina que habían construido hasta entonces .2
Por su parte, Emilce Dio Bleichmar concibe al género como un concepto vigente que circula en los medios científicos y psicológicos y se pregunta por qué no es utilizado en la teoría psicoanalítica.
Para Dio Bleichar la noción de género es eminentemente psicológica ya que se trata de un sentimiento íntimo y de una forma de ser que se organiza en femenino o masculino, cuyo origen se remonta a la célula familiar establecida como una de las coordenadas que estructuran al sujeto humano y que constituyen un sistema complejo denominado sexo/género.
Nos dice que “bajo el sustantivo género se agrupan todos los aspectos psicológicos, sociales y culturales de la feminidad/masculinidad; reservándose el sexo para los componentes biológicos, anatómicos y para designar el intercambio sexual en sí mismo” 3
También afirma que “el género es una categoría compleja y múltiplemente articulada, que comprende: 1.- La atribución, asignación o rotulación del género; 2-. La identidad del género que a su vez se subdivide en el núcleo de la identidad y de la identidad propiamente dicha, y 3.- El rol del género.” 4
Según Dio Bleichmar el yo es desde su origen una representación de su mismo género, es decir, el género es uno de sus atributos constitutivos del yo desde su origen.
Tanto Burin como Dio Bleichmar ubican a la subjetividad dentro de la categoría de género representada por la identidad de género y la asumen como un aspecto psicológico, pero ¿Cómo se construye esa identidad? ¿En función de qué procedimientos psíquicos?
Mabel Burin , siguiendo a Chodorow, explica la noción de identidad de género femenino a partir de la temprana identificación de la niña con su madre. Para ella la mirada que la madre dirige a la hija es diferente porque percibe en ella un mismo cuerpo y en el hijo mira una diferencia anatómica. Esto hace que los vínculos de la madre con su hija mujer se construyan sobre la base de la cercanía y la fusión; en tanto que con el varón propiciaría tendencias a la separación, al abandono de su identificación primaria con la madre. Pero ¿A partir de qué se produce ésta separación? Ella intenta responder:
Mientras las niñas pueden identificarse más directa e inmediatamente con sus madres, a los niños no les sucede lo mismo con sus padres. En tanto la identificación femenina tiene en sus orígenes la identificación con la madre, con su experiencia de cercanía < cuerpo a cuerpo> en el vínculo materno, la identidad masculina no se define en su identificación con el padre. La ausencia del padre en la estructura familiar habitual no significa que los niños no aprendan la masculinidad ni los roles masculinos, pero el tipo de identificación que realizan es diferente. Las niñas realizan una <identificación personal> con la madre entrelazando los procesos afectivos y el aprendizaje del rol. Los niños en cambio, desarrollan una <identificación posicional> con aspectos del rol masculino. 5
Dio Bleichamar plantea que en el curso de la infancia:
Los niños incorporan las conductas pertenecientes al padre y a la madre, aprendizaje que se realiza sin necesidad de un reforzamiento directo, porque los padres constituyen, por su condición de tales, objetos idealizados a los que se desea imitar y además tienen el control sobre el otorgamiento del amor y el reconocimiento como recompensa. 6
Plantea también que:
La identidad de género comienza a partir del mínimo desarrollo cognitivo, suficiente para la percepción consciente o inconsciente de la pertenencia a un sexo y no al otro. En el curso del desarrollo de la identidad de género se complejiza, de suerte que un sujeto varón puede no sólo sentirse hombre, sino masculino, u hombre afeminado u hombre que desea ser mujer. 7
Para Dio Bleichmar los fantasmas y los mitos del género se ordenan por el falocentrismo simbólico, para ella la tarea que propone Lacan , de ir más allá de Falo, le parece infructuosa, se pregunta ¿Es posible atribuirle a esta palabra algún significado ajeno al órgano masculino?
Si el concepto de género nace en un contexto de confusión epistemológica, de crítica radical a las pretensiones de verdad absoluta de las teorías científicas o filosóficas del mundo occidental, son comprensibles los avatares por los que se ha pasado para concebir al género como categoría de análisis de las diferentes disciplinas que abordan el problema de la subordinación de la mujer por el hombre.
La complejidad crece cuando la cuestión del género es abordada desde el campo de la subjetividad porque a partir del descubrimiento del inconsciente las teorías psicológicas tienen poco que decir, en tanto que el inconsciente escapa al ámbito de las certezas en las que el sujeto se reconoce.
A partir de Freud no es posible soslayar que al constituirse la subjetividad, además del saber que accede a la conciencia, se produce un campo de ignorancia radical en función del cual el sujeto se establece y deviene dividido entre lo inconsciente y lo consciente. Las iniciativas que se plantean para abordar la subjetividad, desde una perspectiva de género, no pueden sustraerse de esta realidad que pone en cuestión todo intento de construir conceptos totalizadores de subjetividad. Si el sujeto, a partir de Freud, es otro que el sujeto de la razón que la ilustración establece, este acontecimiento deriva y genera dos procesos de lectura, no sólo diferentes sino divergentes. Es comprensible pues, que al hablar de subjetividad se corra el riesgo de soslayar la presencia del inconsciente como constituyente y determinante de los procesos subjetivos.
Si nos detenemos en los planteamientos de Mabel Burin y de Emilce Dio Bleichmar, podemos advertir que la noción de sujeto al que ellas remiten es la de un sujeto unificado, porque centralizan el problema en el yo de las identificaciones soslayando el descubrimiento revolucionario de Freud, el inconsciente.
Para el psicoanálisis freudiano y lacaniano “El yo aparece como el lugar de la ilusión narcisítica de unidad e integración, del ocultamiento del sujeto del inconsciente “8
De manera que tanto Burin como Dio Bleichmar ubican la subjetividad del lado de la psicología (y son claras para decirlo “el género es una categoría eminentemente psicológica”), valga decir, de las certezas (lugar donde se ubica el género) y no del lado del inconsciente. Así mismo al concebir al individuo como un cuerpo etiquetado por una cultura vía la familia y al contraponer el género social al sexo biológico, disuelven la dimensión de la subjetividad y perpetúan, además, la unificación ilusoria de los hombres y las mujeres en grupos homogéneos, lo que encubre la diversidad subjetiva entre hombres y mujeres.
Cuando explican el proceso de construcción de la identidad de género reducen el concepto de familia a los roles afectivos dentro de un sistema sexo/género acuñado por Rubin Gayle. 9
Las palabras que continuamente aparecen cuando desarrollan su teoría de la construcción de la identidad son: aprendizaje, conductas y reforzamiento, que no dejan de evocar una concepción mecánica donde el hombre es considerado como un ser manipulable, determinado y pasivo; donde lo que cuenta es la conducta, determinada desde el exterior, sin considerar al inconsciente.
Dio Bleichmar critica a las feministas lacanianas de ser biologisistas, en tanto que, para dar cuenta de la constitución subjetiva, el psicoanálisis lacaniano propone el término falo y establece una estructura fundamental que es el complejo de Edipo.
Esta crítica se fundamenta en una lectura parcial que pasa por alto el retorno propuesto por Lacan a los textos freudianos. La pregunta que Dio Bleichmar hace sobre si es posible atribuirle al término falo algún significado ajeno al órgano masculino, nos muestra que ella no puede atribuirle un significado diferente al de pene. La respuesta a su pregunta es, sin lugar a dudas, un sí, puesto que el concepto falo remite en la teoría psicoanalítica al significante de la falta y no al sustantivo biológico.
Ciertamente, aún cuando el falo en la teoría psicoanalítica lacaniana no remite al órgano biológico, este término conlleva al malentendido de que el padre real, la parte objetal peniana y la función diferencial fálica son lo mismo, porque se confunden en el lenguaje. Revelar este malentendido lingüístico y mostrarlo, para superar los efectos que por la vía de los hechos produce en el imaginario de los hombres, representa para las mujeres un compromiso histórico.
Los planteamientos de Mabel Burin y de Dio Bleichmar no dejan de ser conjuntos descriptivos de género donde suelen confundirse las causas y los efectos en el intento de explicar el origen del género.
Para Marta Lamas el problema de confundir las causas del género con los efectos que el género produce, es el resultado de un traslape entre género y diferencia sexual, como ausencia o silencio. Para ella la comprensión del género como tejido cultural se debe complementar con la comprensión del inconsciente.
La diferencia sexual 9 es un concepto ligado al género. Si este concepto fundamental se pasa por alto, se ignora el papel del inconsciente en la formación de la identidad sexual y en consecuencia se ignora la inestabilidad de tal identidad impuesta a un sujeto.
Para comprender el género y la diferencia sexual es necesario abordar el proceso de constitución de la identidad. La diferencia sexual es una diferencia estructurante a partir de la cual se construyen no sólo los papeles y prescripciones sociales sino el imaginario de lo que significa ser mujer y ser hombre. Por lo tanto la diferencia sexual no puede ser situada en el mismo nivel que el género. La envoltura del cuerpo es simbolizada en dos ámbitos: psíquico y social. 10
Existe una tendencia a sustituir la categoría de diferencia sexual por el género, eludiendo el papel del inconsciente en la formación de la subjetividad y la sexualidad.
Las prácticas sociales con las que el sujeto expresa su deseo están marcadas por el género, pero también por su inconsciente. La construcción cultural de la identidad de género se entrecruza con la estructuración psíquica de la diferencia sexual que se realiza fuera de la consciencia y de la racionalidad.
Confrontar estos desarrollos teóricos es adentrarse a una compleja red de problemas; el Deseo, el lenguaje, el poder, la familia, el falocentrismo, etc. Se habla de diferencia sexual porque no se puede pensar en la mismisidad sin la otredad inaugurada, en el complejo de Edipo, por un tercero, en tanto que niega en la diada madre-hijo, la autosuficiencia materna en el campo del deseo e impone la noción de un mundo de vinculación intersexual entre el padre y la madre (o quien haga su función) del cual el sujeto estará excluido. Si en principio el sujeto era uno con la madre ( o quien haga la función de soporte o de dar consistencia a ese que nace) en otro momento que no es cronológico sino lógico, un tercero permitirá saber a ese que nace, que él no colma a la madre, porque ella necesita de otro, lo que permite establecer la diferencia entre el yo y el tú, entre el yo y el otro, es decir, entre su mismisidad y la otredad, entre lo que en nuestra cultura se ha denominada lo femenino y lo masculino. Es el tercero que se presenta como aquel que puede impedir que el yo haga del tú, objeto de su deseo, convirtiéndose en uno indiferenciado. Es ésta la diferencia sexual a la que nos referimos, que ubica al sujeto en una posición diferente frente al otro (llámese femenino-masculino o como se quiera) al otro que algo le falta, puesto que requiere de otro que lo complete, entonces,es a partir de un tercero que el sujeto queda en falta, carente y por tanto deseante de aquello que supone tenía.
En contraposición con las posturas de Burin y de Dio Bleichmar, Ragland Sullivan nos dice que Lacan propone un sujeto humano no unificado, ni completo, ni autónomo, sino escindido entre el lenguaje y su individualidad, entre el decir y el ser.
Para la teoría lacaniana el lenguaje no es un conjunto de sonidos sino toda una red circundante cuyos efectos producen impresiones y reacciones, y más tarde, significados atribuibles y etiquetas, es decir, el lenguaje no es un medio de traducción de pensamiento, es un conjunto de discursos y maneras de dar significación al mundo.
En este sentido
La diferencia de los géneros precede a la diferencia de los sexos. Podríamos decir que la diferencia está desde siempre en el orden del significante, desde donde se distribuyen emblemas y atributos de género. Estos atributos se resignificarán como diferencia sexual en el camino de las identificaciones que llevarán al sujeto humano a ser hombre o mujer, o cualquier combinación de ambos. 11
Para Frida Saal lo femenino y lo masculino no posee ninguna esencialidad natural, adquiere diferentes modalidades acordes a una historicidad socialmente determinada y con variantes en el tiempo y en el espacio, sin embargo, considera que lo que conserva un carácter estructurante y fundante es la diferencia sexual que es un efecto del significante Falo, de la represión originaria, de la tachadura que funda al sujeto diferenciándolo del Otro.
El psicoanálisis plantea una estructura para abordar la sexualidad, lo masculino y lo femenino. Esta estructura básica de lo social es el complejo de Edipo, donde un sujeto será ubicado de una cierta manera en la cultura, es una red social donde el sujeto adviene, es un modo operacional donde el sujeto se constituye a partir de su relación con el orden simbólico o la cultuira que lo ubicará en una posición sexuada, en un lugar desde donde ejercerá la sexualidad. No se trata de personajes (papá, mamá, hijo) ni de roles afectivos, sino de funciones. El complejo de Edipo es el modo en el que el psicoanálisis vincula la ley con el sujeto y por ende, con lo social y con el mundo. Dicha ley básica es la ley de prohibición del incesto para cualquier sociedad, ley que consiste en promover la prohibición del goce (el placer que duele), es decir del uso y abuso de un sujeto poderoso sobre otro menos fuerte, o del retorno a una posición de ser gozado, so pena de no tener una cultura de intercambio con otros fuera del espacio familiar, en cualquiera de las formas jurídica que ésta adopte.
Frida Saal12 afirma que el camino de las identificaciones que llevarán al humano a ser hombre y mujer, por el que la carne deviene cuerpo a través del reconocimiento de la unificación significante en una imagen especular, sólo se podrá lograr gracias al soporte deseante de algún otro que convalide lo que culturalmente llamamos la función materna, que unifica lo fragmentado a la vez que separa al yo del no-yo, es decir, al uno del otro, uno alienado todavía en la imagen del otro, cuerpo hablado genéricamente por el otro, que tendrá que devenir hablante a partir de la instauración de su deseo. Esto que se llama la dialéctica del Uno y del Otro es condición necesaria para que pueda haber sujeto de cultura. Ciertamente en este momento (determinado por una temporalidad lógica y no cronológica) el género y la diferencia anatómica (como presencia y ausencia de pene) aunque tempranamente es percibida por el niño o la niña, no se hace significativa para él o ella (aunque para la sociedad sí) hasta la incidencia de la amenaza de castración. Amenaza proveniente del orden simbólico como prohibición del incesto (entendida como prohibición de la transgresión de la ley estructurante y diferente en cada sociedad) que resignifica la diferencia anatómica y al género, dando relevancia y organización, retrospectivamente (a prés coup), a la percepción. Así la percepción del género, no deriva directamente de la anatomía, sino de la organización significativa: complejo de castración, temor levantado por la separación, ante el cual se guarda no el órgano sino el símbolo de completud, el Falo.
La ausencia de un tercero, la complementariedad absoluta del niño con la madre, conlleva a la autosuficiencia diádica cuya prueba clínica la encontramos en la psicosis infantil.
La castración (asunción de no ser todo) relacionada con el complejo de Edipo, es estructurante y fundante de la subjetividad, de la asimetría con la que, tanto la niña como el niño, se instalarán e su sociedad.
El niño y la niña en un principio deben ser uno y no son ni lo uno ni lo otro (femenino o masculino), aunque al mismo tiempo, son niño y niña porque el género está desde el principio en el lenguaje y en la ley de prohibición del incesto que han hecho hombre al padre y mujer a la madre.
La diferencia sexual se funda por la castración que marca al hombre y a la mujer en un doble movimiento: de prohibición y de promesa, promesa de algo que no podrá ser alcanzado, pero que los instala en la búsqueda de aquello que los complete. En nuestra cultura, en nuestro lenguaje, existe sólo un significante del deseo de completud, el falo, ese objeto satisfactor del deseo, que se encuentra perdido desde siempre, “si se tiene no se es y si se es no se tiene” 13
El Falo abre el acceso a la sexualidad porque el sujeto, sólo en tanto incompleto, tiene lugar para algún otro (que no puede ser uno mismo) que pueda instalarse ahí, aún en su inadecuación fundamental. La sexualidad es llamada masculina o femenina en tanto posición relacional frente a la otra, o a lo otro. Lo masculino y lo femenino son maneras de ligar la mismisidad con la otredad y no un efecto de los órganos ni un designio anatómico.
De esta manera, se entiende la diferencia sexual como la construcción psíquica de lo femenino y lo masculino entendidos como posiciones relacionales (independientemente del órgano genital) estructuradas a nivel del inconsciente, más allá del yo de las identificaciones genéricas construidas socialmente.
Estarán en posición masculina quienes coloquen a su compañero como objeto causa de deseo, quienes se identifican con el portador de la insignia fálica, es decir de símbolos de completud y cuyo goce sea fálico 14 .Estarán en posición femenina quienes se relacionen con su pareja en tanto falo, en tanto aquello que completa a sus compañeros y que apelan a un goce otro diferente15 suplementario y no están comprendidas en el goce fálico, porque no hay un signo, una insignia con la que puedan identificarse para crearse la ilusión de completud. El orden simbólico, la cultura, se muestra incapaz de darle un signo, no hay más que el signo de la ley de los hombres. En este sentido la teoría psicoanalítica confirma la idea de que la cultura es falocéntrica, por eso se propone ir más allá del falo.
Se trata de cuestionar el orden simbólico y proponer otro, otra cultura que no gire alrededor del goce fálico,es decir, de la presunción de la tenencia (fantasmagorizada en los títulos, en los coches, en los hijos, en las casas, en las joyas, etc.)16, del predominio de la pasión y la ilusión de tener insignias que supongan la completud , que vuelve tiránicos a los hombres, cuando en virtud de su pene, creen tenerlo.
La falocracia es la manera en que la diferencia se organiza como apropiación diferenciada de privilegios y poderes, es decir, del ordenamiento jerárquico de dominación y sumisión. Estos son los efectos sociales de la diferencia sexual de los cuales, los estudios de género pueden dar cuenta para revertirlos.
La diferencia sexual no se puede cambiar, pero sí los efectos sociales, es decir, se pueden encontrar modos para que esa diferencia sexual ( diferencia de la mismisidad y la otredad) no se traduzca en desigualdad. 17
La utopía sería, entonces, llegar a un mundo donde las diferencias sean hechas a lo largo de líneas más equitativas.
¿Qué es lo que la teoría psicoanalítica puede aportar a la teoría feminista?
Ragland Sullivan 18 afirma que lo que puede aportar Lacan al feminismo, es una ilustración del lugar del hombre y de la mujer dentro de una historia de estructuración, simbolización y significado.
Para Marta Lamas “el psicoanálisis hace el recuento más completo de la constitución de la subjetividad y de la sexualidad, así como del proceso mediante el cual el sujeto resiste y se somete al código cultural a partir de cómo se simboliza la diferencia sexual” 19 y
nos permite desentrañar la especificidad de las imágenes y los signos singulares que dan cuenta de la posición de cada individuo como sujeto deseante, por eso, es necesario analizar casos singulares. Además nos permite situar a las mujeres como sujetos en devenir, no como sujetos definidos por lo que son sino por lo que aspiran ser. Si se define a la feminidad es porque supone un cierre para abordar su estudio, pero nunca como definición verdadera y definitiva.
NOTAS:
1 Burin Mabel, Género y psicoanálisis: subjetividades femeninas vulnerables en Dio Bleichmar y Burin (comp), Género, Psicoanálisis y subjetividad, Madrid, Siglo XXI, 1999, pag. 64
2 Ibidem. pag. 73
3 Dio Bleichmar, Emilce, El feminismo espontáneo de la histeria, Madrid, Siglo XXI, 1991. pag.4
4Ibidem
5 Op.Cit.Burin, 1999, p.79
6 Op.cit. Dio Bleichmar 1991, p.10.
7Ibidem. p .26.
8 Tubert, Silvia “Psicoanálisis, feminismo y posmodernismo” en: Dio Bleichmar y Burin (comp), Género, Psicoanálisis y subjetividad, Madrid, Siglo XXI, 1999,pag. 299.
9Rubin Gayle, “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo” en: Rev. Nueva Antropología, México, Vol III, No. 30, 1998
10Lamas, Marta, “Género, diferencias de sexo y diferencia sexual” En: Debate Feminista, México, Año 10, Vol.20, octubre 1999, pag. 84-106.
11Saal, Frida, “Algunas consecuencias políticas de la diferencia psíquica entre los sexos” En Lamas y Saal (comp.) La bella (in)diferencia, México, Siglo XXI, 1991, p.19.
12Ibidem.
13Lacan, Jaques Las formaciones del inconsciente, Buenos Aires; Nueva Visión,1976.
14Goce falico: Placer que duele ubicado en la presunción de la tenencia, goce de tener (carros, títulos, hijos), goce que se circunscribe al órgano sexual, predominio de la pasión y la ilusión de tener insignias fálicas, goce que vuelve tiránicos a los hombres, es decir , sentir que lo que tengo me hace y me hace gozar (Helí Morales, 2001)
15 Goce llamado femenino que no se reduce a una zona específica del cuerpo, es el cuerpo todo como geografía extendida del Goce, no se circunscribe al tiempo de la erección, que empuja con lo infinito, con lo absoluto, con el abismo, atentando contra los límites del goce fálico, contra los símbolos fálicos y que convoca a lo divino (Helí Morals 2001)
16 Porque estos objetos hacen función de fantasmas o velos que cubren la carencia, pero no son lo que falta.
17 Lamas,Marta , El género, la construcción social de la diferencia; México, PUEG/UNAM; 1996.
18 Ragland Sullivan, Ellie, “Jacques Lacan, Feminism and the problem of gender identity”, en: A reader in feminist knowledge, Londres y Nueva York, Sneja Gunw, Routledge, 1991, p. 202-223.
19. Op. Cit. Marta Lamas 1999 pag.98
