
La Letra Ausente
www.laletraausente.com
SECCIÓN: EL NICHO DE LO ABSURDO
BALANCE Y PERSPECTIVAS DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL DEL 86 EN LA UNAM
Entrevista con Alfredo Velarde
Por: VÍCTOR ALVARADO GARCÍA
Alfredo Velarde (AE en adelante): Al momento en que se presenta el documento del tristemente celebre rector Jorge Carpizo, Debilidad y Fortaleza de la UNAM, en el seno del movimiento universitario lo que existía era en realidad un universo, una geometría política muy basta, que me atrevería a definir como un archipiélago de movimientos colectivos estudiantiles que se podían caracterizar por su atomización, por sus fuertes diferencias ideológicas y por una prácticamente inexistente capacidad de unirse para trabajar en sintonía frente a los grandes problemas nacionales.
El Plan Carpizo irrumpe en el contexto en el que ya hay síntomas inequívocos de la imposición a rajatabla del capitalismo salvaje de credo neoliberal. El gobierno de de la Madrid había logrado efectivamente iniciar, con su demagógica política de reconversión industrial, lo que los neoliberales hoy denominan las reformas estructurales de primera generación. En ese sentido el movimiento estudiantil estaba totalmente fragmentado. Algunas escuelas marchaban juntas solo en ocasión de la conmemoración de efemérides: 2 de octubre, 10 de junio; ese tipo de cosas.
Yo creo que el detonante que va a crisolar la formación del Consejo Estudiantil Universitario son las asambleas universitarias; estas, desde mi punto de vista, son el antecedente directo de lo que va a ser el CEU. Las asambleas por escuela permitieron establecer una bandera de lucha común, lograr esa amalgama, ese movimiento que rápidamente salta a la conciencia pública de la institución -no sólo en la universidad sino a nivel nacional - y yo creo que eso es lo importante de este momento histórico.
La letra ausente (LA en adelante): Mira, lo que a todos preguntamos inicialmente, un poco para meternos con algo que creemos se ha hablado poco y que a los entrevistados les ha costado trabajo responder, es ¿qué significó en lo personal aquel movimiento?
A V: En mi caso fui digamos de la oposición de izquierda a los históricos, a la corriente histórica. Sin embargo tuve, durante una larga etapa del movimiento, un diálogo en muchos planos sostenido en el tiempo y en el espacio con ellos. A algunos los había conocido desde el bachillerato; Mireya Imaz y Claudia Sheimbaum habían sido compañeras en el Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Sur. Las diferencias que más tarde tendríamos de manera muy exacerbada se habían perfilado desde aquellos tiempos del Colegio de Ciencias y Humanidades. Recuerdo que en los tiempos del bachillerato Claudia y Mireya tuvieron una participación visible, en la primera línea de interlocución de las declaraciones políticas y demás, y que participaban, aunque no directamente, en el movimiento de los estudiantes socialistas que eran como las juventudes del PC de entonces. Nosotros éramos Asamblea General; teníamos una participación más de base y más auto centrada en la horizontalidad en toma de decisiones. Pero fuimos influidos fuertemente por las corrientes comunistas radicales y por el anarquismo, como es mi caso. En la actualidad no tengo ningún empacho en autodefinirme como anarco comunista y si me apuras a que suelte la lengua hasta utópico y posindustrial. Para mí sí fue muy sorprendente la experiencia de este movimiento; me orientó a enfatizar la importancia de ese momento histórico concreto y la participación en el sector estudiantil.
Había participado de antemano en el movimiento estudiantil, porque había sido estudiante de sociología rural en la Universidad Autónoma de Zacatecas. Había participado en la creación de las casas de estudiantes; traíamos esa onda un poco maoísta de salir al pueblo y habíamos sido victimas de la represión, fuimos detenidos etc. Yo fui expulsado de allá por mi participación muy visible. Algunos de nosotros pensábamos que el movimiento estudiantil era simplemente una correa de transmisión que nos iba a permitir insertarnos en el movimiento real, que para nosotros era fundamentalmente el movimiento obrero, el movimiento campesino y en alguna medida el movimiento urbano popular.
Las organizaciones en las que habíamos participado teorizaban esto; el sector estudiantil era para nosotros una mecha, una correa de transmisión, un espacio que tendía el puente a la participación más importante, que para nosotros era el movimiento obrero. De hecho así lo hicimos.
El movimiento del 86-87 representó la gestación de la respuesta estudiantil contra el principio de autoritarismo que intentó establecer la rectoría; representó la posibilidad de articular un grupo fundamentalmente inspirado en las ideas de José Revueltas en torno a la autogestión académica y, de hecho, conformamos al interior de la asamblea de la Facultad de Economía -porque yo era estudiante de la Facultad de Economía en ese momento-, el Colectivo Autogestivo Universitario. Un grupo que nos permitió, entre otras cosas, formar una corriente de opinión muy importante desde el principio del movimiento; desde las famosas tres asambleas universitarias hasta el momento de la elección de los delegados al Congreso. De los tres asientos que en Economía existían, para los representantes por escuela, nosotros siempre tuvimos una representación. Fui, durante la etapa de la representación de los delegados por escuela, uno de los tres votos que tenía la Facultad ante el Consejo Estudiantil Universitario.
Para nosotros fue un momento muy importante, porque habíamos tenido quizá un encuadre poco enfático en la relevancia y en el papel que estaba llamado a cumplir el movimiento estudiantil en esta etapa de imposición a rajatabla de las políticas neoliberales. En ese sentido para mí fue muy importante porque me permitió como tomar una revancha de lo que había sido hasta entonces bastante marginal. En Zacatecas habíamos participado en las experiencias de los Frentes Populares y en realidad nunca fuimos capaces de hacer prender un movimiento estudiantil como sucedió aquí. Evidentemente no fue producto de nuestro trabajo o de nuestro concurso en el movimiento, sino de una participación que yo me atrevería a afirmar de varias decenas de colectivos estudiantiles, en los cuales tenía participación el movimiento estudiantil desde la estructura de educación pública media superior y superior.
Diría que el CEU representó, en esa etapa que nos tocó vivir como estudiantes activos organizados y movilizados contra el plan Carpizo, la experiencia probablemente más importante del movimiento estudiantil en América Latina.
Algunos de nosotros concluimos nuestros estudios al calor del propio movimiento y seguimos la larga ruta de la confrontación fraccional que se da al interior del CEU a propósito de si el levantamiento de la huelga se daba en un contexto de victoria o de derrota. Hoy pienso que ese debate que prendió la controversia al interior de las corrientes estudiantiles agrupadas en el CEU estaba preñada de una buena dosis de subjetividad, porque evidentemente se había ganado. Nuestro triunfo representaba por lo menos la declaratoria de la rectoría de la suspensión del paquete de las tres principales contrarreformas: la modificación al reglamento general de exámenes, inscripciones y pagos.
Pero si bien el movimiento estudiantil había triunfado, quienes consideramos incorrecto los términos bajo los cuales la huelga había sido levantada entendíamos - y creo que a la postre la historia nos dio la razón - que habíamos levantando la huelga con un ofrecimiento de las autoridades que para nosotros representaba en realidad un plato de lentejas. O sea, había una declaración explícita de la rectoría en el sentido de que iríamos a un Congreso Universitario y si bien teníamos la idea de que el Congreso Universitario iba a representar el espacio político de resolución integral de la diferida problemática universitaria, no nos quedaba claro que las autoridades se comprometieran explícitamente a conferirle un carácter resolutivo y mucho menos que se comprometieran a llevar a cabo los acuerdos en un sentido transformador integralmente de la universidad. Teníamos claro que la burocracia universitaria jamás iba a operar ningún acuerdo que atentara contra el poder que ejercen en la universidad o que fuera en contra de sus propios perversos intereses.
Para nosotros no podía aceptarse una solución intermedia, una declaración de empate técnico a resolverse en el Congreso, porque las autoridades continuaban teniendo la sartén por el mango.
Para el Congreso del 90 fui el delegado de Economía más votado; en el proceso de elección de delegados fui testigo de la inversión de la correlación de fuerzas al seno del movimiento estudiantil expresada en el Congreso; las autoridades obraron con eficacia y tuvieron tiempo para desactivar el potencial gestado en su momento por el CEU. Por nuestra parte, como resultado del trabajo que no dejamos de realizar, la Coordinadora Ceuísta de Izquierda llevó más delegados al Congreso que la corriente histórica del CEU. El CEU se durmió en sus laureles, de ello dimos cuenta en un documento muy largo que laboramos gente como de 15 escuelas en el que hicimos un balance de lo ocurrido hasta entonces. Decíamos que la propuesta del Congreso Universitario había conducido a un impasse al movimiento universitario. Las autoridades no habían logrado imponernos las cuotas, no habían logrado imponernos las modificaciones al reglamento general de inscripciones y exámenes, pero sin embargo se habían portado verdaderamente impermeables a cualquier iniciativa que implicase la transformación de la estructura de gobierno de la UNAM.
Por ejemplo: el lacerante problema para la vida universitaria en general de los dispositivos verticales que sostienen la elección antidemocrática del rector y de las autoridades que tienen en sus manos el destino de nuestra universidad., eran asuntos que ellos habían vetado discutir de antemano. Incluso algunas de las sesiones más encendidas en la plenaria del Congreso Universitario estuvieron preñadas precisamente por aquel famoso documento que filtraron las autoridades que se llamaba “Lo que no”; o sea, lo que las autoridades no iban a aceptar discutir bajo ninguna circunstancia.
Sin embargo, dada la dinámica del proceso y ante la imposibilidad de que en ese momento los acontecimientos pudieran ser de otra forma, nosotros nos vimos urgidos por la necesidad de entrar en el proceso de elección de delegados. Recordemos que entre el fin de la huelga y la realización del Congreso se llevó a cabo el proceso de la elección de los integrantes de la famosa COCU; aquella comisión que tuvo como encargo la organización del Congreso Universitario, en la que nosotros no participamos.
Uno de los partidos que tenía presencia orgánica y actividad al interior del movimiento estudiantil del Consejo en ese momento era el PRT, recuerdo que la postura más cercana a la nuestra había sido la de Maria Luisa Ceja una delgada que sí participó y quedó como representante en la elección a la COCU y que al final se vio obligada a poner en cuestión y a denunciar con su rechazo la forma en que se estaban amarrando las condiciones para establecer las reglas del juego del Congreso Universitario. Con acciones como esta, nosotros nos mantuvimos desde el levantamiento de la huelga como una corriente con muchas diferencias tanto tácticas como estratégicas respecto a la llamada corriente histórica. Incluso cuando surge la convocatoria al Congreso Universitario dimos una discusión muy fuerte con lo que había sido la vieja base de brigadistas llamada En Lucha; lo miembros de En Lucha ni siquiera estaban dispuestos a participar en las elecciones para elegir delegados. De hecho En Lucha sólo llevó una delegada que fue Sonia. Nosotros, por nuestra parte, nos dedicamos a hacer un trabajo muy sistemático de definición programática y elaboramos probablemente la plataforma académico política más completa del Consejo Estudiantil Universitario.
Si bien continuamos siendo el CEU mantuvimos la autonomía de nuestro pleno y de nuestro trabajo en relación a las reivindicaciones y las banderas del movimiento estudiantil. Para ese momento el grado de desgaste y deterioro de nuestra relación con los históricos era mayor, particularmente en lo referente a la cuestión de los liderazgos rotundos.
Yo estaría dispuesto a reconocer que Toño, Carlos e Imanol tuvieron una participación muy destacada en esto que alguna vez describí en algún escrito como liderazgos rotundos, pero no eran los únicos y, me atrevo a afirmar, ni los más importantes. Ellos establecieron una lógica, una manera de hacer política, que privilegiaba mucho la interlocución con las autoridades. Probablemente el error nuestro, no creo que haya sido un error sino haya sido mantener una posición principista - quizá más atrincherada en la ética-: nosotros en general no podíamos hablar con las autoridades.
Los acuerdos locales que logramos establecer en algunas escuelas, en el periodo de tres años que va desde 87 hasta la realización del Congreso, generalmente eran producto de movilizaciones locales y generales muy específicas. En ese sentido la movilización universitaria representó para cada uno y en lo general una gran experiencia política, política y militante.
Si realizáramos un seguimiento de los egresados de esa generación de activistas advertiríamos la presencia en los movimientos sociales, a todo lo largo y ancho del país, de gente muy importante venida del CEU. Incluso hubo algunos “mal nacidos” en el movimiento estudiantil que terminaron lamentablemente al servicio de posturas institucionales; qué digo, incluso en la rectoría o incorporados al PRI. En general a los compañeros de corrientes más cargadas hacia la izquierda, radicales, liberales o anarquistas los encuentras en la academia, en el movimiento urbano popular, en lo que queda del mundo sindical o los encuentras haciendo filas en el PRD.
Recuerdo muy bien a gente como Dionné Anguiano o como su propio marido, etc., en esa época jalaron con nosotros, eran parte de la corriente ceuísta de izquierda y luego se sumaron a los históricos. Los recuerdo como muy firmes en nuestra posición y sin embargo con el paso de los años los encontramos en una posición abiertamente socialdemócrata, en una posición fundamentalmente anclada en la vieja cultura de hacer política y en un partido político con un ideario extraordinariamente oportunista y reformista. Por otro lado hemos encontrado gente que hizo filas con nosotros en el movimiento estudiantil formando filas en movimientos político-militares. Es decir, la experiencia del movimiento del 86 fue tan rica, que más allá de la defensa que se hizo del principio de gratuidad en la estructura pública de educación media y superior, fue también una cantera de muchos de lo más importantes cuadros políticos que todavía hoy tienen cierta presencia en distintas organizaciones sociales, civiles y populares. Y me parece que esto es lo principal tanto en mi caso como en el caso de muchos compañeros.
L A: Algo que se ha comentado reiteradamente en las entrevistas es que el CEU fue un movimiento que trascendió su momento y educó políticamente a más de una generación de jóvenes; se dice incluso que se establecieron ciertos rasgos distintivos del ceuísta, ¿Tú cómo ves esto, reconoces un estilo CEU, hay diferencias, ideológicas, tácticas en los ceuistas?
A V: Si de lo que se trata es de buscar una suerte de común denominador, respecto a un pequeño conglomerado de rasgos distintivos de lo que podría considerarse “un perfil ceuísta”, que resulta de una muy particular inmersión activa y militante en el mundo de la política, yo creo que sí se pueden encontrar algunos rasgos de identidad. Una identidad forjada a contra flujo de la anomia generalizada, de la despolitización de una generación con grados de participación política extremadamente pequeños. El ceuísmo sí representó la mejor línea de continuidad histórica con movimientos que le anteceden en el tiempo y en el espacio. Estoy pensando no solo en el primer CEU en 1966, el primer Consejo Estudiantil Universitario; estoy pensando en el Consejo Nacional de Huelga y el movimiento del 68; estoy pensando en el movimiento del 71.
Al estudiante ceuísta le tocó la estafeta de la continuidad histórica para enarbolar, de nueva cuenta, el estandarte del movimiento estudiantil que confronta el principio de autoritarismo que sostiene a la burocracia universitaria en sus grandes agregados, y que vuelve a establecer el reclamo de la construcción y la puesta en juego de un elemental democracia política que norme la vida, la elección de autoridades, el presente y el destino de nuestra universidad.
Después del 86 – 87 viene la coyuntura 88y la llamada corriente histórica del CEU se incorpora de una manera definida y franca al proyecto constitutivo del Frente Democrático Nacional. Algunos van a hacer filas en el Cardenismo y se incorporan en la lucha contra el fraude electoral; tenemos algunos conspicuos diputados o ex diputados que también hicieron filas en el movimiento.
En ese sentido te diría que el ceuísta, si tratáramos que rastrear un poco sus características arquetípicas, se convirtió en un estudiante negado a seguir desorganizado; en un estudiante fundamentalmente preocupado de manera muy notoria por la grave situación a la que el Rector Carpizo, después Sarukhan, conduce al Universidad; un estudiante que vuelve a poner los acentos en la necesidad de la contestación política; la del CEU se convierte en una generación particularmente politizada en un sentido duro. El movimiento estudiantil del CEU fue, en virtud de ser una corriente estudiantil que se formó en la cultura critica que nos había legado el 68, un movimiento que estableció una dinámica de continuidad de las luchas históricas más importantes del movimiento estudiantil de México y de América Latina. Es decir, los rasgo de continuidad no tienen que ver sólo con el CEU del 66 o con el movimiento del CGH del 68, sino tiene que ver con la reforma universitaria de Córdoba, Argentina; estos casos se dieron en Perú, Uruguay y en Brasil.
Un efecto muy importante que tuvo el Consejo Estudiantil Universitario fue haber influido al sector estudiantil a nivel nacional, al grado tal que, inspirados en la experiencia organizativa del CEU, los estudiantes del politécnico darán vida, casi dos años después, a la Coordinadora Estudiantil Politécnica. Hace poco murió “el pariente” uno de los principales lideres de la Coordinadora Estudiantil Politécnica; lo estábamos recordando con compañeros que me invitaron a hablar en las relaciones entre el CEU y la CEP que se dio mucho al calor de la integración del Frente Democrático Nacional.
En particular no fui Cardenista: pelee contra el fraude electoral del 88, fui madreado en la lucha contra el fraude lectoral del 88 pero no hice filas en el Cardenismo propiamente definido como tal. Incluso en el 88 es la única vez en mi vida que he votado a contrapelo de la tradición anarquista de la que vengo, muy astringente a la lógica electoral. La participación electoral de una izquierda que no lo es representa desde mi punto de vista un grave error porque legitima un dispositivo profundamente antidemocrático e ilegal que sólo opera en función de sus propios intereses; lo acabamos de ver el 2 de julio en este país. La impotente izquierda mexicana –entrecomillaría lo de izquierda mexicana- lleva dos décadas dando vuelta a la noria electoralista y al culto por el sufragio universal, en un país en el que la política electorera ha puesto al descubierto los intereses a los que se vincula y su verdadera utilidad. El camino electoral ya no es transitable para una izquierda genuina que no se resista a serlo.
El CEU marca un punto de continuidad con lo mejor de las luchas estudiantiles de México y América Latina y al mismo tiempo un punto de ruptura respecto a las experiencias anteriores porque en la mayor parte de los casos los movimiento estudiantiles en el país, y yo venía de esa cultura militante del movimiento de masas, eran movimientos estudiantiles que existían en función a la solidaridad y al apoyo con las organizaciones revolucionarias de Centroamérica. Me acuerdo que en el CCH nosotros hacíamos colectas de dinero para comprar parque para el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional. Algunos anduvimos en Nicaragua en campañas de alfabetización y algunas de esas gentes que anduvieron por allá, y que después harían filas en el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, en aquel momento estaban haciendo lo mismo que nosotros estábamos haciendo por el carril estudiantil.
Esto es interesante porque así como hay elementos de continuidad con lo mejor de estas luchas también hay elementos de ruptura. Uno de los elementos de ruptura más importantes es que a diferencia del movimiento estudiantil del 68 el movimiento del 86 desborda los muros de la Universidad y reclama democracia en un país sometido y adiestrado hábilmente por una dictadura perfecta originada por el proceso de perversión de los ideales y los principios de la Revolución Mexicana.
El movimiento del CEU es un movimiento de autognosis que se vuelca hacia dentro de la universidad, empieza a repensar la universidad y formula una concepción de la universidad que es profundamente subversiva frente al gastado cannon instituido de la universidad que, para decirlo en la jerga althuseriana, de la universidad como aparato ideológico del Estado. Luego entonces, frente a esa concepción de la universidad como instrumento de la clase dominante, para formar los cuadros y las concepciones de la ciencia y del que hacer científico que el capital requiere para reproducir y refuncionalizar su dominio económico, político, social y cultural, el movimiento estudiantil universitario del CEU retoma las banderas de la transformación de la universidad para que sus egresados hagan propias las reivindicaciones de lo mejor del México de abajo.
Nosotros planteamos que la mejor contribución que podíamos darle al país era democratizar la universidad, dar fin al autoritarismo y la antidemocracia que caracteriza la “elección" del rector y la junta de gobierno; nosotros propusimos dignificar la lamentable y vergonzante condición que al interior de la universidad padece el más del 70% de académicos como profesores de asignatura sin ninguna posibilidad, en la medida en que la Legislación Universitaria se viola impunemente o se aplica según el interés y de manera privilegiada por las autoridades, de mejorar su condición; propusimos transformar esta universidad absurdamente puesta al servicio de intereses antisociales, actualizar su curricula, modificar sus positivistas planes y programas de estudio, reformular consistentemente su pedagogía, los procesos de enseñanza aprendizaje; propusimos la creación de comedores y cafeterías, esos espacios tan temidos donde las letras, la palabra, la disertación y el erotismo puedan circular.
Recuerdo los debates que sostuvimos con Imanol Ordorika para definir las posturas del Consejo, planteamos la subversión del proceso de enseñanza-aprendizaje y aquello que a nosotros nos interesaba particularmente y que habíamos retomado de los sólidos principios que dieron fundamento, consistencia y originalidad al Colegio de Ciencias y Humanidades Nos manifestamos a favor de la pedagogía activa, científica, critica y libertaria, y a favor de la autogestión académica pedagógica.
Nosotros nunca fuimos, como pequeño colectivo autogestionario, un grupo que pesara mucho en las decisiones del CEU. En nuestras discusiones hacíamos un balance de lo poco que sabían de pedagogía los activistas hegemónicos, particularmente los “tres reyes magos” Santos, Imanol y Carlos. Nosotros estábamos convencidos que teníamos la razón en el cuestionamiento académico pedagógico pero no encontramos el eco que buscamos en el Consejo Estudiantil Universitario.
La propia alianza que nos va a llevar a entrar en la lógica de brigadistas y de todo este conglomerado de fuerzas opuestas a “los históricos”, sirvió para desarrollar muchas cosas en términos de organización estudiantil, de lucha, de interconexión e interlocución con el movimiento estudiantil del todo país y demás, pero no logramos que nuestras posiciones fueran mayoritariamente recogidas ni siquiera por los históricos que encabezaron este movimiento.
Finalmente diría que lo esencial del movimiento estudiantil del 86 consistió en que hizo posible la recuperación de las demandas más importantes de las luchas del pasado y en el hecho de que por primera vez en la historia de los movimientos universitarios estuvimos al alcance de la posibilidad de transformar integralmente la universidad, incluyendo la democratización de su estructura de gobierno, y no lo hicimos. Ello implicaba modificar la relación de la universidad con sus procesos de producción, reproducción y recreación del saber, y también la redefinición de una serie de cuestiones que tenían que ver con las labores de extensión universitaria. En verdad que de habérnoslo propuesto estuvimos a punto de hacer posible la reconstrucción de una propuesta de formación alternativa que permitiera a los universitarios ingresar en el mundo de la economía del trabajo y en su relación multilateral con lo social de una manera resignificada que pusiera su preparación y potencial cultural e intelectual al servicio y a favor de lo propiamente humano.
A pesar de que los logros no fueron los deseados y aún así, he encontrado egresados de esa generación de activistas haciendo trabajos muy importantes en la política ambiental del país, en la política de derechos humanos, en la política alternativa en muchas dimensiones y he encontrado gente haciendo filas en la guerrilla.
Como vemos, con todo y lo que está por ser y por hacerse ¡Por supuesto que el movimiento estudiantil del 86 fue y sigue siendo importante!
NOTA: Del movimiento universitario del 86 aún existe mucho que decir y también mucho que aprender, invitamos a nuestros lectores a documentarse. Por nuestra parte hacemos la promesa de publicar, con el sello de La Letra Ausente y muy probablemente coeditado con la UNAM, un libro, en el que ahondaremos, a través de diversas entrevistas, en torno a este tan importante acontecimiento.
