
Presentación
JESÚS NAVA RANERO
LA APUESTA ANARQUISTA
En el número cinco de esta propuesta editorial, dedicado a los movimientos que por el lado de la apuesta rebelde han logrado con su estilo su presencia en el tiempo, llamamos a saber, haciendo un paso doble con Guy Landreau,(1) que los griegos tenían la lozanía de llamar al discurso de razón discurso de amo.
Esta lozanía de llamar a las cosas por su nombre se ha perdido porque el amo y sus astucias lograron imponer, por el lado del Imperativo Categórico, la episteme de la Razón como el fundamento esencial del Occidente.
La Iglesia, lo sabemos, condenó la carne y las cosas de la carne; para ello impuso como deber ser del sujeto medieval el estado de obediencia y de alabanza a eso que ellos, sin el menor respeto por lo sagrado, llamaron Dios y usaron como dispositivo de sometimiento y de dominación. Así, desde el principio de lo que se dijo la Nueva Era el sujeto dividido como carne y alma debía alcanzar, como mandato esencial de su existencia, liberar el alma que en préstamo Dios le tenía asignada de los “malos espíritus” que contra ésta se alzaban vía la carne.
Es sabido que los así llamados demonios de la carne no sólo no lograron ser sometidos por los procedimientos más brutales ni con el fuego “purificador” al que fueron arrojados los herejes que intentaron elegir para su vida una opción diferente, sino que estos demonios de la carne alcanzaron también a los jerarcas de la iglesia y a sus más cercanos súbditos, hasta hacerlos sudar, en aquellas orgías contadas por la historia, del puro y más mundano diabólico placer.
El sujeto del renacimiento también fue un sujeto dividido, pero esta vez el alma paso discretamente, y casi de manera imperceptible, a posesionarse científica y categóricamente en el lugar de la Razón. De lo que se trato fue de mantener la misma confrontación pero de manera diferente; la razón opuesta al cuerpo. Esta vez la razón debía alcanzar la soberanía sobre el cuerpo sometiendo al cuerpo con las armas dispuestas por la ciencia y el conocimiento llamado científico. Ya no era Dios la escusa, ni los principios provenientes del pervertido campo de lo religioso que los mercaderes del templo habían convertido ya en mercado, el fundamento de la intervención.
Vía la ciencia y las aportaciones de la ciencia al servicio del dispositivo, el cuerpo debía ser estudiado y diseccionado hasta sus más profundos recovecos y escondrijos para que nada de este cuerpo pudiera irracionalmente tentar a la razón o hacerla caer. De este modo, desde la nueva episteme establecida, la sin razón fue el fundamento del mal y la maldad; obrar por fuera de la razón se convirtió en motivo de exclusión y de la intervención de los dispositivos institucionales vía la aplicación del castigo en diversos grados para redimir al convexo.
A la fecha los mecanismos y procedimientos de captura y sanción del Estado son mucho más sofisticados y también más categóricos; los “modernos” dispositivos de sometimiento y control vía la ciencia no han cesado de perfeccionarse. El dispositivo de la democracia ha resultado ser más eficaz que los hornos crematorios y la cámara de gas al justificar científica y legalmente el imperceptible y perceptible, cuando no brutal, exterminio del otro.
Porque si de algo se trata y se ha tratado en occidente y por fuera de occidente es de hacer eficaces los dispositivos de control, sometimiento y exterminio del otro llamado o etiquetado de diversas formas y diversos modos.
Lo que aquí interesa de este asunto que tratamos hoy es el cuestionamiento a las formas de sometimiento, control y exterminio del otro que operan incesantemente también y como inevitable maldición entre uno que se tiene por excluido para con otro que también opera desde el lugar de la exclusión.
Al parecer este dispositivo de exclusión de uno por otro también hace su trabajo o encarna en los sujetos que se dicen excluidos y contrarios a las operaciones con las que el poder ejerce su dominio y predominio; lo que parece ser, por su constante puesta en escena, es que el amo opera también en el esclavo; esto es que el esclavo es el amo y que el amo es aquello que retorna siempre. Sólo vasta ver el sin fin de formas y maneras diversas, tan verdaderamente sofisticadas, por las que el amo vuelve a pronunciarse e instalarse, sí, una y otra vez a pronunciarse e instalarse.
A los anarquistas y rebeldes corresponde avanzar y salir del atolladero, esto es, corresponde mostrar que a la par del discurso del amo, sostenido en el imperativo categórico de la razón como fundamento del exterminio del otro, existe otra discursividad que por fuera de la razón no ha cesado de insistir ni de hacer su trabajo; si se quiere el discurso de los “sinrazón” porque ahí donde el amo razona el rebelde piensa; y razonar, necesario saberlo, no es pensar.
Ahí donde el amo captura, controla y somete el cuerpo, el rebelde lo libera y lo recrea permanentemente; ahí donde el amo censura la diversidad el rebelde la sostiene como ideal y como fundamento.
El anarquista por el lado de la rebeldía hace creación con su pasión, apela al arte, vincula la vida con el arte, con la diversidad y el sin fin de expresiones que por el lado del arte, que también es decir más allá y por fuera de la razón, no cesan de surgir ni de mostrarse.
El anarquista rebelde viviendo vive, esto es, es uno que se resiste a entregar su vida a un otro para que este otro haga con su vida lo que el otro manda hacer.
Pero quizá sea que lo esencial de la apuesta anarquista rebelde no sea otra que su capacidad y voluntad de los anarquistas y de los rebeldes para no repetir los mecanismos de segregación, exclusión, sometimiento y exterminio, real y simbólico, del otro, que caracteriza la relación del amo-esclavo.
Más aún; si el esclavo es el amo; el anarquista rebelde es uno que se mueve del lugar del amo-esclavo, desde otro lugar.
Sostener el lugar de la rebeldía implica oponer por la vía de los hechos al amo-esclavo una otra posición por fuera y más allá de los dispositivos y procedimientos con los que este se confirma: la del rebelde.
Difícil en verdad pero posible.
¿Y si fuera imposible?
Acaso nuestra apuesta no es otra que ¡exigid lo imposible!
Un abrazo queridos lectores y lectoras; que este ramillete de bellos y frondosos textos tejidos con los hilos de la apuesta anarquista ayuden a romper lo que se dice el ojo, que es la pura ceguera, para ver.
Notas:
1.-Guy Landreau/Chistian Jambert, El Ángel, Ontología de la revolución, 1, Ucronia, Ed., Grasset et Fasquelle, Barcelona, 1976, pag., 40.