
La Letra Ausente
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SECCIÓN: LA TRAMA DEL OTRO
DEL GOCE, EL AMO-ESCLAVO Y
LA APUESTA ANARQUISTA
Por: JESÚS NAVA RANERO
Sin duda a Heli Morales por el viel de sus barcos que acompañan mi espuela.
El anarquismo no es una apuesta que ya fue o la melancólica y resignada añoranza de lo que pudo haber sido, en aquel tiempo, cuando los mercaderes que invadieron el templo sin el menor respeto por lo sagrado se dedicaron a rematar lo que llamaron cielo poniéndolo al alcance de las fieles almas desheredadas, luego de imponerles como requisito de salvación la más honda obediencia y la absoluta resignación; en aquel tiempo, en el que el Estado, legal y científicamente establecido, no era otra cosa que un hábil ensamblaje, a manera de dispositivo de exterminio del otro, mucho más sofisticado y eficaz que el horno crematorio y la cámara de gas; en aquel tiempo, en el que las instituciones generadoras de ciencia y de conciencia tuvieron como encargo producir y perfeccionar los eficaces engranajes al servicio de la maquinaria productora de capital y reproductora y reparadora de los tropiezos del Estado; en aquel tiempo, en el que el sutil encanto y los sublimes cantos de la palabra democracia producían un efecto de enajenación y alienación permanente, que hacia ceder su voluntad de poder a las colectividades y la capacidad de hacerse cargo de su propio destino y porvenir; el encanto imperceptible de la palabra democracia generaba tal efecto de embrutecimiento que los llamados hombres y mujeres libres, convencidos del pleno ejercicio de su voluntad, agotado cierto tiempo elegían nuevo amo a manera de gobernante en turno, con la esperanza siempre renovada de ser llevados o más bien conducidos a una especie de edén idealizado o paraíso terrenal; en aquel tiempo, en el que la institución llamada familia, luego de ser asimilada por los mecanismos de la oferta y la demanda, en la era de la economía neoliberal, dejó de ser el espacio privilegiado para realizar, vía los procesos de identificación, la materia que prestó fundamento a los ideales y con ello al deseo de alcanzarlos.
DRILATERO DE LA CERRAZÓN EN LA IMPOSTURA CÍCLICA A LA APERTURA EN TONOS ABIERTOS DEL SUJETO DE LA MODERNIDAD.
“El Amo está hecho a partir de la imposible armonía de los egoísmos, y la civilización no es más que un débil barniz, extremadamente frágil y rompible, una hoja opaca a los no analistas, pero perfectamente transparente sobre la barbarie y el horror.
Si la Ética freudiana, no obstante, sigue siendo la de las Luces, lo es en el sentido, y sólo en el sentido, retomado por Lacan, en que dice al sujeto, tu puedes saber, he ahí lo que es el Amo, no cedas en tu deseo”
Guy Landreau
Es probable que los sujetos que produjo la modernidad no hayan sido tan ajenos al sentido de su existencia y circunstancia en el mudo como ocurre actualmente; ni que las formas de vida enajenada hayan conocido una expresión tan a doler de hueso, ni tan a todo vértigo, como la que estamos presenciando; también es probable que en ningún otro momento eso que se dice voluntad, potencial y deseo de los sujetos, hayan sido tan eficazmente tachado; ni tampoco que, como en este tiempo que avanza sin cesar hacia formas de dominación mucho más sofisticadas, el sujeto tenido en el lugar de esclavo haya estado plagado de si mismo tan a merced del amo.
También es probable que en ningún otro momento la masificación del individualismo autista, recluido en el sublime encanto de la tecnología, haya alcanzado tales proporciones o que la resignación ante el propio deterioro y exterminio haya sido mostrada, vía la adoración de aquello idealizado como “la santa muerte”, tan al pie de la letra.
El exterminio a nivel masivo de unos por otros y la tan inhumana distancia excluyente y desconfiada entre una persona y otra, exhibidos y manipulados sin censura por la televisión, hacen gozar.
Los dispositivos de la ilusión, vía el semblante, han logrado sembrar y cultivar en cada uno la impotente certeza de ser y sostenerse en los límites de la propia libertad y la propia elección; con ello, además de gestar las más esclavizantes formas de adaptación, se ha vuelto polvo lo que en otros tiempos insistió por el lado de las movilizaciones hacia aquello anhelado y tenido como libertad y liberación.
Día a día se multiplica la frecuencia de las expresiones que insisten en que “ya no es posible pasar a otra cosa”, en que “todo siempre va a ser igual”, en que “no es posible ninguna transformación” y, desde ello, la impotente impuntual declinación asumida sin reservas de que los esclavos siempre van a ser esclavos y los amos siempre van a ser los amos.
Jamás el deterioro del planeta -mostrando en lo que oculta la terrible pesadilla del deshielo provocada por los tan anéticos y mercantiles logros científicos y tecnológicos- sumado al deterioro de nosotros mismos huyendo de nosotros mismos, había alcanzado la indiferencia que hoy mostramos; acudimos puntual, cotidiana y resignadamente al matadero de nuestra existencia con o sin esperanza de resurrección.
Por otro lado también es cierto que las deformaciones revolucionaria, celebradas como producto de la más profunda conciencia histórica, parieron monstruos y los más diversos perversos síntomas, y que, en la actualidad, tales engendros, alimentados con las migajas que los señores del poder les arrojan o dejan caer de su mesa, se siguen llamando izquierdas y se nombran a sí mismos, a sabiendas de su propio disimulo, como las fuerzas democráticas y progresistas de la sociedad.
Para colmo, instalados, sin el menor asomo de vergüenza, en una resuelta crisis de identidad, y en el confort de la despreocupada comodidad de ya no tener que salir a las calles a construir el simulacro de las resistencias, los otrora militantes de la oposición se dedican a transmitir la esperanza de la buena nueva, que alguna vez, luego de su arribo legal y legítimo al poder, también alcanzará a sus fans.
Pero no vayamos a suponer que los engranes de tan eficaz maquinaria de enajenación y perversión solo tienen que ver con los otros que no somos nosotros; o que es suficiente con mirar y estar atentos al espectáculo de la ajena degradación, para decirnos excluidos o salvados de ésta; el “otro” hace ver lo que muestran sus actos del paisaje interior que también nos habita de las maneras más manifiestamente insospechadas.
“En lo que los lacanianos ciertamente no errarán el tiro; indicando, evidentemente, que preferimos el goce a la verdad” (1)
El deseo de estar o ponerse en el lugar del amo ha dado origen a los más grandes delirios y desbordes en quienes, apenas llegados a la altura del más profundo sótano, se tienen por señores del poder y en el poder.
El amo-esclavo que llevamos puesto no solo permanentemente salta a la vista, hemos aprendido minuciosamente a ser en él, ha vivir con él. De lo que se trata es de suponer que engañamos a los otros sin engañarnos a nosotros mismos; el amo es el otro, el esclavo es el otro y en ello, a todas luces, luce la tan arropada verdad al desnudo.
Las formas de sometimiento y de resignación, se sabe, lo sabemos, son infinitamente insospechadas; en el fondo de lo que se trata es de entregar o ceder el propio deseo, y la apuesta que sostiene la diferencia radical que en cada uno se dice, a un otro que se pone y ponemos en el lugar del amo o del libertador.
Demandamos amos, esperamos, soñamos, deliramos, aguardamos al amo, incluso al Amo que sustituya al amo, esperamos pacientemente la venida del amo; la gran venida del gran amo que nos confirme y colme de infinito placer y bienestar.
El modelo que nos hizo saber a ciencia cierta que la historia avanzaba en línea recta hacia su propia realización y superación, vía el advenimiento y la forja de un mundo de justicia y bienaventuranza generalizada, no ha agotado sus límites; fieles a la esperanza de la resurrección del que vendrá a salvarlos, o a la espera de aquel que por lo pronto se haga cargo de tan tamaña responsabilidad, las masas esperan puntuales el momento de elegir a su salvador; otros, los instalados en la tradición, aguardan un marxista a la altura de los liderazgos; y los más, tenidos por fuera de toda solicitud, prefieren creer que el remedio consiste en sacarse el “melate” aunque de cierto sepan que también este tipo de señuelos y ensueños colectivos son una gran estafa.
Necesario decir que en adelante lo que se enuncia como amo-esclavo se escribe así para intentar superar, al menos por la vía de la escritura, la ilusión que hace suponer que se trata de dos; de tal forma que, en oposición a esta dualidad de lo Uno que opera en el lugar de la Verdad, sea posible intentar establecer, al menos por la vía la escritura, la apuesta rebelde por el lado de la soberanía, es decir, por el lado del más allá del amo-esclavo.
Lo que hace falta hacer para librarse uno mismo del Uno mismo, es moverse del lugar de amo-esclavo hacia el acto anarquista o la apuesta rebelde.
Si escuchamos a Freud, habría que postular que la eternización de lo que es, como efecto de verdad, afecta no solamente a la sexualidad desdichada sino a la sexualidad como tal.
Si, en cierto sentido, lo que decimos de la sexualidad vale también para el discurso; decir que el sexo es del Amo es una tautología, lo mismo que decir que el discurso del amo es el Amo. Pero si el sexo, no es el cuerpo, entonces el discurso del amo no es el discurso. Y puesto que hablamos de Occidente: la razón no es el pensamiento.” (2)
Si decimos que no hay razón de esclavo, porque la razón es del amo, no decimos que al esclavo no le sea posible pensar o que se calle; decimos que cuando el esclavo piensa y habla lo hace por fuera de los imperativos de la razón, esto es, por fuera de la posición de amo-esclavo.
“De no establecerse esta disyunción, entre pensamiento y razón, entre cuerpo y sexo, tendríamos que hablar sin más de la imposibilidad de la rebeldía.”(3)
Pero sabemos, y resulta imposible obviarlo, que el goce insiste, que el goce en cada uno hace su trabajo y, por ello, que no toda rebeldía puede ser creativa, también insiste la pulsión de muerte y con ella, el deseo de ser ruina celebrando su ruina. Ante ello no está de más decir que de lo que se trata es de impulsar la apuesta rebelde por el lado de la creación.
Más aún; de lo que se trata es de “agarrar el goce por los cuernos”, de “ganarlo” para lo que hace síntoma y genera resistencia más allá de lo que opera por el lado de lo impuesto como la verdad y el sentido de lo verdadero, de lo que se trata es de pulsar el goce por el lado de la deriva, de la persistente permanente creación.
“El goce de la pulsión de muerte retorna desde lo real para atentar contra los lazos que se sostienen en ese significante amo encargado de imponer, sometiendo al sujeto, el orden social.” (4)
Dar cabida al goce por el lado de lo porvenir es hacer apostar al Dionisio nietszcheano y, por ello, a una otra dimensión de posibilidad no racional.
Entre el amo-esclavo y el rebelde se establece una relación de continuidad; uno y otro se hacen ver, se muestran, para que nada del orden de lo que se dice la realidad permanezca inmutable, para que nada se establezca como definitivo o se eternice como verdadero; esto es, para que ninguna realidad se perturbe en el lugar de la verdad y se patologice como la verdadera.
De hecho hasta en el anarquismo rebelde, como dispositivos que se afirman en la movilidad, no cesa de insistir la tentación o el deseo de establecerse como la verdad o imponerse como lo verdadero; por ello nunca están de más las sabias pre-visiones para tenerlo en cuenta o intentar impedir ser arrastrado por esa poderosa e insistente tentación.
Si el anarquista es un otro que se manda solo, lo es en tanto logra sostener su ser y sostenerse en su ser más allá del lugar del amo-esclavo.
La apuesta anarquista rebasa el más allá del Uno del amo-esclavo porque apuesta por el lado de la diferencia y la diversidad, el anarquismo se sostiene en lo múltiple y por ello en lo diverso; apunta al no lugar, si entendemos con ello lo que hace resistencia al lugar que clausura o se establece por el lado de lo que es y debe ser. El anarquismo es siendo, el anarquista es uno que se pinta solo por el lado de la semejanza que incluye el trazo y la marca de lo personal. Los anarquistas son de a uno por uno, así sea que en la apuesta por el lado de lo colectivo la pertenencia y la pertinencia hagan lazo común.
Si decimos aquí que el anarquista es un otro que el amo-esclavo; es porque a contrapelo del gran contingente de bulímicos y anoréxicos, carentes de demanda y deseo de ser otra cosa que el síntoma del amo-esclavo (arrojados en calidad de bultos por la modernidad), el anarquista libera su deseo al ir más allá del amo-esclavo que también lo habita; el anarquista es uno que paga por ver, uno que apuesta a sostener y preservar la radical diferencia que lo nombra y confirma.
“Frente al sueño de lo absoluto, el sujeto es también lo singular, aquello que lo preserva en su autonomía, dirá Lacan, “como autónomos, pura y simple relación del ser humano con aquello con lo que se encuentra ser milagrosamente portador, a saber, el corte significante, que le confiere el poder infranqueable de ser, opuesto y contra todo, el que es” (5). Estamos ante una enorme afirmación, de algún modo el sujeto tiene también un gran poder: su singularidad, la autonomía que lo habita. Es un poder frente al sistema, al Absoluto; ante la ley como absoluto”. (6)
DE LA PERSISTENTE RELACIÓN ESPECULAR COMO FUNDAMENTO DE LA REVOLUCIÓN HISTÓRICO-DIALÉCTICA DEL AMO-ESCLAVO
El hombre es amo-esclavo o es rebelde; el que no hace de rebelde hace de amo-esclavo.
“La inmensa mayoría de los intelectuales y, en concreto, de los filósofos, está demasiado pagada, o del amor de sí misma en medio de la servidumbre, para no otorgar su veneración de pasada a lo que sólo era uno de los medios de la crítica, cuando ésta ya se ha detenido. De ahí que nuestro tiempo, que se cree crítico como ninguno, esté tan satisfecho de sí mismo, tan bien asentado, sea tan filisteo como cualquier otro; de ahí que el amo haya podido tan fácilmente convertirse en historiador ¡Y aún no hemos visto nada!
Un presupuesto idealista, tan anclado en nuestros cerebros, nos hace suponer que el saber acerca de la realidad expele a esa misma realidad, que para liberarse de una atadura es preciso conocerla, que sólo la toma de conciencia puede evitar que lo mismo sustituya a lo mismo, que la sabiduría hace libres y la ignorancia encadena, etc., podríamos continuar así mucho tiempo; el más vulgar de los temas de filosofía de bachillerato está lleno de máximas absurdas como éstas”(7)
Toda historia por el lado de la incesante repetición puede reducirse y escucharse a partir de la lucha entre quienes ocupan el lugar del amo y quienes ocupan el lugar del esclavo; aparentemente la confrontación opone dos discursos que escuchados con atención sólo son uno: el discurso del amo-esclavo.
Toda historia por el lado de la deriva, el devenir y el porvenir, se expresa en dos discursos; porque autónomo con respecto al discurso del Amo y del esclavo hay un otro discurso que es el del rebelde. Tal discurso se enuncia ya no por el lado de la dominación que renueva y repite como imperativo categórico el sometimiento o el exterminio del otro. De lo que en la apuesta rebelde se trata es de ir más allá de la trampa oculta en la dialéctica del amo-esclavo; trampa que hace ver, imaginaria e ilusoriamente, la oposición de dos donde persiste lo uno.
Necesario decir que lo opuesto o contrario a la verdad, definida como “así es”, no es el error sino la ilusión, el espejismo, el simulacro, la apariencia.
La confrontación entre el amo y el esclavo no es otra, más allá del inconsistente pero ilusorio y seductor simulacro de las apariencias, que la confrontación por el lugar del amo.
El que somete al “otro” le devuelve la imagen del lugar asignado y le dice quién es pronunciando “su” nombre, y en el nombre las marcas y los signos puntuales con que habrá de nombrarse; de lo que se trata es que el “otro” resulte ser el ser que le hace ser.
“El ciervo es su señor” dirá Rimbaud.
Desde el lugar de esclavo, que no es otro que el del ser del amo, aún antes de lograr desbancar y suplantar al amo, esencialmente el esclavo repite y retorna al amo.
Si definimos la mentira como aquello que se esfuerza por hacer pasar un discurso que pretende fundarse como diferente, introduciendo en él de manera encubierta una misma visión, podrá reconocerse en la ilusión una de las armas del amo.
Luego entonces queda claro que la política, como ciencia de la persuasión y del engaño, no es otra cosa que la perversa habilidad en el manejo de la ilusión.
El “cinismo” del amo-esclavo no es otro que la puesta en acto de un eficaz y poderoso dispositivo en el manejo de las formas más acababas de la ilusión.
La tarea esencial, de quienes sostienen su apuesta por el lado de la rebeldía, ha de ser develar, desmontar la ilusión, descubrirla permanentemente donde quiera que se presente incluyendo su praxis.
DE LA IMPOSIBLE LOCA PRETENSIÓN
HISTÓRICO-RELIGIOSA-REVOLUCIONARIA
DE ERRADICAR EL GOCE.
Toda vez que se apuesta por un otro campo de posibilidad en el que las oportunidades y las opciones de reconocimiento e inclusión operen por igual y para todos, se acude sin nombrarlo al sueño religioso que insiste en oponer, desde el más allá de todo goce, el infierno terrenal al paraíso celeste.
El sueño del paraíso, como apuesta final, demuestra la insistencia no sólo del ideal religioso que supone como fundamento, y a manera de promesa, que es posible erradicar el goce, ponerle fin al goce, librarnos del goce, acabar con el goce, superar el goce, vivir sin goce.
Lo que subyace en el fondo de las concepciones edénicas, que germinan y gestan los “más grandes ideales” a manera de utopías por realizar, es la negación y el rechazo de lo humano.
La HISTORIA no existe, porque la HISTORIA no es la suma de todas las historias. Ni tampoco el final de las historias es la HISTORIA por fin alcanzada.
Eso que se dice la Historia también ha sido el campo de batalla en el que el goce ha librado, libra y librará las más densas batallas por hacerse ver o mostrar su rostro en el campo de lo humano.
Necesario decir que el goce prevalece, como el ombligo humano, más allá de las necesidades y de las libertades satisfechas; de tal manera que es necesario tener en cuenta que no basta con satisfacer el sin fin de las necesidades de mujeres y hombres en el terreno de lo meramente económico; ni tampoco basta el imposible y desquiciante acceso a “todas” las libertades inimaginadas para que el insistente goce cese de insistir.
Por el goce habría que dejar de pensar en una historia progresiva y lineal, por el goce no hay tal linealidad, por el goce lo que llamamos “todo” vuelve a ser imposible, por el goce también es posible sostener y hacer deriva más allá de la dialéctica del amo- esclavo.
El goce no concluye por decreto o mandato de ningún amo-esclavo, ni por decreto alguno por más sofisticado o autoritario que pueda ser.
Tampoco hay manera de decretar bajo ninguna ley la supresión colectiva del amo-esclavo.
La promesa del retorno al edén o al estado sin falta es la promesa del retorno al sin goce, porque el goce es lo que hace caer, lo que provoca y produce toda “caída”.
La ley, eso que se dice la ley, es un intento de acotar el goce, de hacer producir el goce, de hacer creación del goce. También un intento de impedir que el amo-esclavo goce.
“El amo encarnado como ley absoluta no funge como mediador entre la legislación y su cumplimiento social sino como ejecutor violento de una suplantación de la jurisprudencia. Allí el amo realiza su ley, no la ley, en el campo de la crueldad. La crueldad es la acción de un poder que no acata la ley sino su trasgresión. Trasgresión realizada desde el poder, anidada en las sombras de la ley, que puede intentar legislar pero que carece de legitimidad jurídica. Crueldad: acto feroz que violenta la legalidad. El amo, entonces, se convierte en torturador y en ejecutor de una ferocidad particular de su totalidad imaginaria. La crueldad no tiene que ver sólo con la pulsión de muerte, es el ejercicio del uso del otro para satisfacer una sed de poder absoluto. Se trata de un marido transformado en Macho cabrio, de una madre transmutada en bruja del pantano, de un capitán de navío en los sótanos de la Escuela de la armada, de un judicial con su picana y su Tehuacán o de una niña frente a un perro tirado, la crueldad es la enfermedad de un poder que se vive totalitario en un acto por demás particular. La crueldad no alude a una psicología de la maldad sino al ejercicio de un poder enceguecido de totalidad. La crueldad puede ser irruptiva, o planeada desde las estrategias de la GESTAPO o la triple A.” (8)
Por el goce no hay manera de establecer la colectividad permanente, la ilusión de la gran fraternidad eclipsa y soslaya la relación de cada uno con el goce.
“Platón mismo, por otra parte, nos lo ha dicho. En ese pasaje asombroso de La Republica, en el que el amo se define precisamente por el derecho exclusivo a mentir, a contar esa piadosa mentira necesaria para la armonía, para el amor social, de la universal fraternidad de los hombres, en el que se camufla su nocturno poder.”(9)
Pero no pensemos que el goce sólo hace su trabajo por el lado de lo que apuntala el hacer del amo-esclavo; en la apuesta rebelde, el goce hace escritura, hace devenir, hace potencial y posibilidad.
El goce no cesa de insistir, una y otra vez insiste siempre, el goce perturba la razón, desborda la razón, el goce hechiza, cimbra, arremete, empodera, ilusiona, pero también hace caer, disloca, enloquece, mata.
El goce va de suyo propio en la existencia misma, existencia inmunda por ser inmersa en el orden simbólico; existencia atravesada por un goce imposible de ser sustraído que nunca cesa y por siempre insiste.
“El goce está prohibido y no solamente, como creen los imbéciles por un mal arreglo de la sociedad. No es que el Otro no deje gozar, sino que el goce le falta también al Otro, que la plenitud no es más que un fantasma de neurótico en este tiempo espantosamente atormentado por exigencias idílicas.”(9)
“Hay una paradoja en la ley, al pretender limitar el goce para fundar los lazos sociales, tiene que nombrarlo como lo “prohibido” y, de este modo, promoverlo.
El goce que la ley pretende erradicar está, por lo tanto, presente en el lazo social. Lo está hasta tal punto que se puede constatar que no solamente el ideal del yo compartido como punto de identificación simbólica es el elemento que mantiene hasta cierto punto unida a una comunidad. Hay otra cosa más allá de la dimensión puramente simbólica: una identificación común –a la vez más sólida y más silenciosa- con una forma específica de goce, es decir, con una forma específica de violencia cuyo paradigma fue, de hecho, presentado por Freud en su mito del asesinato del padre primordial.
Esta forma de violencia consiste en una exclusión: es preciso que haya Otro-identificado con el mal- que sea segregado. Esta segregación permite la construcción del núcleo real del grupo social, el núcleo que le da consistencia. (…)
El hecho de que este goce quede “fuera” del campo simbólico -donde se confunde entonces con “el mal”- determina que la única alternativa que tiene la comunidad para ejercer cierto dominio sobre él es hacerlo factor de unión entre sus miembros. El goce que aglutina a todos es eso de lo que “no se habla” pero está presente en la complicidad que establecen para efectuar la segregación violenta de aquél, aquélla o aquéllos a quien o a quienes, paradójicamente, se les atribuye ese goce del cual no se quiere saber pero se realiza en ese acto de exclusión.” (10)
Por el goce lo que ya fue vuelve a ser; por el goce lo que ya fue retorna; por el goce lo que ya fue vuelve a instalarse.
Las historias, entonces, acaso puedan ser la constante y complicada confrontación entre el amo-esclavo que retorna siempre.
“Todas las concepciones de la historia que le atribuyen a ésta un sentido han conducido a las más violentas acciones de segregación –por los métodos de eliminación más diversos- de aquellos que, desde ese esquema, han sido y son quienes están en “el error”, opuestos a la “verdad” dominante, señalados, por lo tanto, como los “traidores”, los “herejes”, los “enemigos” del “inexorable curso de la historia” cuyo futuro siempre aparece asegurado, pues ella avanza presuntamente hacia aquellas metas que el sentido asignado de antemano considera las únicas válidas. Esos “enemigos” tienen que ser enviados al así llamado “basurero de la historia”. Curiosamente, esta última expresión sería aceptable en otro contexto si se tomara el genitivo de en su sentido subjetivo, es decir, si se admitiera que la historia misma es un “basurero”, en la medida en que su único “motor” es ese desecho real excluido de lo simbólico que todo discurso dominante intenta negar.”(11)
A la luz de su propia escritura, habría que repensar las estrategias de dominación y de captura que, incluso realizadas en el nombre de la revolución, el poder que se nombra revolucionario no ha dejado de ejercerse puntualmente.
Al grito de “¡SOLO LA VERDAD ES REVOLUCIONARIA!” el esclavo deseoso de saberse en el poder se abre paso, imponiendo y sosteniendo, a través del más "legítimo y revolucionario exterminio o sometimiento del otro y de lo otro”, la dictadura que establece con el sello de “la más humana de las dictaduras.”
Escribe Luís Villoro:
“La crisis del concepto de revolución acompaña a la decepción por el resultado de los movimientos revolucionarios. Tal parece que la realidad histórica no ha correspondido a los sueños de sus actores. Pese a sus diferencias, en todas las revisiones históricas encontramos rasgos comunes. Se pone en cuestión que las revoluciones hayan introducido trasformaciones económicas y sociales tajantes. Los cambios se sitúan más bien en la esfera política. Pero no puede establecerse que correspondan al acceso al poder de una nueva clase. Se pone en duda la pertenencia del modo explicativo de la revolución que había sido el más fructífero y había influido poderosamente en la historiografía anterior: el derivado del pensamiento marxista. En todas las revisiones históricas se tiende a desechar la noción de revolución como ruptura y recomienzo. Vista desde la perspectiva de un período largo, la ruptura con el pasado habría sido más ilusoria que real. La nueva historiografía destaca más las líneas de continuidad sobre las de cambio. La duda llega a afectar el concepto mismo de “revolución”. Si la continuidad prevalece sobre el cambio, si la revolución no es un giro decisivo, si tiene su lugar más en la mente de los actores más que en la realidad histórica ¿podrá aún ser útil para la historia?”. (12)
Podría decirse que el anarquista, como el rebelde, es uno que se manda solo en la medida en que ha logrado ir más allá del amo-esclavo que lleva dentro. Al anarquista, como al rebelde, le es posible asumir la diferencia radical que lo distingue, en la medida en que le es posible moverse de lugar, esto es, de sostener su anarquía o rebeldía como sinónimo de elección y de soberanía. No es otro el fundamento que le permite ser el ser que es, más allá de la seductora seducción de cederse al sometimiento o la dominación.
El anarquista, el rebelde, es un otro que siendo deja ser; uno que elije, y asume el costo de su elección, más allá o por fuera del deber ser o el deber hacer impuesto como norma por los patrones establecidos. Sabe, por la experiencia de su propia liberación, del alto precio pagado para lograr ser otra cosa que el amo-esclavo que dejó de ser.
Sabe de las insospechadas y sutiles formas con las que el amo-esclavo no cesa de insistir; con las que el amo-esclavo retorna una y otra vez, vía el goce, mientras exista el ser que se no-hombra humano.
De lo que se trata, desde nuestro particular punto de vista, es de apostar a salir o avanzar más allá de lo habitual o redondo de nuestras entendederas; se trata de apostar más allá de la lógica de amo-esclavo, de sacar el pie rescatando el cuerpo y con este el deseo de insistir desde una otra dimensión de posibilidad que se traduzca en prácticas abiertas a la diversidad y la diferencia, que no se empantanen en la lógica castrante por igual del uno u otro que son el mismo por complementarios.
Se trata de apostar, desde el campo del deseo y de lo irreductible, a ser algo más que el otro del otro; esto es, por un otro que no se resuelva en el Uno, un otro que corra el riesgo del más allá del Uno, que vibre y cante celebrando lo múltiple y la multiplicación de lo diverso, que apueste contra el amo y el esclavo y a la vez más allá del amo y del esclavo.
También más allá de la ambición liberadora de remover y relevar al amo-esclavo con promesas de salvación eterna y bondad infinita.
“El discurso de la liberación, al presentar del deseo una visión totalmente falza, haciendo desconocer la naturaleza del Amo, asume idéntico papel; al desarmar al sujeto, le propone una retórica nueva en la que su deseo se pierde tanto –o quizás más- de lo que se perdía en la retorica del confesor”(13)
No se trata de quitar al amo para ponerse en el lugar del amo, ni de quedar expuesto o a merced de un otro amo para que éste decida en el nombre de uno lo que se hace en su nombre y el sentido asignado a la fiel existencia.
“Lo que el discurso de Lacan impugna es la tradicional apelación a la historia como el gran Otro que está para dar sentido a todas nuestras acciones en nombre de la realización final del gran proyecto; Otro desde el cual se pretende evitar el “basurero” a quienes no son absorbidos por él. Su reflexión coincide en este aspecto con la del gran crítico de las ilusiones, Cioran(14) que llevan a consecuencias siempre letales, quien también, al criticar esa historia, la escribe con mayúscula:
Que la Historia no tenga ningún sentido es algo que debería alegrarnos. ¿Nos atormentaríamos acaso por una solución feliz del porvenir, por una fiesta final en la que nuestros sudores y desastres corriesen con todos los gastos? ¿A favor de idiotas futuros, exultando sobre nuestras penas y bailoteando sobre nuestras cenizas? La visión de un desastre paradisíaco supera, por su absurdo, las peores divagaciones de la esperanza.” (15)
Se trata de apostar, de hacerle paso a la puesta en acto de otra región de lo múltiple, al devenir de un otro sostenido en la multiplicidad, en lo sido y por ser, un otro por el lado del devenir y la deriva permanente, otro malevolente, otro perspicaz; esto es, otro atento al amo-esclavo que desde la eternizante eternidad, cuestionada y suspendida por el goce y por el verbo, retorna siempre.
EPÍLOGO CONVO-CANTE.
Nunca como ahora, toda vez que los ideales de liberación gestados por la modernidad han sido tan mostrados en su real imposible, es posible no cesar de insistir “con los pies en la tierra”. Ninguna otra generación como la actual estuvo en posibilidades de apostar más allá del pasado, desatados los pies, por el lado de la diversidad y la diferencia; esto es, ninguna generación como la presente-ausente ha estado en condiciones de lanzar y sostener una apuesta horizontal contraria a la verticalidad del neofascismo que ya celebra a todo riel su apuesta y las condiciones reales de llevarla a cabo.
Son los jóvenes, y con ellos quienes sumen su deseo, los llamados a hacer lazo social y a hacer deriva por el lado de lo incluyente, por el lado de lo que se sostiene contra lo Uno y lo totalizador, por el lado de lo otro y el otro, con el otro y más allá del otro también.
Son los jóvenes los que pueden apostar por el lado del deseo que hace desear; por el lado de lo que hace posible apostar por vivir con las puertas y las ventanas abiertas, más allá del soportable encierro al que hemos sido acostumbrados como norma debida y de vida.
Son los jóvenes los llamados a apostar por un dispositivo sostenido en la Ley que haga valer las leyes, como alternativa al desquiciado e insostenible dispositivo en función que transgrede toda Ley y pervierte todas las leyes.
Es probable que el tema de la Ley, la función de la Ley, sea un asunto esencial a llamar a debate en el campo anarquista, incluyendo el sentido y también la función de los nombres de Dios.
Necesario decir que uno no se sujeta ni se tiene sujeto sin pasar por la Ley, esa ley del deseo que nos hace desear; la función de la ley instituye el deseo que retorna incesante por la falta que late en la flor de la vida imposible de ser colmada.
Ciertamente el dispositivo que los amos pretender hacer pasar por Ley es todo menos ley; por la vía de los hechos es la ley que los amos pretender hacer pasar por Ley para garantizar y proteger su actuar sin Ley.
Que esta ley de los amos opere para hacer imposible el imposible propósito de acabar con el amo -al intentar realizar el imposible exterminio de aquellos que lo intentan- no quiere decir que la Ley sea eso que suplanta la Ley.
Se trata de una otra ley sostenida en la Ley que haga valer la ley y la puesta en cuestión que permita a esa ley su vigencia de ley.
Sea este punto de cierre la proclama que clama imperiosa el retorno:
¡Urgente como nunca reestablecer la Ley como apuesta anarquista!
Cd. de México. Marzo 2008
Notas:
1.-Guy Landreau/Chistian Jambert, El Ángel, Ontología de la revolución, 1, Ucronia, Ed., Grasset et Fasquelle, Barcelona, 1976, pag., 42.
2.- Ibid., pag., 38
3.-Ibid., pag., 38
4.-Daniel Gerber, El estúpido encanto de la violencia, en El psicoanálisis ante la violencia, Ediciones de la noche, Red analítica lacaniana, Colección: Psicoanálisis, Lingüística y Filosofía, México D.F. 2005, pag., 14.
5.-J. Lacan, L´étique de la psychanalyse, Op. Cit., pag. 328.
6.- Helí Morales, El sujeto en tiempos de crueldad, en El psicoanálisis ante la violencia, Ediciones de la noche, Red analítica lacaniana, Colección: Psicoanálisis, Lingüística y Filosofía, México D.F. 2005,pag., 116.
7.- Guy Landreau/Chistian Jambert., Op. cit., pag., 43-44.
8.- Helí Morales,, Op. cit., pag., 121,122.
9.-Guy Landreau/Chistian Jambert., Op.cit., pag., 42.
10.- Nestór Braunstein, el goce un concepto lananiano, ed., Siglo XXI, séptima edición, Argentina 2006., pag 100-101.
11.-Daniel Gerber, Op. cit., pag., 15-16.
12.-Daniel Gerber; Op. cit., pag., 21.
13.-Luís Villoro, Sobre el concepto de revolución, en Teoría, revista de filosofía, UNAM., Facultad de Filosofía y Letras, año 1, No., julio 1993 pag., 71.
14.-Guy Landreau/Chistian Jambert., Op.cit., pag., 33.
15.-E. Cioran, Breviario de podredumbre, Taurus, Barcelona, 1988, pag., 171., citado en Daniel Gerber., Op.cit., pag., 21-22.
16.-Daniel Gerber; Op. cit., pag., 21.


















