
La Letra Ausente
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SECCIÓN: EL NICHO DE LO ABSURDO
CAMISAS PARDAS DE ANTAÑO
Por: ADOLFO SALAZAR
Toda religión tiene sus mártires. Cada secta tiene los suyos. Cada inquietud del espíritu humano, cuando se cree inspirada por el aliento divino. Todo movimiento revolucionario necesita una tradición de martirio, que empapa las almas con sustancias inflamables. El espíritu ardiente sopla, y la hoguera levanta sus llamas.
Ni el hambre, ni el miedo, ni el suplicio, hacen las revoluciones, sino el espíritu auxiliado por el poder convincente del ejemplo. Una víctima no es un mártir si no ha caído herida por un brazo al que arma una idea. Son las ideas las que hacen a los mártires y las revoluciones. La idea se comprime en una palabra. El mártir tiene un nombre. Son los gritos de guerra.
Entre tanto, una señal muda corre entre las gentes como una moneda que comprase las voluntades o como un fuego que prendiese en las conciencias. La idea y el mártir se funden en una figura simbólica: cruz, estrella, luna creciente, gavilla de sarmientos, hoces y martillos. A fines del siglo XVII, la cruz peleaba aún contra la cruz. En unas regiones de Francia, los resplandecientes dragones del Rey Sol perseguían a unas gentes campesinas que defendían con la tea y con el palo derechos de conciencia que Luís XIV les arrancaba a golpes de alabarda, con el filo del sable y a tiro de mosquete y de pistola. Para escapar mejor a los dragones, los campesinos se vestían solamente con una camisa parda de lienzo burdo. Estaban a orillas de un gran río, y su corriente era su salvación. La tosca camisa no les impedía nadar hasta la otra orilla, mientras que los dragones no podían mojar su hermoso uniforme pesado de petos y corazas, espuelas y polainas, cascos rutilantes, de los que brotaba en raudal una cola de crines.
La camisa parda se convirtió en .bandera de la revolución de los camisardos. La idea que les hizo desafiar al rey y a su consejero, el terrible padre La Chaise, a los dragones y a los párrocos encargados de convertir a la fuerza a todo hugonote, a los espías ya los delatores, fue la libertad religiosa. Es un espectáculo impresionante el de ese puñado de labriegos, de guardadores de puercos, de cardadores de lana, que se revuelve contra el Rey de Francia y su iglesia. Van movidos por el espíritu divino, que los impulsa al crimen y al martirio a fin de lograr que su cristianismo, hostil a Roma, pueda convivir con ella dentro del Estado. El episodio minúsculo y breve dentro de la historia de las luchas religiosas está contado por - Lucienne Ercole en su libro Vie et mort des camisards.1
Un rey, urna ley, una fe. Luis XIV, incitado por el jesuíta padre La Chaise, reivindica para su reinado la gloria dé unificar la fe católica, que Enrique IV había herido en el edicto de Nantes, creyendo que con él sanaría a Francia, hermoso fruto corroído por la gusanera de los Guisa y de sus nobles insubordinados. Cuando Enrique IV asciende al Poder, la autoridad real se halla debilitada por la ambición de los señores y por las guerras de religión, que devastan el país. El espíritu del libre examen, pregonado por Lutero, se traduce en un deseo de libertades que hace temblar a los poderosos respecto de sus vasallos y al Rey respecto de sus nobles. Roma aprieta. Si ese espíritu progresase, un día podría llegar en que el Rey se atrevería a encararse con el Papa mismo. El monopolio de la fe es suyo y no puede enajenarlo. De él depende la formación de las conciencias. La unidad de la fe es la unidad del mando.
Montmorency y después los cardenales de Guisa se encargan desde Enrique II y su hijo de avivar el terror en la conciencia real. Al llegar Enrique IV, el equilibrio del trono francés no tiene más base que el fuerte carácter del Rey de Navarra. Por todas partes se le atosiga. Si los partidarios de la pretendida religión reformada, como se llamaba en sus tiempos a lo que después constituyó el protestantismo en todos sus matices, lo acucian para que los defienda contra Roma, esta lo obliga a abjurar de su calvinismo original. Y, como se sabe, París merecía el sacrificio.
En el edicto de Nantes, que Enrique IV firma, el Rey veía una paz que nunca llegó. El edicto concedía la parte del león a los católicos; pero éstos lo querían todo. Un hugonote mató al gran duque de Guisa, Francisco. Un fraile visionario había dado una cuchillada en el ombligo a Enrique III. Ravaillac asesina a Enrique IV en una encrucijada parisiense. El celo de los católicos sube de nuevo con sus preces, que interceden por los regicidas si son católicos y los maldicen si son protestantes. En la cámara regia de Luis XIV, dos voluntades se disputan la del Rey flamígero: madama de Maintenón, que había nacido en la pretendida, religión reformada, y el jesuíta pére La Chaise. La hermosa no se atreve a hacer cara al jesuíta, conforme se la hacía al Monarca, y decide vender su alma al ignaciano para no perder el cuerpo amado por el Rey de largas piernas y fétido aliento. En 1685, una declaración de Luís XIV despoja a los reformados de las mezquinas tolerancias que les otorgaba el edicto de Nantes y los obliga a volver a la religión católica de grado o por fuerza.
Las galeras, gran fuente de rentas para los Monarcas, se llenan de protestantes, nobles o humildes, señores o plebeyos, junto a esclavos turcos y criminales de todo hacer. Las plazas y los campos se tiñen de sangre. Miembros palpitantes de herejes descuartizados atiborran los pudrideros. Los niños inculpados como visionarios van a los estercoleros de cerdos hambrientos, donde las piaras negras los devoran pausadamente. La horca es el suplicio de favor. Los demás van a la rueda, al quebrantahuesos, al tajo y a la hoguera.
Por los prados y valles del Languedoc y de la Provenza, en las tierras que conocieron a los trovadores y que los Reyes de Francia desolaron en persecución y castigo de la herejía albigense, los dragones del Rey persiguen sañudamente a predicadores e iluminados que protestan contra la revocación de las débiles libertades que les concedía el edicto. Los esbirros y delatores están pagados a peso de oro. La traición y el miedo merman las filas, entran en las familias. Todo el Mediodía francés está lleno de crímenes. Todo el Norte, de ayes de los deportados.
Entre el espanto y la confusión hay algunas gentes rudas, de templé fuerte y de mente sencilla. Se creen inspiradas por un Dios bíblico que manda meter espada e incendiar los templos de Roma. Desde el Ródano y el Aveyron y desde Nimes a Puy de Dome se ve correr por sus campiñas gentes de camisas pardas que llevan la tea en una mano, el puñal en la otra; en la boca, el salmo contra sus perseguidores. Los Cévennes, el Languedoc y el Vivarais son la cuna de los camisardos, que echan cartel de desafío a la autoridad del Rey por boca de Abrahán Mazel, su profeta. Los inspiradores toman nombres poéticos: Fierre Sequier, que murió en la hoguera, cortados sus puños por el hacha, se hace llamar Fierre Esprit. Thomas Valmalle, pastor y lacayo, lleva el sobrenombre de La Rose. El tejedor Couderc, uno de los héroes de la revuelta, que ardió tras de habérsele roto los huesos, era conocido por La Fleur. Con ellos, infinidad más; de quince años los más jóvenes, como Cestino, llamado Blondín; de cuarenta los más viejos, como Laporte, que, con su nombre heroico de Gedeón el vencedor, muere en el suplicio al amanecer el siglo XVIII. Jefes nuevos sustituyen a los que caen. El último, Jean Cavalier, de veinte años, se rinde en 1704, y con él, los principales iluminados. La miseria sucede en el Languedoc a la ira santa. Pero faltos de guías, la llama de sus ansias termina por extinguirse.
Notas:
1.- Luciente Ercole: Vie et mort des camisards. Rieder, editor Paris.





