
La Letra Ausente
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SECCIÓN: COLOQUIO DE SOLILOQUIOS
IV. CRÍTICA DE LA CORPOREIDAD LATINOAMERICANA
Por: ARTURO RICO BOVIO
QUETZALCÓATL, MITO DE LA CORPOREIDAD
Después de una exposición genérica de los supuestos de la Teoría de la Corporeidad, así como de sus principales aplicaciones, es importante pasar ahora a una concreción histórica. Pero se preguntarán ¿por qué América Latina?, desde luego que no es nuestro afán en incurrir en una actitud de exclusivismo geográfico, si hemos planteado la validez universal de nuestras tesis. La mejor manera de ilustrar una posición filosófica es recurrir a la cotidianidad y ésta, para ser legítima, debe ser la ser quien filosofa y no una mera abstracción. Por eso nos situamos en nuestro propio contexto, el que nos es más familiar, convencidos además de la riqueza de evidencias en torno a la corporeidad que es posible encontrar en nuestras culturas.
En el mundo prehispánico y aún cuando no sea común a toda la América Indígena, aparece un mito extremadamente interesante en la perspectiva del cuerpo. Se trata del relato de la caída de Quetzalcóatl, rey-divinidad tolteca. La versión que utilizaremos es la de los Anales de Cuauhtitlán, la más completa y además una de las escritas inmediatamente después de la Conquista por un indio intérprete, quien al parecer tuvo acceso a manuscritos pictográficos originales.
La historia comienza en otros relatos con la descripción de la vida de Ce Acatl Topilzin Quetzalcóatl, monarca legendario de Tollan. La narración nos habla de su nacimiento, a raíz de que su madre, Chimalma, quedó encinta al tragarse un chalchíhuitl o piedra preciosa; de cómo a los 9 años busca y desentierra los huesos de su padre y a los 30 es nombrado jefe de gobierno y gran sacerdote tolteca.
La versión que más nos interesa menciona la vida virtuosa de oración, penitencia y ayuno de Quetzalcóatl, quien evitaba presentarse en público y solía encerrarse en silencioso retiro en las sombras de su casa de oración, guardado por sus pajes y excusándose para no recibir a nadie.1
Los demonios, enfurecidos porque jamás aceptó los sacrificios humanos, sino sólo de víboras, aves y mariposas, planearon engañarlo. Tezcatlipoca, Ihuimécatl y Toltécatl se reunieron y conspiraron para embriagarlo. Tezcatlipoca sugirió la técnica: “yo digo que vayamos a darle su cuerpo”2
Encontrándose de acuerdo, Tezcatlipoca envolvió un doble espejo y llegó ante los guardianes de Quetzalcóatl, diciéndoles: “Id a decir al sacerdote: ha venido un mozo a mostrarte, señor, y a darte tu cuerpo”.3 Pese a los requerimientos se niega a enseñar el objeto a otra persona que no sea el mismo Quetzalcóatl y al fin es llevado a presencia del rey, con quien tiene el diálogo siguiente, trascrito en lo principal:4
Tezcatlipoca.-“Hijo mío, sacerdote Ce Acatl Quetzalcóatl, yo te saludo y vengo, señor, a hacerte ver tu cuerpo,”
Quetzalcóatl.-“Sé bien venido, abuelo,¿De dónde has arribado?¿Qué es eso de mi cuerpo? A ver.”
Tezcatlipoca (dándole el espejo).-“Mírate y conócete, hijo mío; que has de aparecer en el espejo.”
Quetzalcóatl (espantado).-“Si me vieran mis vasallos, quizá corrieran” (por las muchas verrugas de sus párpados, las cuencas hundidas de los ojos y toda muy hinchada su cara, estaba disforme). “Nunca me verá mi vasallo, porque aquí me estaré.”
Tezcatlipoca sale y entra Coyotlináhual.-“Hijo mío, yo digo que salgas a que te vean los vasallos; voy a aliñarte, para que te vean.” Dicho esto, procede a ponerle la insignia, máscara, pintura en los labios y en la cara, colmillos y barba de plumas. Al terminar le presentó el espejo, y “cuando se vio quedó muy contento de sí, y al punto salió de donde le guardaban”
Alcanzado lo anterior, Ihuimécatl y Toltécatl preparan comida y pulque, llevándoselos al sacerdote, quien los recibe y se niega en un principio a tomar la bebida, diciendo: “No lo beberé, porque estoy ayunando. Quizá es embriagante o matante.” Lo tientan a que la pruebe con el dedo meñique; acepta, le gusta y se embriaga, mandando llamar a su hermana Quetzalpétlatl, quien también se pone ebria. Comenta el relator:”Después que se embriagaron, ya no dijeron:”¡Pero si nosotros somos ermitaños!”; ya no bajaron a la acequia; ya no fueron a ponerse espinas; ya nada hicieron al alba. Cuando amaneció, mucho se entristecieron, se ablandó su corazón.”5
Entonces Quetzalcóatl, avergonzado, canta, llora y hace penitencia, decidiendo abandonar su pueblo por sentirse indigno. Comienza su peregrinaje hasta llegar al marque está junto al firmamento. Al arribar, según otra versión, “vio en el agua su imagen, su hermoso rostro”.6 y le dio contento. Se adorna luego con sus riquezas y se arroja en una hoguera, ascendiendo sus cenizas y su corazón, el cual se convierte en el lucero de la mañana.
Hasta aquí el relato del mito. Muchas serán las interpretaciones que se le han dado y podrían dársele. No es nuestro propósito el construir una más, con la pretensión de ser la correcta. Creemos, según se consignó páginas atrás, que el pensamiento mítico es intencionalmente polisémico, que admite múltiples sentidos. Nuestra versión será únicamente una lectura en aplicación de la Teoría de la Corporeidad. Esta exégesis a juicio nuestro resulta muy ilustrativa para el tema tratado en la presente obra.
El relato mítico presenta en un primer momento a un Quetzalcóatl ingenuo y bondadoso que vivía en la ignorancia de su propio cuerpo. De ahí que habitara “un aposento muy obscuro y custodiado”, dedicado a las oraciones, penitencia y ayuno, clara disciplina de ascesis en la mortificación de la carne, en el sacrificio a los dioses. Tal fase inicial, similar a la del mundo original de la tradición judeo-cristiana, parece hablarnos de la línea natural-primitiva-infantil de vivir nuestro cuerpo sin pensarlo, sin tener acerca de él una idea preconcebida. Más allá del discutible carácter histórico de este lapso del desarrollo humano, identificable con las leyendas del “buen salvaje”, interesa el símbolo, la representación de la inconsciencia corporal del hombre, la cual presumiblemente le permite seguir los dictados de su naturaleza y estar en armonía consigo mismo y con el cosmos.
En la narración Quetzalcóatl envejece en esa ingenuidad, identificada con el rechazo a los sacrificios humanos; es decir, con el respeto y amor a sus semejantes, atributos otorgados a esta divinidad en varios otros relatos que lo presentan como un dios civilizador.
Pero los enemigos de Quetzalcóatl se reúnen y conspiran para embriagarlo. Con tal fin deciden llevarle su imagen. En esta fase del mito abundan los detalles en los que aparece el joven Tezcatlipoca y su espejo, con cuyo concurso ofrece al rey y sacerdote enseñarle su cuerpo, su propia carne. Al hacerlo contemplarse en él, le dice con una expresión críptica: “Mira y conócete, hijo mío, que has de aparecer en el espejo.”.7Al contemplarse y encontrarse viejo Quetzalcóatl se espanta, desencadenándose los sucesos dramáticos con los cuales culmina la historia.
Es muy indicativo que fuera un Dios joven, un mozo, Tezcatlipoca, el “espejo humeante” según su etimología, representación de la luna con la marca del conejo, quien brinda la imagen de anciano al rey-sacerdote. Además de la pugna de dioses nahoas que personifican, dice mucho la presencia de la juventud, como espejo, ante la vejez. Pero no bastará esto para valorar el sentido del relato mítico; es menester tomar en cuenta los restantes elementos. Encontramos aquí una extraordinaria versión simbólica de la Teoría del cuerpo, donde aparece un hecho psicológico fundamental: somos cuerpos ignorantes de serlo, hasta que los demás, otros humanos, nos devuelven una imagen, la percibida por ellos; a partir de entonces tenemos un cuerpo. El desdoblamiento entre el ser y la consciencia de ser, efecto del espejo social. Realmente no nos podemos “ver” solos, sin el concurso de nuestros semejantes; cuando menos en un principio, en el inicio de la conciencia del yo. Por eso el niño tarda en reconocer su imagen en el espejo, acontecimiento que se da hasta la adquisición del lenguaje conceptual en el desarrollo de la comunicación.
Pero el aprendizaje social del cuerpo supone un extrañamiento: estamos fuera de nosotros, vivimos en la opinión de alguien más, somos ajenos. El proceso enseguida se introyecta y la interpretación de los otros se vuelve nuestra propia interpretación. Entonces sobreviene la zozobra, el sentirnos expuestos antele juicio social, al quedar presos de las estimaciones corporales vigentes en una cultura.
Tezcatlipoca convence a Quetzalcóatl de arreglarse para ser visto por sus súbditos. Lo visten, lo pintan y le ponen barba, con lo cual queda preso de un 2cuerpo” artificial, de las extensiones corporales de los afeites, como medio para rejuvenecer, para ser aceptado. Desde ese momento ha quedado cautivo de la conciencia ajena, de un espejo engañoso: el de la magia lunar de los hechiceros.
La embriaguez de Quetzalcóatl y de Quetzalpétlatl y su situación de pecado, no son sino el lógico desenlace. El sacerdote ha debilitado su voluntad al depender corporalmente del criterio ajeno. Bastan los ofrecimientos del placer y del vigor para que admita tomar la bebida , impulsado también por la vanidad. Así los hombres, al depender de una conciencia social del cuerpo , estamos a merced de manipulaciones exteriores. No nos acercamos a oír en silencio los llamados de nuestros impulsos corporales, sino que por el contrario buscamos disfraces y efectos mágicos para obtener el cuerpo deseado, ése de los cosméticos y la moda moderna, donde se busca la apariencia de la juventud eterna. Hay, ciertamente, en el fondo un miedo sordo a la vejez y a su culminación en la muerte, porque no se vive en la autenticidad sino en el artificio. La muerte, en lugar de ser vista como el desenlace natural, se convierte en una historia amenazante en tanto el hombre no alcanza su pleno crecimiento, su autorrealización.
El mito tiene un final esperanzador. efectuado el ritual de purificación, Quetzalcóatl inicia un viaje -símbolo del cambio- y termina en al mar, donde ve reflejado su rostro, ahora hermoso. Se incinera y de las cenizas de su corazón emerge convertido en la estrella venus, alegorías de la purificación y regeneración.
Aparte del alcance religioso de transformación espiritual, este último momento de la narración tiene también una lectura corporalista. Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl ya ha superado su debilidad y es capaz de ver su verdadera imagen, la hermosura de su rostro real. Ya no es un espejo – artificio socio-cultural-, sino la naturaleza, el mundo sin interpretaciones, la vía para recuperar su fiel imagen. la lección es clara; así sucede a lo largo de nuestra existencia: solo la experiencia directa, el confrontarnos con el entorno, nos permite descubrir nuestras capacidades y necesidades naturales y sus límites. Las conclusiones acerca de nosotros, obtenidas a través del parecer de otros seres humanos, aún cuando son una etapa necesaria, suelen ser inexactas y tanto más peligrosas cuanto más capacidad de influencia tengan sobre nuestras vidas. No hay un solo hombre idéntico a otro y cada quien juzga desde su propia conciencia corporal, formada por vivencias personalísimas e ideas y estimaciones implantadas a través de las influencias educativas formales e informales.
El estudio científico del cuerpo aspira a un grado mayor de certeza . Sin embargo, a menudo las ciencias del hombre adoptan supuestos distorsionantes de la corporeidad, emanados de las tradiciones culturales vigentes. Así sucede con la disposición reduccionista a tomar el cuerpo únicamente como el aspecto físico-anatómico humano. En consecuencia, ¿no será la ciencia un moderno espejo que nos devuelve una imagen falsa, incompleta, de nuestra naturaleza? ¿No deberemos acusarla de complicidad en el sostenimiento de sistemas socio-económicos injustos e irracionales? Su aparente neutralidad le permite doblegarse a los intereses dominantes, para ser usada en las tecnologías de la guerra y del consumo, dos caras aparentemente distintas de la manipulación colectiva inhumana, responsables de una “embriaguez” que bien puede llevar a nuestros pueblos a un desastre planetario.
Este inquietante mito prehispánico nos muestra simbólicamente al cuerpo como la suma de nuestro ser .también nos pone en sobre aviso acerca del poder de la imagen corporal con que nos retroalimentan nuestros semejantes. Envuelto en una extensa malla de argumentos míticos asociados con él, Quetzalcóatl ilustra magníficamente el drama del hombre, condenado a perder su inocencia corporal para buscar, tras de una ardua lucha interna con proyección social, su verdadero rostro, esa naturaleza-raíz del hombre que hemos ocultado bajo un sinnúmero de convenciones sociales.
Por si este interés significativo no fuera ya bastante, habríamos de agregarle el hecho de estar ligado con la Conquista. En algunos relatos Quetzalcóatl predice, al partir, la llegada de hombres blancos y barbados, identificados en su momento con los españoles. Más que una profecía, sugeriríamos ver aquí el problema étnico de la corporeidad vivido por los pueblos nahuas. Cada raza tiende a producir su propio modelo físico-corporal y a imponerlo como prototipo a otras culturas. La pretendida superioridad de los arios y la exportación del ideal de belleza anglosajón a través del planeta, son algunos de sus múltiples ejemplos. El indígena lo sintió ante la violencia del conquistador y su imperio cultural. Pero esto ya será motivo de otro apartado, centrado en la conquista y la colonización de lo que hoy es América Latina. Sería cuestión de anotar solamente que los toltecas vivieron algo similar con las invasiones de otras tribus nahuas y en especial con la formación del imperio Azteca, cultura hegemónica que impuso a los vencidos su diseño corporal, sus costumbres y la práctica de los sacrificios humanos. Tezcatlipoca mismo ya es, en la historia de las religiones prehispánicas, una divinidad invasora, enemiga de los seguidores del dios civilizador y emisora de graves convulsiones sociales.
LA PÉRDIDA DEL CUERPO EN LATINOAMÉRICA
Conocemos la manera como nuestros países latinoamericanos nacieron por un acto brutal de conquista. Pero no obstante nuestra certidumbre histórica, vemos aquellos pasajes del poblamiento hispano de América como cosa del pasado, algo sucedido antes de nuestro tiempo y por tanto ajeno e inofensivo para el presente.
Pero no hay tal. Lo ocurrido en nuestros orígenes forma parte del hoy, está en nuestras raíces y sigue operando, metamorfoseando, amalgamado orgánicamente con otras experiencias habidas. Las sociedades son como los individuos en eso de usufructuar los réditos de su memoria. Su antes explica su después, dejando una huella cultural aún más perceptible a la que nos marcan los años vividos, presentes en un rincón privado de nuestro psiquismo.
A menudo los pueblos no quieren reconocerse en sus ancestros y en sus acciones porque su deuda histórica es dolorosa. Los desafíos planteados en una época determinada a una sociedad, son problemas que si una generación no resuelve, los hereda a la siguiente, aún cuando se vaya perdiendo la conciencia de ellos. Esas problemáticas nacen de la dinámica de satisfacción de las necesidades estimadas socio-culturalmente y de los obstáculos geográficos, demográficos, económicos y políticos a superar para alcanzar el equilibrio buscado. Según su gravedad, pueden influir en el estilo de ser y en la trayectoria temporal de un pueblo entero.
América Latina está marcada por su continuidad continental y por la mecánica de la conquista y colonización de sus tierras. Salvo Brasil, sus conquistadores fueron hispanos, cuya conducta siguió idénticos patrones culturales. El llamado “trauma de la Conquista” lo vivimos en común y es indudablemente una constante que autoriza ciertas generalizaciones. Pero, ¿en que consistió ese suceso, traducido en términos de la corporeidad?
Los grupos indígenas llevaban siglos de adaptarse a los territorios de América, su orohidrografia, su flora y su fauna. Su vestimenta, construcciones, costumbres, alimentos y desde luego el idioma, se habían adecuado a las condiciones naturales de vida ambiental. Quizá los únicos cambios evolutivos más importantes al tiempo de la llegada de los españoles, giraban entorno a la gran concentración humana sufrida en los centros imperiales azteca e incaico. Pero formaban parte de su ecosistema y mal que bien las religiones de los diversos pueblos se iban uniendo sincréticamente, asociados sus dioses en un solo panteón sagrado.
El descubrimiento y poblamiento del nuevo mundo vino a romper bruscamente ese desarrollo acumulado. Entre las guerras de conquista, las epidemias y los trabajos forzados de las encomiendas y repartimientos, se redujo en más de un 80% la población indígena. El español impuso todos sus patrones socio-culturales sin respetar ninguno a los conquistados. Les cambió la lengua, la religión, el vestido, las costumbres, la arquitectura, el diseño urbano y los hábitos alimenticios. Traslado a sus tradiciones y cada territorio organizado lo hizo una prolongación de su patria: Nueva España, Nueva Galicia, Nueva Vizcaya. Poco le importaron las condiciones diferentes corpo-culturales que traía con él, incluyendo la flora y la fauna del viejo mundo.
¿Qué efectos produjo este rompimiento en los conquistados? Las mujeres indígenas se convirtieron en concubinas de los soldados españoles, en substitutos de las personas ausentes. Un sistema patriarcalista, favorecedor de la dominación masculina, se desplazó de España a América, agravado por los nulos derechos de las indígenas, reducidas a ser meras extensiones sexuales de sus amantes. El mestizaje se inició dentro de un marco de graves diferencias raciales: el español, blanco y barbado, el indígena lampiño y moreno claro. Después, habría de sumarse a esto el comercio de esclavos negros. Resulta esclarecedor observar que las tristemente famosas castas (cruces interraciales múltiples) ocupaban el lugar más bajo de la pirámide social.
Al borrarse todas las extensiones corporales de una cultura, se desvanece la idea del cuerpo vigente en ella. Alguien diría que a los indios se les robó el alma, pero, ¿por qué no traducirlo como una pérdida del cuerpo? Su autoimagen corporal había sido robada, para substituirla con la del fiero conquistador, tan distinto en todo a los habitantes de las Indias Occidentales.
No es muy fácil imaginarnos en la situación objetiva de la conquista, porque la historia la escribieron, en su mayoría, cronistas españoles. además, nuestro contexto actual es distinto y aunque conserve aspectos provenientes de aquella etapa de la formación de Latinoamérica, los desafíos son otros y el entorno ha cambiado. Por eso no podemos ponernos en el lugar de los conquistados y sentir lo que ellos vivieron. Pero los testimonios históricos son suficientes para justificar la expresión del “trauma” social ocasionado, máxime si el producto fue una población híbrida, ni española ni indígena, la depositaria de esa trágica herencia. Por algo nos resulta embarazoso identificarnos con la mitad hispánica de nuestro origen, pero tampoco se nos facilita sentirnos indígenas. Tomamos partido por los conquistados, porque fue una medida de autoafirmación histórica ante España en la lucha por la independencia. Pero después, ¿qué afirmamos como nuestra identidad?
Nuestra inseguridad cultural es descendiente de aquella situación original de despojo e imposición. Negando el cuerpo español y el indígena, ¿qué somos? Hablamos el mestizo como un nuevo tipo corporal, ¿pero lo comprendemos más allá de una superficial visión étnica? ¿Dónde está la cultura mestiza? ¿Dónde la raza cósmica de Vasconcelos ? Es explicable que el producto de la mezcla racial que somos al no poder identificarse ni con el padre español ni con la madre india, busque su autoimagen en otra parte, en otros pueblos donde se encuentra algo, erróneo o incompleto, pero definido. ¿Qué hemos hecho? Mirar los modelos de la corporeidad cultural europeos y norteamericanos, tratando de imitarlos. Creamos así espacio-tiempos inauténticos, ajenos a nuestras reales necesidades y aptitudes, alejados de las exigencias y retos impuestos por el entorno geográfico y el pasado histórico de nuestros países.
El costo que venimos pagando por la pérdida de una imagen propia de nuestro cuerpo, étnico-socio-culturalmente hablando, es muy alto. Como el hombre sin sombra de las leyendas, nos ponemos una ajena y así somos nuevamente colonizados. Para sentir nuestra identidad utilizamos todos los recursos que nos reflejan ese cuerpo que ansiamos ser. Tomamos entonces las pautas culturales extrañas a la educación, en el vestir, en la construcción de casas y muebles, pero como no nacen de necesidades sentidas o de capacidades propias, solo nos disfrazamos de extranjeros, adoptamos aspectos y modos de conducta que nos hagan semejantes al paradigma apetecido y así no somos ni ellos ni nosotros.
Es impresionante el grado de consumismo de productos culturalmente ajenos en que estamos envueltos. Sería muy indicativo confirmar si es proporcionalmente mayor al de los países desarrollados. La necesidad de tener un cuerpo – simbólicamente definido – nos atosiga. La publicidad comercial nos bombardea con ese físico diverso al nuestro delos anglosajones. Más aún, de sus mujeres. Los concursos de belleza, el cine, los cosméticos, reafianzan la sugestión. ¿Cómo no sentirnos culturalmente inseguros, si no podemos llenar esos modelos? El efecto es la sobrevaloración de las extensiones corporales respecto del mismo cuerpo, porque ellas si son adquiribles.
Sociedades de artificios, penetradas por industrias transnacionales y de espaldas a nuestro ambiente natural, eso son nuestros países latinoamericanos. Para sostener la ficción, nos endeudamos cada día más y permitimos que se incremente el poder extranjero económico y político. Se habla de nacionalismo, pero, ¿cómo hacerlo real si vivimos todo lo contrario y la aspiración de nuestras gentes es mejorar económicamente para vivir más a la manera norteamericana?
No cabe duda que necesitamos recuperar nuestro cuerpo auténtico, el natural. Forjarnos una imagen verdadera de nuestras necesidades y aptitudes. Construir sistemas sociales compatibles con nosotros mismos, en lugar de correr en pos de espejismos culturales. Si, pero, ¿cómo?
Aunque parezca a primera vista paradójico, quizá Latinoamérica y los demás pueblos del tercer mundo tengamos más posibilidades de reconstruir los fundamentos de una corporeidad auténtica. Esto se debe a que nos resulta más factible reconocer la ausencia de una concepción del cuerpo ajustada a nuestra realidad, que a los países muy desarrollados, los cuales se aferran a una idea del cuerpo porque ya forman parte de su identidad cultural. Dicho en el espacio del quehacer filosófico, lo anterior se expresaría así : nosotros podemos filosofar a partir de las necesidades naturales del hombre, porque vivimos anclados en ellas, en sociedades donde las grandes masas carecen de lo indispensable en el orden biogénico. En cambio los estados poderosos del norte se encuentran inmersos en la sobreabundancia de “satisfactores” y aunque estos no acierten a resolver sino un margen reducido de los impulsos naturales, generalmente embaucan la conciencia estimativa de las necesidades en sus habitantes. El desarrollo socio-económico no es garantía de congruencia entre una cultura y el cuerpo humano natural; amerita investigar a fondo cuales son las necesidades verdaderas y cuales las espurias.
Es menos lo que pondríamos en riesgo de perder a lo que nos resta por ganar. Tal certidumbre sería un motivo de reflexión y un acicate para la lucha en pro de una plena corporeidad. Podemos aplicarnos a la obtención de jerarquías más adecuadas de las necesidades humanas, si las defensas que despertaría un movimiento de esta índole en un sistema ya consolidado. Las sociedades altamente industrializadas en los grandes capitales asociados a este desarrollo tienen fuertes intereses a proteger, comúnmente basados sobre la producción y distribución de bienes que son pseudosatisfactores. Por el contrario, nosotros nos ahogamos en la dependencia respecto de prestamos y empresas externas, aspirando a alcanzar un semejante nivel de vida al de aquellos países, mientras nuestros gobiernos sueñan con la fórmula mágica que nos lleve al desarrollo.
Tanto se ha dicho sobre la justa redistribución de la riqueza y tan poco se a hecho, que pareciera ser una más de las utopías irrealizables fraguadas por los hombres en las épocas de crisis. Pero para los latinoamericanos lo utópico tiene otro sentido;8 es el proyecto liberador que se viene generando en varios rincones del tercer mundo y cuya ejecución se intenta en Cuba y Nicaragua todavía con resultados incompletos.
Si algo pudiéramos aportar en esta dirección con el discurso filosófico de la corporeidad, sería con la sugerencia de abrir una intensa crítica sobre el cuerpo en nuestros países fraternos latinoamericanos e invitar a los demás que pasen por la misma experiencia histórica a hacer otro tanto. Investigar y tocar fondo en el conocimiento de nuestras necesidades y capacidades naturales, estudiar los satisfactores adecuados para ellas e iniciar con esos elementos un cuestionamiento público de la irracionalidad de nuestras culturas, encadenadas a ritmos productivos impropios para su realidad.
Nuestros gobernantes deben apoyar a equipos interdisciplinarios de científicos y filósofos para que se aboquen a detectar las valencias propias de nuestros pueblos y las vías adecuadas para su satisfacción y ejercicio. Podrían también estimular a las empresas e instituciones comprometidas con este proyecto mediante tratamientos fiscales preferentes. Una industria alimenticia productora de sanos y completos nutrientes puede ser un buen ejemplo. Institutos de reeducación corporal sería otro. La principal obligación de reciprocidad descansaría en ofrecer sus servicios al acceso de toda la población y no solo a los sectores privilegiados.
No hay necesidad de enfrentarse directamente con las compañías que producen y promueven los objetos inútiles o dañinos para el cuerpo – que – somos. Bastaría con restringir reglamentariamente su publicidad incrementarles los gravámenes legales. Quizá impedir su proliferación, dificultando el nacimiento de nuevas industrias con objetivos e intenciones similares. Convendría desarrollar una anti publicidad consumista como la ya sugerida, incipientemente, en México. Frenar el pernicioso efecto de una imagen que nos descorporaliza, distribuida por los medios de difusión masiva en nuestros países. ¿Para qué son, si no, las leyes y reglamentos sobre la comunicación?
Es asimismo necesario reasumir nuestra historia. Revisar críticamente, sin prejuiciosa nacionalistas ni extranjerizantes, nuestros orígenes, reconociendo sus dos fuentes: indígena e hispánica, salvando lo más posible y positivo de ambas. Repasar sin tabúes la trayectoria seguida desde entonces hasta el presente y aceptarla como inventario de aciertos y errores y clave interpretativa de nuestra cultura. Para conocernos todos debemos recuperar e integrar nuestra memoria, rehacer la imagen del cuerpo –que- somos étnica, social, mítica y artísticamente hablando. La inseguridad cultural se supera reconociendo y amando lo propio, no para repudiar lo distinto, sino para aceptarlo precisamente como diferente, aprendiendo en el diálogo a vivir esa diferencia.
Si nuestros sistemas político-económicos y sus gobiernos no admiten contribuir en esta dirección, el compromiso sigue vigente para nosotros. El proyecto de la liberación en Latinoamérica es función de todos y resultaría muy conveniente asumirlo como una tarea conjunta, geopolítica, integradora. No serán nuestros respectivos pueblos iguales, pero si muy semejantes: pugnar por trabajar unidos puede abrirnos importantes perspectivas de crecimiento y una mayor seguridad cultural. Si alguien afin nos devuelve nuestra imagen, es la misma naturaleza y no el espejo del hechizo industrial que nos hará tomar conciencia de nuestro verdadero cuerpo y de sus reales fronteras. Después, ya encarnados y orgullosos del rostro que somos, será un cara - a – cara sin dificultades ni acechanzas el reconocer e interesarnos en la alteridad de otras culturas y aprende -no depender- recíprocamente de ellas.
Estar dentro de un modelo de cuerpo espacio-temporalmente ajeno es vernos reducidos a la función de ser extensiones corporales del pueblo donde se origina. Tal condición nos impide crecer, nos aliena. Si le sumamos los graves errores de interpretación del cuerpo humano que ese modelo importado viene arrastrando acumulativamente, desde el surgimiento del mundo occidental, comprenderemos el porque de la urgencia de una revolución, la cual será o no violenta según las circunstancias lo permitan, pero en todo caso deberá ser respetuoso de la persona humana si es que aspira a ser una auténtica revolución del cuerpo.
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