PARÍS ABRIL DE 1985 1
Entrevista de Daniel Cohn-Bendit
con Serge July

 

 

 

 

 

 

A comienzos de los años 70, la Gauche proléta­rienne , una organización maoísta, fascina a más de uno por su radicalismo sin concesiones. Jean-Paul Sartre, entre otros, sale a la calle y acude a defen­der, ante las puertas de la fábrica Renault en Bou­logne-Billancourt, a uno de los fundadores de la Gau ­che prolétarienne, Alain Geismar, que debe compa­recer ante la justicia por perturbar el orden públi­co. Las luchas sostenidas y amplificadas por los tambores maoístas tienen a Francia en vilo. La opinión pública descubre las cadenas de montaje y las con­diciones de trabajo de los OS. La patronal se pone nerviosa, los maos arremeten. Después de una acción organizada ante Renault-Billancourt, un vigilante de la fábrica mata a Pierre Overney. Los media, pren­sa, radio, televisión, hablan de una provocación maoísta. Sin embargo, un fotógrafo consigue reflejar el desarrollo de la escena, y se impone la ver­dad: Overney ha sido asesinado. El sábado 4 de mar­zo de 1972, más de 200.000 personas acompañarán, en Paris, el ataúd hasta el cementerio.

Text Box: En 1970, Serge July, otro lider de la GP , fue tras­ladado a Douai, en el Norte, por su organización:  había fracasado en su misión, como coordinador po­lítico, en el curso de una huelga de hambre. De ju­nio del 71 a diciembre del 72, vive en el norte de Francia como un vulgar guardia rojo chino. Cumple el papel de catalizador junto a los mineros. Muchos de ellos aún se acuerdan de él, de cuando circulaba en Mobylette y organizaba comités de lucha maoís­ta. No regresará a París hasta junio del 73, para asu­mir la dirección de un nuevo periódico maoísta, Li­bération.

 

Daily Cohn-Bendit. — Hoy eres un patrón de la pren­sa. Hace quince años eras un militante revoluciona­rio casi profesional. ¿No te parece extraña esta evolución?
Serge July. —A decir verdad, no. Cuando hago algo, intento hacerlo bien, con pasión, de manera eficaz. Invierto mucho tiempo en ello. Hoy dedico a Libération la misma energía que antes ponía en otras actividades.
D. — Dirigías una organización revolucionaria, hoy diriges un periódico. ¿No será que tu pasión es di­rigir?
S. — No, no lo creo. Pero pertenezco a una genera­ción que se cuestionó mucho el tema del poder, una generación a la que angustiaba este tema. A mi no me perturba.
D. — ¿Te gusta el poder?
Text Box: S. — Tengo un punto de vista, creo que bastante rea­lista, acerca del poder. No lo sublimo, pero lo con­sidero necesario. Esto no implica necesariamente una relación de dominación sobre los demás, pero tener que tomar decisiones no me quita el sueño. Si no se relaciona con lo que se hace, el poder es siempre abstracto. En mi caso, me interesa el poder de crear, el poder de hacer. En una empresa periodística, es el poder de que cada día salga el periódico, de pe­learme para que se lleven a cabo encuestas, para que se insista sobre tal cosa en lugar de tal otra. Para responder más exactamente a tu pregunta y con riesgo de parecer inmodesto, me veo más como creador que como patrón de prensa.
D. — Releyendo tu libro Hacia la guerra civil, pensé de nuevo en el discurso que pronunciaste después del arresto de Le Dantec. Decías: «La piedra que la burguesía acaba de levantar, se le caerá encima. Le hará mucho daño. Habrá perdido una batalla mien­tras que la idea "Para que esto cambie hay que tomar un fusil" habrá dado un salto hacia adelante.» Creo que esta frase fue la que permitió al ministro del Interior obtener la disolución de la Gauche pro­létarienne. En aquella época, eras partidario del en­frentamiento. Hoy, Libération milita par la paz ci­vil. ¿En quémomento se produjo esta ruptura, o esta inversión?
S. — Para responder hay que considerar las incidencias de la cuestión sobre varios planos. La caracterís­tica de mi generación es Argelia. El izquierdismo no surgió del 68, surgió de la generación de los años 60, y si bien esta generación intervino en el 68, también acentuó todo lo que había de arcaico en el 68. Por otro lado, hasta mediados los años 50 Francia era una sociedad rural. Se industrializaba rápidamente, pero las actitudes seguían siendo rurales y arcaicas, existía un formidable retraso cultural. Y en el 68 se produjo esa contradicción entre el moderno conteni­do de la rebelión, y las formas que se contentaban con imitar “ la Revolución ”, con remedar “ la Gran Noche ”. Esta contradicción duró hasta mucho después del 68. Así nació la idealización del izquier­dismo y también las condiciones para su decadencia. El izquierdismo estuvo en el origen de muchos cambios sociales, pero esas mismas mutaciones sociales le hicieron estallar. En cierto sentido, también en la evolución de Libération existe la destrucción posi­tiva del izquierdismo.
Ya te lo he dicho, me veo como un creador. Pien­so que el izquierdismo francés jugó un papel formi­dablemente positivo, incluso cuando erraba. Permi­tió llegar hasta el final, acabar con todas las ideo­logías de vanguardia.
D. —A excepción del terrorismo.
S. -- Salvo el terrorismo, en efecto. Aunque sólo en cierto modo, la Gauche próletarienne fue uno de los elementos de destrucción de la tentación terrorista en Francia. A finales de los años 70 y principios de los 80, la sociedad francesa cayó en otra época. El problema de este país es que la sociedad civil resul­ta pasiva, amorfa, que su imaginación está atrofiada y necesita choques que la empujen a llegar más lejos.
D. — ¿Quieres decir que el izquierdismo tuvo el mé­rito de destruir todas las ideologías?
S. — Todas las ideologías de vanguardia, sí.
D. — ¿Por qué permitió llegar hasta el final a las ten­taciones de estas ideologías?
S. — Si. Y cuando se llega hasta el final de esasten­taciones, la destrucción resultante es positiva. Sólolas tentativas y fracasos de esas experiencias de van­guardia podían ayudar a la gestación de esta so­ciedad.
D. — ¿Qué consideras positivo en ese “vanguardis­mo obrerista” representado por la Gauche proléta­rienne ?
S. — En primer lugar, un aspecto “trans-social” muy fuerte, una voluntad de traspasar todos los estratos sociales. Se puede tachar de cinismo, pero para no­sotros fue una inmersión extraordinaria en la so­ciedad francesa, en la complejidad de su realidad.
Creo que no hubiéramos podido hacer Libération sin eseconocimiento. Entrar en las fábricas y com­partir la vida cotidiana de los mineros, de los obre­ros, nos hizo más inteligentes, nos posibilitó una visión menos estrecha de la realidad. Y, en cierta manera, seguimos: seguimos hacienda encuestas...
D. — Eso continúa siendo bastante maoísta. ¿Creías realmente, en aquella época, que la burguesía era culpable?
S. —No era tan simple como eso. Era más intelec­tual, mas abstracto. Aunque fuese una realidad. Re­sulta que en las minas del Norte, incluso si nunca se ha oído hablar del marxismo, cada cual sabe desde su nacimiento que las clases sociales existen. Es físico. El espacio esta organizado en función de las clases sociales, los rostros son diferentes según las clases sociales. Está perfectamente claro en el espíritu de los mineros y de sus familias. Se está a favor o en contra, la lucha de clases esta ahí, pre­existe sobre el resto.
D. — Cuando piensas en esos dos años en el Norte, ¿los consideras un gran momento en tu vida?
S. — Un gran momento, sí.
D. — ¿Sin esa experiencia, Libération no hubiera sido posible para ti?
Text Box: S. — Sólo he podido vivir la experiencia de Libéra­ tion teniendo en cuenta todo lo que he hecho desde los años 60, esos momentos de la vida en los que uno se compromete total y absolutamente: la gue­rra de Argelia, Mayo del 68, las minas, la Gauche prolétarienne, con todos sus errores y sus contradic­ciones. Hasta la Gauche prolétarienne era contra­dictoria, pues pretendía ser a la vez maoísta, obre­rista y libertaria. Lo que la condujo a lo impensable : la autodisolución.
D. — También se autodisolvió el Movimiento del 22 de Marzo... Pero la Gauche prolétarienne ha sido des­crita por mucha gente como un entorno donde se sufría y plagado de micrototalitarismos. Tú, estan­do al lado de la dirección, tal vez no te dieras cuen­ta, pero ese fenómeno pesó en la evolución ulterior del izquierdismo.
S. — Completamente. Para muchos de nosotros, ese periodo fue un momento formidable, una experien­cia casi analítica. Aunque el análisis siempre resul­te doloroso. Pero precisamente ese momento explica la excepcional sensibilidad de toda una generación ante los fundamentos totalitarios. Esa dimensión anti­totalitaria, mucho más presente que en otros paí­ses, es sin duda la experiencia más importante de Mayo del 68. Incluso si el izquierdismo postsesenta­yochista reprodujo algunas formas de totalitarismo, eso no impide que el declive del partido comunista, aunque no comenzó en el 68, se acelerase desde en­tonces. En el fondo, estos años han sido una verda­dera vacuna antitotalitaria. Lo que también explica por que los franceses son tan sensibles a lo que ocu­rre en Polonia.
D. — Sensibilidad por Polonia, de acuerdo… ¿pero y lo de Nicaragua, con Reagan y los Estados Unidos?
S. — Es más coyuntural y, en mi opinión, aparece ligado a otros factores.
D. — También fuimos vacunados contra el antiimpe­rialismo tonto y malo...
S. — Sí, en fin... Sigo estando a favor de la indepen­dencia de los países. No me arrepiento de haber mi­litado en favor del Vietnam.
D. —  ¿Tú te arrepientes de algo?
S. — De nada. No es una fanfarronada, soy así. No me paso el tiempo arrepintiéndome de lo que he hecho hace seis horas, seis meses o seis años. Me empleo demasiado a fondo en el presente. Sin duda por eso dirijo un diario.
D. — El periodo posterior al 68, el de la Gauche pro­létarienne , también estuvo marcado por la emergen­cia de movimientos sociales, de fenómenos cultura­les: el movimiento de las mujeres,el de los homo­sexuales, el fenómeno de las minorías culturales, el de las músicas nuevas .
S. — Ahí radica la importancia de Mayo del 68, en la rebelión de una parte de la sociedad, la reivindi­cación de nuevas relaciones sociales, la exigencia de cambios radicales —tanto en a condición de los OS, coma en la de los homosexuales—, en las reivindica­ciones de las mujeres y las demandas de los inmi­grados para formar comunidades culturales especí­ficas.
D. — Actualmente no es nada fácil hacer que se acep­ten esas comunidades culturales específicas...
S. — Hay todo un periodo de estado latente necesa­rio. La comunidad judía, que está muy estructura­da, vive su cultura con toda normalidad. Si la co­munidad musulmana, que hoy intenta estructurarse, crear su identidad cultural a través de sus comer­cios, de sus formas de vestir, de alimentarse, de vivir juntos, provoca una reacción de rechazo, una llama­rada de racismo, es porque antes no reivindicaba tal identidad cultural. Una comunidad cultural se cons­truye. Hace falta tiempo para formarla y para que los demás la acepten.
D. —  ¿Cómo explicas, después de todo lo que hemos vivido y aprendido, que alguien coma Pierre Víctor, que fue uno de los más activos en esos movimien­tos, que participó en todas las luchas del final de la villa de Sartre, se encierre hoy para estudiar el Talmud?
S. —Es una opción vital.
D. — ¿Eso es todo?
S. — Sí. Es una trayectoria individual que se inscri­be más ampliamente en la construcción de una co­munidad cultural.
D. — Es una lógica posible. ¿Pero no te parece in­verosímil?
S. -- No, es una lógica posible...
D. --- En el 68, decíamos: “Elecciones, Trampa para gilipollas”. Hoy, intentamos reformular la democra­cia creyéndola la única vía posible. En fin, yo creo en ella aunque pienso que habría que reinventar las reglas...
S. --- Yo también creo en ella.
D. — ¿Cómo se produce esa ruptura en tu caso?
Text Box: S. — No es una ruptura. Se trata en cierto modo del grado “cero” de la experiencia. Después de todas las vanguardias, es así. Fíjate en la pintura: afirmar que ya no hay vanguardia es decir que parece tan in­teresante, tan importante, un cuadro de Rafael como una tela de Picasso. Hubo una vanguardia pictórica que destruyó todos los conceptos sobre los que seapoyaba la pintura de la época. Hoy, algunos artis­tas intentan recomponer la pintura. Creo que lo mis­mo pasa en política. Las ideas, los conceptos, las certidumbres fueron trastornadas y, ahora, hay que reconstruir lo social y  político. Algunos se comprometen con mucho terror y angustia, otros de forma más “cool”, pero,al final, todo el mundo se mete. Por ejemplo, uno se da cuenta de que, en fin de cuentas, no puede existir una sociedad civil sin Es­tado. ¿Pero qué tipo de Estado? ¿Hasta qué punto es necesario?¿En qué debe intervenir? En este as­pecto, la batalla contra la escuela privada fue ejemplar. Era una batalla simbólica que superaba ampliamen­te el marco del problema escolar. Un signo de con­vulsión de la sociedad civil francesa que se esta construyendo. Una de esas crisis inevitables, tal vez de­seables. Pues esta claro que no basta con decir: “Creo en la democracia.” Es preciso inventarla y perfeccionarla cada día y en todas partes.
D. —Has escrito un editorial donde hacías un lla­mamiento en favor dela modernización de Francia, y comentando al mismo tiempo la ausencia de un plan social.
¿No crees que nuestras sociedades auto­denominadas democráticas siguen siendo sociedades donde los triunfadores son siempre los más fuertes?
S. — Sí. Es más bien así...
D. — ¿Crees que hace veinte años había más solida­ridad?
S. — En realidad, no se nada. En Francia o en países similares, hubo una destrucción de lo social. Ahora se reconstruye bajo diversas formas que van, ponga­mos por caso, desde círculos de calidad en las em­presas a los hooligans británicos, o a los hinchas del futbol... Entre estos dos polos, existen toda clase de inventos sociales que se buscan a ciegas...
D. — ¿Crees que Libération seconvertirá en el pe­riódico de una nueva fase, la que viene tras la des­trucción de las vanguardias?
S. — Eso es lo que esperamos conseguir. Vivimos varias fases “ideológicas” pongo el término entre comillas porque de cualquier forma todo era muy periodístico... Hasta 1981, una primera fase, en la que éramosel reflejo, o una de las consecuencias, dela destrucción positiva del izquierdismo. De 1981 a 1986, una segunda fase, donde se produjo la des­trucción positiva del programa común de la izquier­da y, sobre todo, la desaparición de los arcaísmos de 1a izquierda. Y, en lo sucesivo, entramos en una tercera fase, tal vez de construcción...

 

1 Cohn-Bendit Dany;  La revolución y nosotros que la quisimos tanto ; Barcelona, Anagrama 1987 pp.251