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Por Plotino Rhodakanaty
¡Pueblos no más gobiernos! ¡Abajo los tiranos de la humanidad! ¡Paso al garantismo social!
En estos momentos supremos, acaso los más solemnes y decisivos para el porvenir de la República en que las continuas decepciones que ha sufrido el pueblo de parte de los gobiernos han nulificado y hecho terminar el tiempo o sea la época de la revolución política, viene iniciándose ya para México como una consecuencia lógica el periodo crítico y apremiante de la revolución social. Decimos que la cuestión política está ya transitada, y decimos mal. Más acertado sería si dijéramos que hoy el instinto popular, fruto de la experiencia, tiende a resolver la revolución política en la revolución social o, lo que es lo mismo, el espíritu de la época trata de sustituir a la jerarquía inerme e impotente de los poderes políticos por la organización activa y poderosa de las fuerzas económicas. ¡El gobierno ha muerto ya para la república! Un simple “contrato social” tiene que sustituir a ese fantasma de libertad que se llama poder público, pero que viene encubriendo con su antifaz democrático la horripilante y tenebrosa figura del odioso feudalismo. Tremendas parecerán estas aserciones a los que todavía tienen el candor pueril de creer compatible la democracia con una forma de gobierno positivo; pero dicen la verdad, porque aún no se ha comprendido en el mundo cómo pueda existir un pueblo sin gobierno, es decir, sin ese espantajo de las libertades públicas de los ciudadanos, sin ese simulacro de la esclavitud disfrazada y tan deforme por la igualdad social y civil como lo es por la razón humana la figura caprichosa y fantástica de la esfinge de Tebas o del minotauro del laberinto de Creta. Las justas y razonadas aseveraciones de la filosofía nada han podido hacer a pesar de sus rudos y continuos ataques. Sus más autorizados defensores no han podido encontrar el medio de destruir ese mal tan trascendental en sus efectos para los pueblos, y hasta los nobles y heroicos esfuerzos de los comunistas de París de 1871, así como también de los comunistas americanos en este año han fracasado, victimas de la fuerza bruta de los gobiernos de imposición, ante la rutina y su pretendida autoridad que tanto defienden su secular genealogía. Todos los recursos se han agotado ya, lo mismo los recursos intelectuales y morales, que los físicos y materiales llevados hasta la temeridad heroica de las barricadas personificadas en las ideas entusiastas y febriles de la Francia republicana. En estos momentos en que el pueblo se muere de hambre, en que el industrialismo nacional yace postergado por el elemento extranjero, y en que la clase proletaria es víctima de los furores de los partidos políticos que han desquiciado la vitalidad social de México y del mundo todo, la autoridad gubernativa flota cual negra y fatídica sombra de opresión sobre los países democráticos haciendo surgir de sí el hambre, la miseria, la prostitución, la guerra fraticida y otras mil calamidades sin cuento, y cuyo desenlace debe ser la absorción de las nacionalidades autonómicas por potencias mayores que, a su vez, deben desaparecer de la escena, transformándose para revestir nuevas formas en la vida social de nuestro globo transfigurado por las leyes de la eterna justicia. El socialismo llega y he aquí disipada y desvanecida por los aires esa pesadilla eterna de los pueblos. Sí, el gobierno no existe ya para la democracia socialista porque, ningún pueblo, ningún ciudadano que comprenda su sistema podrá admitir en lo sucesivo ese fantasma de humo, pero cuyo elemento contiene en sí un letal veneno que asfixia por doquier la vida social de todos los pueblos de la Tierra. Enervando su acción de desarrollo y progreso, que constituyen la existencia esencial de la humanidad. Mas no debemos ahora concretarnos a meditar únicamente los saludables resultados que traerá consigo este hecho de tan grande magnitud y brillante trascendencia para el porvenir, sino que debemos trabajar asiduamente para difundir entre las masas del pueblo nuestros filosóficos principios, haciéndoles palpar la utilidad práctica que reportará con la adopción del socialismo. Así pues, nuestro deber como sociócratas consiste en buscar los gérmenes de nuevas instituciones y los elementos de una nueva vida para la organización definitiva de la república universal. En la sociedad como en la naturaleza, en el espíritu como en la materia, ninguna institución, ningún ser, ninguna idea, se aniquila, todo se transforma. [...] por consecuencia, creed que la abolición de todo gobierno en las naciones, cuya sola idea os asusta, y que la creéis impracticable y absurda porque no la habéis ensayado, ha de surgir todo un nuevo mundo de instituciones bellas como la luz, consoladoras como la caridad y eternas como las cualidades ocultas del ser absoluto, y bajo cuya saludable sombra vivirán felices y contentos todos los pueblos de la tierra.
II
La sociedad ha pasado ya por cinco grandes periodos o fases de transformación humanitaria: el edenismo, el salvajismo, el patriarcado, el barbarismo y la civilización, en que hoy nos encontramos, y que es el ídolo de los sistemas financieros y políticos de los cuales, basados en los absurdos y desoladores principios del empirismo filosófico, creen ver en este periodo el término de la perfección humana social. En efecto, ¿Qué cosa puede haber de más imperfecto que esta civilización tan decantada y que arrostra en su curso todos los males y desgracias que afligen a los míseros mortales? ¿Y qué cosa hay por lo mismo más dudosa que su definitiva permanencia? ¿Al admitir su inalterable y aparente inmovilidad no es blasfemar del futuro y negar arbitraria y torpemente la ley eterna del progreso, a cuya condición están sujetos todos los seres que forman el vasto plan del universo, “desde la menuda yerba hasta la arena, y desde la estrella, hasta el hombre”, como dice elocuentemente Eugenio Pelletan? ¿ Y, por los mismos, no sería más racional y más lógico suponer que este periodo de la civilización, no es más que un escalón en la carrera social de la humanidad? Porque si ella ha sido precedida, como ya dijimos, de otras cuatro formas de sociedades humanas cuales son: edenismo, salvajismo, patriarcado, y la barbarie, no vemos razón alguna para creer que la civilización, atendidas sus imperfecciones y monstruosas aberraciones de que se halla plagada, sea el non plus ultra del progreso en la escala social de nuestro globo, y que deba ser la última faz, porque es la quinta evolución social. ¿No es pues más factible que por esa ley constante e infalible de analogía, tendrán todavía que nacer o aparecer un sexto y un séptimo orden social, que sean quizá menos desastrosos que la civilización en la que hoy nos hallamos y que nos son desconocidos, porque jamás nos hemos ocupado en su investigación por medio del estudio de la ciencia social? Pensar que la civilización, es decir nuestro estado social actual, sea el último periodo, el termino del progreso, el estado del verdadero destino, sería un insulto a la razón y a la propia conciencia humana, pues equivaldría a engañarnos a nosotros mismos y a forjarnos una idea de la felicidad quimérica que dista mucho de la positiva realidad. Más felices seríamos entonces relativamente, si nos halláramos en el periodo del salvajismo o del patriarcado, pues en dichos periodos transitorios, teniendo menos necesidades que en el presente, nuestra manera de cubrirlas sería sin duda más fácil que lo que es hoy el satisfacer la suma inmensa de necesidades ficticias y caprichosas que nos hemos creado a la sombra de la moda o de la opinión, que tanto se aparta de la verdadera ciencia. A excepción del edenismo, los otros cuatro periodos ya citados del salvajismo, del patriarcado, de la barbarie y éste de la civilización, en que hoy nos hallamos, tienen de común una cosa, y es que no procuran la felicidad de los hombres, porque dejando opuestos todos los intereses tanto individuales, como generales, exacerbando las pasiones humanas, que se combaten sin cesar, no pueden atenuar el mal y entonces sus jefes, o gobiernos torpes e inexpertos por naturaleza, se ceban brutalmente contra ellos, formulando leyes opresivas, injustas y contraproducentes cuya base es la violencia y la fuerza bruta organizada y modificada bajo distintas y numerosas formas. Todos estos tipos de sociedad podemos llamarlos inferiores, desgraciados, incoherentes y subversivos porque reposan sobre la ignorancia, la esclavitud, la anarquía y el desorden y, por tanto, es imposible suponer que constituyen el verdadero destino social del género humano, pues no son sino escalones o grados, sobre los cuales la humanidad se eleva progresivamente para alcanzar los periodos superiores, felices, ordenados y armónicos que son las sociedades supremas y definitivas de nuestro globo. (1)Rhodakanaty P., El Socialista , 18.XI.1876 y 9.XII. 1877
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